Sherlock Holmes (Juego de sombras): La chapuza disfrazada de esplendor

Las malas tramas detectivescas o policiacas siempre reposaron sobre algo tremendo. La falta de información. El que escribe deja de decir cuatro cosas fundamentales que aparecen al final del relato, justifica esa falta con una milonga que el lector o espectador se traga dado que el desenlace es rápido y explosivo; y aquí no ha pasado nada. El lector o espectador poco habituado a pensar sobre lo que le cuentan queda más que satisfecho. El exigente pide la devolución del dinero de la entrada o intenta encender la chimenea con las páginas impares. Pero no pasa nada. Incluso los exigentes repiten de vez en cuando. No deja de ser esto algo insólito y bochornoso. Es lo mismo que terminar el relato con un giro absurdo o sin él (con cara dura por parte del autor). Sin embargo, la cosa sigue funcionando bien. Sin embargo, el ser humano necesita ser engañado o probado por otra inteligencia para saber hasta dónde es capaz de imaginar, de prever lo imposible. El ser humano necesita cosas completamente absurdas. Sobre todo cuando necesita un momento de reposo respecto a la realidad.
Hay formas de maquillar este tipo de chapuzas. En el cine, los efectos visuales y especiales son la forma más rápida y efectiva de conseguirlo. Sherlock Holmes (Juego de sombras) es un ejemplo de cómo hay que hacer las cosas para que un desastre parezca que no lo es. Son tantos y tan espectaculares los efectos visuales; son tantos y tan bien conseguidos los efectos especiales; que el espectador no piensa en nada de lo que ofrece la película. Una imagen relentizada perfecta; un movimiento de la cámara y unos encuadres lejos de la histeria para que nos podamos recrear en cada escena, en cada toma; hacen que la vista mande sobre la inteligencia. Los sentidos aplastando a la consciencia. Nada nuevo aunque muy efectivo. Sumamos a esto las interpretaciones de Robert Doeney Jr. y de Jude Law (discretas aunque resultan convincentes porque se lo pasan bomba) y, tachán, tenemos una chapuza que parece no serlo, un paquete que te tragas sin darte cuenta.
El guión es un disparate y convierte al personaje principal en un payaso muy listo, en un híbrido muy extraño entre Superman y Aristóteles. Es previsible y remata cada asunto con una frase del tipo yo ya sabía esto por parte de Holmes. Claro, esto después de una persecución larga y espectacular, después de varias muertes, de explosiones o cualquier cosa que hace mucho ruido, pasa desapercibido. Pero lo malo de este tipo de trucos es que uno deja de ver la película y se pone a pensar. Eso es lo malo.
La puesta en escena es elegante y precisa, la ambientación exquisita y muy cuidada, el vestuario estupendo, y maquillaje y peluquería excelentes. Pero falla lo esencial y así no se va a ninguna parte.
Lo que cuenta la película es lo esperado. El malo, la encarnación del mal, es lo peor de lo peor entre los villanos. El héroe, Holmes, es listo, rápido, visionario. Su ayudante es el mejor de los amigos. Y el mal acaba siendo derrotado por el bien. Ni más ni menos. No por ello se hace pesado. La verdad es que uno se traga este tipo de películas con gran facilidad. Tanta como la que tiene el espectador medio para olvidar lo visto a los cinco minutos y medio.
Alguna de las frases que se escuchan son notables. Muy pocas. El resto no llevan a ninguna parte. Y las notables manejan ideas ya sabidas por cualquiera, pero que no está mal recordar.
Un rato frente a la pantalla evadido no es cosa mala en los tiempos que corren. Para eso puede servir este juego de sombras. Si busca algo más no lo encontrará.
© Del Texto: Nirek Sabal


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