La piel dura: Dar la razón a Truffaut

Revisaba ahora, mientras suena el programa El rincón de los niños, los fotogramas de esta bonita película de Truffaut que me emocionó y me inspiró tantas cosas una medianoche de risas cuando acababa de estallar una tormenta. Entre estos fotogramas encontré a Patrick besándose al fin con la chica que soñaba, a Gregory desplomándose  desde  un noveno piso para hacer pumba, a la autoritaria señorita Petit recitando textos de Moliére, al profesor Richet escribiendo Thomas con trazo firme en la pizarra.
Impresiona mucho, al menos a mí, que soy una impresionable aparte de una indiferente y una ajena al paso del tiempo, volver a retozarse en el verano del 76, las vacaciones del 76, los petos del 76, los escenarios, los amarillos, los felices azules del 76… Mis instintos, mucho más infantiles que maternales se manifestaron de la forma más curiosa. La infancia, maravilloso escondite dónde guardar secretos y trastadas, sigue tan latente en mí que a penas deja espacio para otros instintos protectores o maternales. Y si acaso existe algún rastro de ellos, existe solamente como ensoñación, de forma inmadura e inconsciente.
La encantadora atmósfera de un verano retrógrado demodé junto con el maravilloso sentido del humor de Truffaut, la naturalidad y la imperfección, que a posta se cuelan por todas partes, la simplonería total de los niños, incluso el gesto de alguno de ellos conteniendo la risa delante de la cámara, resultan ser al final el mismo discurso pedagógico de Los 400 golpes, dónde Truffaut se defiende otra vez de una infancia de asfixias y abusos y donde se recuerdan la diferencia  y la lejanía infinita entre niños y adultos.
El valor de la EDUCACIÓN y el respeto máximo a la infancia que recalca Truffaut en esta película y que yo destaco en mayúsculas debería ser una regla de obligado cumplimiento por encima de cualquier circunstancia, económica, familiar, política… Creo que la sociedad está muy ocupada en el cumplimiento de una serie de pautas erróneas que consideran las oportunas y convenientes para sus hijos, sus nuevas generaciones, su universo en general, olvidándose de esa educación básica regida por otros códigos, mucho más fundamentales, afectivos y profundos, de los que creo se está distanciando demasiado.
No tengo más que darle toda la razón al discurso de Truffaut, como siempre. Quizá los alumnos de parvulario deberían tener derecho al voto, a lo mejor hasta yo me animaría. Claro que no me hagan mucho caso, acabo de cumplir 5 años…
© Del Texto: Sonia Hirsch


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