Cuentos de Tokio: Llorar por lo tradicional

Cuentos de Tokio de Yasujiro Ozu es una obra maestra. Ya está dicho. Y todo lo que voy a ir añadiendo, línea a línea, no deja de ser cosmética reiterativa. De una obra maestra se puede decir poco más que eso.
La cámara fija a media altura que busca figuras, detalles y termina provocando una sensación en el espectador cercana a la abstracción. Algo parecido al narrador objetivo de J. D. Salinger y algo parecido al efecto que ese autor provoca a base de obligar, sin empujones, a una mirada subjetiva del propio observador. No hay que creer ni deducir, hay que entender desde el propio yo. Eso es algo muy difícil que sólo pocos pueden aspirar a conseguir. La cámara fija a media altura para que la fotografía se construya en la calma, en un mundo casi minimalista, en gestos que señalan un camino sugerido, que lanza un hilo fuerte al que si no se agarra el espectador no logra entender el sentido de la narración. Por esto, entre otras cosas, es una obra maestra.
El mundo está en constante proceso de cambio. Y eso es la causa de una desestabilización peligrosa. Pero el mundo gira a velocidades diferentes dependiendo del foco que queramos manejar. La repetición de las imágenes en las zonas rurales (Onimichi) al comenzar y al finalizar la acción determinan una velocidad diferente a la de la ciudad (Tokio). Y eso significa que la vida es otra. La monotonía del pueblo (por eso se repiten imágenes o se muestran con quietud) se enfrenta a la velocidad enloquecida de una ciudad en pleno crecimiento en la que es más importante el trabajo duro que no permite pensar en otra cosa que no sea esa. El idilio con el entorno o la masacre del hormigón. El escenario es fundamental para entender al personaje que modifica su estado de ánimo cuando el entorno se muestra hostil o pacífico. Por esto, entre otras cosas, es una obra maestra.
Los personajes se dibujan desde rasgos comunes, desde la confrontación con su contrario. Padres e hijos; niños y adultos; hombres y mujeres; el hombre urbano frente al campesino; generosidad y egoísmo. Unos pasan frente a la sombra de otros y el trazo se hace más exacto. Y, curiosamente, el personaje que más alto se ve es el que se traza a sí mismo desde la autenticidad. Rompe los moldes y crece sin que parezca que tiene límites. La nuera de la pareja de ancianos protagonistas aparece en pantalla y el espectador se agarra a sus emociones puras que no tienen nada que ver con el resto del universo. Lo auténtico prevalece. Este es uno de los temas tratados por Ozu (en esta película y en el resto de su obra). El guión es excelente y los personajes crecen por esa vía (como debe ser) aunque no hay que perder de vista los silencios, los rostros expresando, diciendo eso que las palabras convertirían en tópicos o en baratijas narrativas. Por esto, entre otras cosas, es una obra maestra.
El universo se enfrenta a sí mismo. Un Japón de postguerra en el que los valores de siempre desaparecen a gran velocidad (la confrontación de hijos y padres ancianos es el eje de la película), la occidentalización consumista que va erosionando un mundo, las familias tradicionales difuminándose ante el asombro de los mayores y la indiferencia de los jóvenes; los niños marcando un ritmo absurdo a la generación propia, ciudades que convierten al individuo en una caricatura que debe refugiarse en su propia soledad utilizando el alcohol. Y, sobre todo, la decepción. Este es el tema que aglutina todo lo demás, es el motor del mundo presentado por el director japonés. El entramado termina siendo un reflejo perfecto de lo que él entiende que es el universo. Por esto, entre otras cosas, es una obra maestra.
Todo se narra utilizando detalles, imágenes de objetos normales, inservibles y poco vistosos. También lo cotidiano de cada lugar. Lo creíble es lo que sustenta la película a través de la representación de la realidad más conocida por todos. Una realidad que al occidental le podría parecer distante aunque se convierte en universal al ser adoptada como propia gracias a un movimiento cuidadoso y mágico de la cámara, o en buena parte de metraje, una quietud que busca más allá de lo que se ve. Otro motivo más por el que podemos decir que esta película es una obra maestra.
Cuentos de Tokio es una película fundamental y necesaria. Cuentos de Tokio debería estar en las estanterías de las tiendas especializadas y no está presente casi nunca. Es una película que todo el mundo debería ver.
© Del Texto: Nirek Sabal


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