American beauty: Propaganda de la normalidad falsa

Que nada es lo que parece o que, al menos, hay que interpretar las cosas con mucho cuidado, es algo que todos tenemos más o menos claro. Pero es algo, al mismo tiempo, que olvidamos con facilidad. Miramos e inventamos como si no pasara nada. Y esto es algo que sirve para todo tipo de personas. Adultos, ancianos, jóvenes o niños. Tiene su lógica. La vida es un juego en el que las fichas se mueven a su antojo para conseguir ser vistas como quieren y no como son, para tapar miserias y exagerar virtudes.

De todo este lío va la película de Sam Mendes, American Beauty, que el que escribe califica, sin dudarlo, como extraordinaria por muchas razones.

El guión es original y eso hace que los diálogos no se deslicen peligrosamente hacia lo literario. Cambia mucho el lenguaje en un ámbito o en otro. Lo literario en el cine chirría mucho y el lenguaje que se utiliza en el cine trasladado a una novela (sin modificar) convierte el texto en una baratija. Por eso, en esta película, todo es creíble, cercano y accesible, lo que provoca en el espectador que participe de forma natural en la propuesta que tiene delante. Alan Ball, el guionista, presenta un trabajo serio, muy bien trenzado, coherente y, sobre todo, honesto. Desde el principio presenta sus bazas. Es cierto que no me convence demasiado que el narrador sea un muerto que relata desde el recuerdo. El registro que utiliza es el de un vivo que narra en presente histórico. Esto es algo que coloca en la frontera de lo permisible todo el trabajo, pero Ball juega bien sus cartas, con mucho cuidado, avisando de lo que hay desde el primer momento. Por si alguno no se ha enterado, al final de la película, explica alguna cosa para que no se derrumbe el edificio completo. Hábil. Mucho.

Sam Mendes, el director, hace un estupendo trabajo con los actores y actrices. Algunos son adolescentes y, por tanto, con poca experiencia. Sin embargo, este detalle pasa desapercibido. Logra una película rebosante de ironía, muy bien contada y con una focalización de la acción exacta.

Kevin Spacey está magnífico en su papel. Sin excesos, solvente. Annette Bening lo mismo. Todo en la película parece estar en el lugar preciso. Todo alrededor de la película parece estar para arroparla con mimo, para que la criatura nazca con el triunfo debajo del brazo.

Un matrimonio parece perfecto cuando, en realidad, es un desastre. Mi matrimonio es una farsa. Propaganda de lo normales que somos cuando ya no lo somos, dice el personaje protagonista. No hay complicidad, no hay amor, ni deseo, ni comunicación. La hija, adolescente, odia a sus padres (como todos los adolescentes) porque, mientras trata de afianzarse en el mundo, descubre que son lo que son. Normales y corrientes, nada a lo que poder agarrarse de forma definitiva. La madre es materialista e histérica; el padre un hombre que desea tomar oxígeno para soportar una vida vacía. Y la hija una bomba de relojería hormonal a punto de pegar una explosión. Una familia normal y corriente, vaya.

Aparece la infidelidad. La de ambos. Aparece un novio para la bomba. Y, a partir de ahí, el mundo se convierte en un lío monumental. Mejor la ven ustedes y se hacen un resumen mejor que este. A mí no me gusta hacerlos. Eso sí, no dejen de pensar en lo que es capaz de hacer alguien que guarda un secreto y no está dispuesto a que el que lo conoce lo pueda hacer público. La distancia hasta ese territorio es muy pequeña.

La crisis de los cuarenta, la crisis matrimonial, la crisis en el trabajo, el materialismo, el idealismo, la necesidad de un hueco en el mundo, la sexualidad reprimida, la condición sexual escondida, el descubrimiento del mundo desde el único lugar posible que es la observación, la muerte, la belleza de todo si se mira buscándola. Todo eso se encuentra en esta película que describe lo que podría ser una familia cualquiera, lo que podemos encontrar abriendo la puerta del vecino o la de nuestra alcoba. Una película pegada al mundo. Bien pegada a él.

Se estrenó a finales de los años 90 y parece no haber envejecido en absoluto. Suele pasar con las buenas de verdad.

Si ya la vieron en su momento, les recomiendo que busquen una copia y echen un vistazo. Los años han pasado y nosotros sí hemos envejecido. Cuidado. La perspectiva es otra. Hagan la prueba. Si no la vieron ya, no sé que hacen leyendo esto. Corran a por ella. Y si son ustedes jovencitos, miren con atención. Es un manual de instrucciones de lo más detallado.

© Del Texto: Nirek Sabal


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