El hijo de la novia: La vida es otra cosa

El cine es espectáculo. Tal vez sólo sea eso. Aunque de serlo (sólo) es fundamentalmente un espectáculo narrativo. Tal y como sucede en una novela, aparecen ante nosotros escenarios, personajes que dialogan entre sí, sensaciones en otros que hacen nuestras. Nos cuentan una historia con el único propósito de explicar algo que (encajado en el mundo de la ficción) trata de ser una explicación de la realidad, una forma única y exclusiva de entender un aspecto muy concreto de lo cotidiano.
El cine es espectáculo y, por tanto, el cine es emoción. No es un ingrediente único, desde luego, pero no puede faltar. Sin emoción, el cine se vacía de contenido, de sentido, de intención (salvo que sea la de aburrir). Y esa emoción llega del riesgo (no de lo blandengue o de los lloros incontrolables). Sí, del riesgo que corre el autor de la obra. El artista está obligado a correrlo. Se trata de arriesgar parte de sí mismo (no dinero, ni cosas de esas). Parte de sí mismo, de lo que sabe, de lo que no sabe, su propia vida. Y eso, cuando es auténtico, se convierte en emoción.
Pues bien, cine auténtico, cine del bueno, es el que suele firmar el director argentino Juan José Campanella. El hijo de la novia, una de sus películas, es el claro exponente de ello. Es, sencillamente, conmovedora. Sostenida por un guión de gran altura lleva en volandas al espectador desde el principio hasta el último minuto de proyección. Las interpretaciones de todo el elenco son fabulosas (el director tendrá su parte de culpa en ello aunque la calidad de los actores y actrices es descomunal). Ricardo Darín, Héctor Alterio y Norma Aleandro llenan la pantalla sin dejar huecos a nada más. Porque consiguen una credibilidad fuera de lo normal. El montaje de la película está cuidadísimo, lo que da una continuidad narrativa magnífica huyendo de elipsis innecesarias o escenas que rellenan por los costados aunque no llevan a ninguna parte. Todo en su sitio. Ni se escatima información ni se incide en aspectos superficiales. Lo que se ve está siempre acompañado por lo que queda debajo. Todo en esta película parece encajar con perfección. El conjunto se presenta soberbio. El espectáculo es cine.
Rafael Belvedere (Ricardo Darín) corre de un sitio a otro. Negocios. Aunque no corre en la dirección correcta. Apenas presta atención a sus padres (Hector Alterio y Norma Aleandro), a su novia (Natalia Verbeke) o a su hija (Gimena Nóbile). Por si fuera poco, la situación en Argentina es desquiciante. Una enorme crisis altera todo. La madre de Rafael sufre de Alzheimer. El padre sigue queriendo a su mujer como el primer día. Por eso decide casarse con ella. Algo que le negó en el pasado. Y en el camino, Rafael sufrirá un ataque al corazón.
Contar todo esto sin caer en el terreno facilón de la sensiblería es muy difícil. Hacer que funcione una historia ya contada es más difícil todavía. Pero Campanella arriesga. Los actores se implican. Parece que todo el mundo disfrutó haciendo la película.
Como siempre pasa en el cine, es el punto de vista el que hace de la película algo especial. Un punto de vista acertado y que el director respeta hasta las últimas consecuencias. Un punto de vista que nos arrastra a esa zona que todos vivimos y nos hace preguntarnos sobre el sentido de lo que hacemos, sobre la posibilidad de enmendar las cosas porque nunca es tarde si somos capaces de mirar con nuestros propios ojos y no con los que nos imponen las circunstancias. Un punto de vista que nos arrastra hasta esa zona soñada que reposa sobre lo infinito, sobre lo que representa el final de un camino al que cualquiera quisiera llegar entero.
Hacía muchísimo tiempo que no disfrutaba tanto frente a una pantalla. Al fin y al cabo, un espectáculo narrativo supone dejar desnudo al ser humano, enseñar lo mejor y lo peor, encontrar un anclaje al mundo, una posibilidad de elegir.
Qué dos horas tan bien aprovechadas.
© Del Texto: Nirek Sabal

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