jun 25 2012

Cuentos de Tokio: Llorar por lo tradicional

Cuentos de Tokio de Yasujiro Ozu es una obra maestra. Ya está dicho. Y todo lo que voy a ir añadiendo, línea a línea, no deja de ser cosmética reiterativa. De una obra maestra se puede decir poco más que eso.
La cámara fija a media altura que busca figuras, detalles y termina provocando una sensación en el espectador cercana a la abstracción. Algo parecido al narrador objetivo de J. D. Salinger y algo parecido al efecto que ese autor provoca a base de obligar, sin empujones, a una mirada subjetiva del propio observador. No hay que creer ni deducir, hay que entender desde el propio yo. Eso es algo muy difícil que sólo pocos pueden aspirar a conseguir. La cámara fija a media altura para que la fotografía se construya en la calma, en un mundo casi minimalista, en gestos que señalan un camino sugerido, que lanza un hilo fuerte al que si no se agarra el espectador no logra entender el sentido de la narración. Por esto, entre otras cosas, es una obra maestra.
El mundo está en constante proceso de cambio. Y eso es la causa de una desestabilización peligrosa. Pero el mundo gira a velocidades diferentes dependiendo del foco que queramos manejar. La repetición de las imágenes en las zonas rurales (Onimichi) al comenzar y al finalizar la acción determinan una velocidad diferente a la de la ciudad (Tokio). Y eso significa que la vida es otra. La monotonía del pueblo (por eso se repiten imágenes o se muestran con quietud) se enfrenta a la velocidad enloquecida de una ciudad en pleno crecimiento en la que es más importante el trabajo duro que no permite pensar en otra cosa que no sea esa. El idilio con el entorno o la masacre del hormigón. El escenario es fundamental para entender al personaje que modifica su estado de ánimo cuando el entorno se muestra hostil o pacífico. Por esto, entre otras cosas, es una obra maestra.
Los personajes se dibujan desde rasgos comunes, desde la confrontación con su contrario. Padres e hijos; niños y adultos; hombres y mujeres; el hombre urbano frente al campesino; generosidad y egoísmo. Unos pasan frente a la sombra de otros y el trazo se hace más exacto. Y, curiosamente, el personaje que más alto se ve es el que se traza a sí mismo desde la autenticidad. Rompe los moldes y crece sin que parezca que tiene límites. La nuera de la pareja de ancianos protagonistas aparece en pantalla y el espectador se agarra a sus emociones puras que no tienen nada que ver con el resto del universo. Lo auténtico prevalece. Este es uno de los temas tratados por Ozu (en esta película y en el resto de su obra). El guión es excelente y los personajes crecen por esa vía (como debe ser) aunque no hay que perder de vista los silencios, los rostros expresando, diciendo eso que las palabras convertirían en tópicos o en baratijas narrativas. Por esto, entre otras cosas, es una obra maestra.
El universo se enfrenta a sí mismo. Un Japón de postguerra en el que los valores de siempre desaparecen a gran velocidad (la confrontación de hijos y padres ancianos es el eje de la película), la occidentalización consumista que va erosionando un mundo, las familias tradicionales difuminándose ante el asombro de los mayores y la indiferencia de los jóvenes; los niños marcando un ritmo absurdo a la generación propia, ciudades que convierten al individuo en una caricatura que debe refugiarse en su propia soledad utilizando el alcohol. Y, sobre todo, la decepción. Este es el tema que aglutina todo lo demás, es el motor del mundo presentado por el director japonés. El entramado termina siendo un reflejo perfecto de lo que él entiende que es el universo. Por esto, entre otras cosas, es una obra maestra.
Todo se narra utilizando detalles, imágenes de objetos normales, inservibles y poco vistosos. También lo cotidiano de cada lugar. Lo creíble es lo que sustenta la película a través de la representación de la realidad más conocida por todos. Una realidad que al occidental le podría parecer distante aunque se convierte en universal al ser adoptada como propia gracias a un movimiento cuidadoso y mágico de la cámara, o en buena parte de metraje, una quietud que busca más allá de lo que se ve. Otro motivo más por el que podemos decir que esta película es una obra maestra.
Cuentos de Tokio es una película fundamental y necesaria. Cuentos de Tokio debería estar en las estanterías de las tiendas especializadas y no está presente casi nunca. Es una película que todo el mundo debería ver.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 18 2012

Hysteria: Los tópicos problemas desde la vagina

Llevo varios días sin escribirnada para este blog de cine. Tengo poco tiempo y las películas vistas estasúltimas semanas han sido pocos, y visto lo visto menos tendrían que haber sido.
He perdido un bonito par de horas viendo la película Hysteria; esa especie de comedia de ambientación victoriana, dirigida por Tanya Wexler, en la que se coloca dentro de una coctelera la siempre graciosa tendencia a pensar que la insatisfacción de la mujer proviene de problemas su vaginales.
Un medico guapo llega para remediar, primero manualmente y posteriormente con un consolador eléctrico, los enormes problemas de insatisfacción de la burguesía británica. Todo aderezado con una mala historieta romántica menos creíble que un duro sevillano
La historia es esa, no busquen más. Joseph Mortimer Granville (Hugh Dancy) doctor vocacional que es expulsado de diversas instituciones hospitalarias por sus ideas avanzadas sobre el tratamiento a los enfermos y de las enfermedades, termina trabajando para el Doctor Dalrymple (Jonathan Pryce) con consulta dedicada a la curación de la histeria femenina a base de masajes vaginales, vamos a base de masturbaciones practicadas sobre un potro y un toldito que cubre el decoro de las pacientes que a la consulta acuden. Es tal la afición y dedicación de Mortimer a su trabajo que termina lesionado de la muñeca y, en consecuencia, provocando una honda insatisfacción en las pacientes que acuden en busca de alivio médico. Ante esta situación, junto con Edmund (Ruper Everett), millonario apasionado de la electricidad, inventarán un consolador gigantesco y posteriormente manual. Artilugio que permitirá recuperar su empleo. Paralelamente, correrá la historia de Charlotte (Maggie Gyllenhaal) y Emily (Felicity Jones), la primera hija rebelde y feminista del Doctor Dalrymple, y la segunda, la hija pavisosa de la que inicialmente parecerá enamorarse el guapo doctor Mortimer que, finalmente,será derrotado por la chispeante Charlotte.
Pues bien, lo mejor de la película, la ambientación en cuanto al escenario, los vestuarios y a Rupert Everett, lo demás una castaña de las de verdad pero que, gracias a hablar de vulvas y topicazos de los de toda la vida, provoca la risa de unos cuantos. No las mías.
Ciertamente, las entradas del cine cada día me parecen más caras. A las pruebas me remito.
© Del Texto: Anita Noire

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jun 17 2012

El caso Farewell: Espías de verdad

Una historia de espías debe tener incluidos algunos ingredientes para serlo. De forma obligatoria. Por supuesto, espías de una parte y otra, infidelidades o relaciones de pareja que lleven a alguien a cometer errores por el camino de la pasión, algún despistado y pardillo que desvíe la atención de unos y otros, traición en grandes dosis, muertes y una gran amenaza que abarca el mundo entero. Todo y aliñado con interrogatorios imposibles, persecuciones, errores inexplicables y el factor sorpresa, vehículos que transportan ingredientes con facilidad y solvencia.
Pues bien, tanto en literatura como en cine, se han probado nuevas fórmulas que no han terminado de funcionar. Por ejemplo, hacer de los vehículos (los narrativos, digo) lo fundamental a costa de la esencia del género. ¿Recuerdan Misión Imposible? Por supuesto, no han cuajado. Mucha explosión y poco más. Sólo las narraciones que se han mantenido fieles a su propia estructura y coherencia internas han salido airosas del empeño.
El caso Farewell es un ejemplo de ello, de la cosa bien hecha. Porque es una magnífica película. Además de incluir lo que se debe, está muy bien contada, muy bien interpretada, muy bien dirigida y muy bien rematada. Se suma algo que siempre resulta atractivo para el espectador que es esa procedencia de la trama desde el mundo real. El caso Farewell es una adaptación libre de un caso ocurrido no hace muchos años tal y como se avisa antes de comenzar la película.
No hay grandes explosiones ni grandes artificios. Todo discurre con cierta normalidad, como si nada fuera importante, como le pasan las cosas a los espías que no tienen porqué ser guapos, ni tienen porqué viajar en primera, ni ser semidioses. Lo que hay es una trama bien armada desde las motivaciones de los personajes. Tal vez simples, quizás las mismas que podemos tener usted o yo al hacer cosas cotidianas.
Los actores están más que bien. Sin gestos de más. Bien dirigidos por Christian Carion. Los personajes protagonistas son interpretados por un gran Emir Kusturica, un correctísimo Guillaume Canet y el veterano Willem Dafoe que parece trabajar de memoria (este último defiende un papel mucho más secundario).
La puesta en escena está bien. Vestuario y peluquería muy bien. Todo está bien en El caso Farewell que es una película de espías como debe ser una película de espías; es una película que sin querer ser una muestra histórica de lo que pasó sí ayuda a construir una idea de la temporada previa a la caída del muro de Berlín. Y, por todo ello, es una película muy recomendable. Pueden verla los jovencitos con sus padres sin peligro de aburrimiento.
No dejen de verla si tienen oportunidad.
© Del Texto: Nirek Sabal

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jun 17 2012

Love Story: Love Pestiño


Los que siguen el blog habrán podido comprobar cómo la que suele comentar las películas que podríamos definir como ñoñas es la que suscribe este post. Algún día debería explicar algo muy salvaje para que no pensaran que floto en continuas nubes de algodón azucarado y que, de vez en cuando, me enchufo alguna dosis de Tarantino o incluso de Alex de la Iglesia, tipo El día de la bestia y esas cosas. Pero en fin, hoy irremediablemente vuelvo a lo romanticón.
No sé cuantas veces he dormido esta película. Sí, he dicho dormirla. Esta película, de sobremesa, de lágrima fácil, es el mejor somnífero que hay en el mercado.
Una película de topicazo sobre topicazo. Y ya se sabe cuando se recurre a los tópicos es que alguien, el que los usa, no tiene demasiadas ganas de pensar y, como a veces los directores de cine creen que somos tontos, esperan que nosotros tampoco pensemos demasiado.
Love Story es un peñazo sin igual.
Argumento: Chica pobre, guapa, lista (Ali MacGraw) se enamora en Harvard de chico rico, guapo e igual de listo que ella (Ryan O’Neal). Tras enfrentarse con los tópicos diferenciales de las clases sociales a las que pertenecen, todo va sobre ruedas, miel sobre hojuelas. Sin embargo, el destino caprichoso y la fatalidad se ciernen sobre la muchacha. Una enfermedad terminal que los pondrá a prueba a los dos y a ese amor que tienen el uno por el otro.
La película, pues ya saben, amor, mucho amor; cara de enamorados permanente; diálogos horrendos, fotografía cansina.. Un desastre. La actuación de los protagonistas es nefasta, más falsa que un duro sevillano, con una exageradísima sobreactuación de los personajes.

Pocas cosas tiene buena esta película. Una: la música, que se escuchó hasta la saciedad en los años 70 y que hoy sólo la escuchamos en el hilo musical de la consulta de los dentistas y otra, la gran mentira del siglo, eso de amar significa no tener que decir nunca lo siento, que consiguió un estupendo merchandising de camisetas, adhesivos, y varias cosas más.
Recomendaciones, si tienen hijos pequeños que no se duermen durante las horas de la siesta, no lo duden, siéntenlos en el sofá y ponga en el DVD, pero no lo hagan por la noche, podrían tener pesadillas. Si tienen hijos adolescentes hagan que la vean para explicarles lo que NO es el amor. Si tienen ustedes ya una edad, pónganla a mediodía, les garantizo una siesta de al menos un par de horas.
© Del Texto: Anita Noire

jun 12 2012

Un método peligroso: Lo soso del psicoanálisis

Una impecable puesta en escena y una ambientación casi exacta ayuda mucho a que una película sea agradable. Pero lo importante llega desde otro lugar; desde una zona más literaria que otra cosa, esto es, desde el guión. Esto puede gustar, más o menos, a muchos; o disgustar completamente a casi todos (los mediocres sobre todo); pero es una realidad patente.
Un método peligroso no es una mala película. Es elegante, impecable en su factura, rebosante de música delicada y sólida, incluso de interpretaciones correctas aunque planitas. Además, maneja una idea más que atractiva para el espectador: ¿Hasta dónde el que más sabe de la psicología humana es capaz de controlar la suya propia? Porque ninguno de los personajes logra alejarse de lo que percibe como peligroso o una lacra en su propia existencia. Tal vez sea esta idea lo más atractivo de la película.
No es una mala película aunque deja a medio camino casi todo. Es verdad que el director David Cronenberg arriesga hasta cierto punto, que incluso roza caminos que le podrían echar abajo todo el trabajo, pero retrocede cuando más falta hace en su propuesta. Es lo malo de saber que te van a mirar con lupa. Y a este hombre, algunos, le tienen crucificado. Y aquí tenemos el problema del guión. Se acerca aunque no llega. Arriesga aunque se vuelve prudente en el momento justo. Se llena de asuntos profundos que no llevan a ningún sitio lo que produce una ruptura en el ritmo general. La cosa queda sosa. Sosa a la par que elegante y fina. Qué cosas.
Viggo Mortensen está apático. Michael Fassbender es soso. Keira Knightley roza el histrionismo aunque corre hasta la sosería más inmaculada jamás vista. Pero quiero ser justo y, esto dicho así, podría parecer un auténtico desastre. No están mal. Están sositos. Como toda la película. Hacer juego sí que hacen.
El vestuario está muy bien. La peluquería también. El montaje algo excesivo en sus elipsis. Nos quedamos con las ganas de conocer algunos detalles de la trama que como espectadores no podemos rellenar. La dirección actoral se centra en la señora Knightley puesto que defiende el papel más difícil con diferencia. Y el resultado es irregular. Cuando más peligro corre es cuando mejor queda la interpretación. Cuando la cosa se calma todo se desliza hacia una tranquilidad que descompone el papel.
Quizás el problema sea intentar contar con rigor un asunto que cabe más en un ensayo o en una biografía. En las películas, si dices mucho malo, si dices poco malo, también. No se va al cine a recibir un curso de nada, ni se va al cine a que te cuenten las cosas a medias. Al final, la tendencia es quedarse en tierra de nadie, en un lugar frío que deja destemplado al espectador. En medio de un desierto soso.
Una película más que no pasará a la historia del cine como gran cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 10 2012

Alrededor de la medianoche: Alrededor de la buena música


¿Le gusta el jazz? ¿Le gusta el cine? Si ha contestado sí a todo, eche un vistazo a la película Alrededor de la medianoche. Si duda al contestar, mejor ni lo intente.
El director Bertrand Tavernier intenta (sin exceptuar una sola escena de la película) que la música de Herbie Hancock evoque la secuencia que acompaña. Lo simbólico de la imagen, su significado más íntimo. Y que cada imagen dibuje el sonido trazando contornos de lo que se ve, o no, desde la música. En esta película, la música se funde con la imagen sin enseñar fisuras.
Otra cosa es que guste más o menos. Es lenta y los actores (en su mayoría) son músicos. Por ejemplo, el gran Dexter Gordon interpreta el papel de un músico en horas bajas (Dale Turner, protagonistas de la trama) y, desde el principio, el espectador sabe que se interpreta a sí mismo. La música como única posibilidad de entender el mundo; Turner como única posibilidad de entenderse a sí mismo. Esto hace de la película una cosa rarita. Extraña. Pero, al mismo tiempo, deliciosa, entrañable y muy acogedora.

Por la pantalla desfilan contrabajistas (el gran Ron Carter), guitarristas (el no menos grande John McLauughlin) o el mismísimo Martin Scorsese en un papel menor. Y una niña (Gabrielle Haker) que luce una sonrisa de la que entre fusas puedes quedarte prendado por siempre jamás.
Dale llega a París y entabla una extraña amistad con un dibujante (François Cluzet). Este cree estar en deuda con el saxofonista porque ha sobrevivido a un desastre personal gracias a su música. Cuida de él para compartir un nuevo rumbo en su vida. Turner, bebedor y perdedor incansable, terminará ocupando el lugar que él cree tener reservado para poder seguir siendo.
Aunque sólo fuera por cerrar los ojos y escuchar, volvería a sentarme delante de una pantalla de cine en la que pudiera verse Alrededor de la medianoche.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 4 2012

Men in Black 3: Más de lo mismo

Barry Sonnenfeld presenta la tercera entrega de Men in Black. Supongo que intentando escapar de la segunda que fue un pequeño desastre y tratando de acercarse a la excelente primera. Pero consigue más poco que mucho. Todo se queda a orillas de lo que es una comedia llevadera para el espectador que incluye una última parte lacrimógena que no viene a cuento en una película de estas características. Debe ser que Etan Cohen, el guionista, es fan de Toy Story 3 y le gustó ese punto que entre niños puede llegar a funcionar más que bien.
El guión de la película no es, ni mucho menos, redondo. La historia está traída por los pelos y eso se deja notar en, por ejemplo, las justificaciones de lo que sucede. Es lo que tienen los viajes en el tiempo. El lío es enorme y si no te fijas bien en lo que cuentas metes la pata con facilidad. Ni redondo ni interesante porque es más de lo mismo. Por más ingredientes que le pongas a la ensalada no deja de ser eso, una ensalada.
Will Smith se pone a pilotar desde el principio haciéndose dueño de la pantalla. Pasada una primera parte en la que se acompaña de Tommy Lee Jones, aparece Josh Brolin que, todo hay que decirlo, está muy divertido y creíble. Tommy Lee Jones ya no está para carreras o persecuciones o aventuras y se lo quitan de encima con astucia. Emma Thompson está por allí, pero si no estuviera.
Hay momentos divertidos (los menos) y otros en los que los efectos visuales (no están mal) y el movimiento histérico de la cámara se hacen con el control. A falta de ingenio lo mejor es volver tarumba al espectador.
Entre el aburrimiento de Tommy Lee Jones intepretando y la locura visual, el asunto se pone difícil de aguantar.
Seguramente, lo mejor de la película es la aparición de un Andy Warhol que resulta ser un hombre de negro que ya no sabe qué decir para seguir dando el pego. Y es que lo sesentero se apropia de la pantalla. Si ese final a lo Toy Story 3 aparece como salvavidas de última hora, el estilismo Mad Men también lo hace. Lo que funciona se aprovecha ¿no?; eso debió pensar Barry Sonnenfeld. La película se sujeta en la animación  por ordenador. Y eso, en principio, no es malo. No lo es salvo que descuides lo demás. Y ya he apuntado que los errores no son pocos.
Eso sí, Men in Black 3 no es un paquete. Se deja ver y te hace sonreír más de una vez. No es tan mala como la segunda parte y ni se acerca a la calidad de la primera. Te entretiene y poco más. Esto es lo que se puede decir de la película. Ahora que cada uno haga lo que quiera.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 3 2012

La piel dura: Dar la razón a Truffaut

Revisaba ahora, mientras suena el programa El rincón de los niños, los fotogramas de esta bonita película de Truffaut que me emocionó y me inspiró tantas cosas una medianoche de risas cuando acababa de estallar una tormenta. Entre estos fotogramas encontré a Patrick besándose al fin con la chica que soñaba, a Gregory desplomándose  desde  un noveno piso para hacer pumba, a la autoritaria señorita Petit recitando textos de Moliére, al profesor Richet escribiendo Thomas con trazo firme en la pizarra.
Impresiona mucho, al menos a mí, que soy una impresionable aparte de una indiferente y una ajena al paso del tiempo, volver a retozarse en el verano del 76, las vacaciones del 76, los petos del 76, los escenarios, los amarillos, los felices azules del 76… Mis instintos, mucho más infantiles que maternales se manifestaron de la forma más curiosa. La infancia, maravilloso escondite dónde guardar secretos y trastadas, sigue tan latente en mí que a penas deja espacio para otros instintos protectores o maternales. Y si acaso existe algún rastro de ellos, existe solamente como ensoñación, de forma inmadura e inconsciente.
La encantadora atmósfera de un verano retrógrado demodé junto con el maravilloso sentido del humor de Truffaut, la naturalidad y la imperfección, que a posta se cuelan por todas partes, la simplonería total de los niños, incluso el gesto de alguno de ellos conteniendo la risa delante de la cámara, resultan ser al final el mismo discurso pedagógico de Los 400 golpes, dónde Truffaut se defiende otra vez de una infancia de asfixias y abusos y donde se recuerdan la diferencia  y la lejanía infinita entre niños y adultos.
El valor de la EDUCACIÓN y el respeto máximo a la infancia que recalca Truffaut en esta película y que yo destaco en mayúsculas debería ser una regla de obligado cumplimiento por encima de cualquier circunstancia, económica, familiar, política… Creo que la sociedad está muy ocupada en el cumplimiento de una serie de pautas erróneas que consideran las oportunas y convenientes para sus hijos, sus nuevas generaciones, su universo en general, olvidándose de esa educación básica regida por otros códigos, mucho más fundamentales, afectivos y profundos, de los que creo se está distanciando demasiado.
No tengo más que darle toda la razón al discurso de Truffaut, como siempre. Quizá los alumnos de parvulario deberían tener derecho al voto, a lo mejor hasta yo me animaría. Claro que no me hagan mucho caso, acabo de cumplir 5 años…
© Del Texto: Sonia Hirsch


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