Cowboy de medianoche: Adiós al sueño americano

Hubo un tiempo en que el cine contaba historias maravillosas, hablaba de grandes héroes, de mujeres bellas, de historias en las que los buenos tenían la fortuna de su lado. Hubo un tiempo en el que el cine servía para evitar, durante hora y media, la realidad. Pero en ese tiempo todo se repitió más de la cuenta, los actores eran siempre los mismos y, sobre todo, la realidad seguía estando en el mismo lugar de siempre. Las personas querían enfrentar los problemas, el deseo de entender era mayor que el de soñar. Y el cine cambió.
Esto podría parecer la crónica de un cine antiguo, en una época lejana. Y no, esto es lo que pasó a finales de los años sesenta. Una sociedad norteamericana menos puritana, menos miedosa con las cosas de Dios; un país en guerra (otra vez); unos niveles culturales mucho más avanzados y una vanguardia intelectual incisiva y combativa; demandaba un cambio radical, un alejamiento de las fórmulas de un Hollywood decadente a todas luces. El sueño americano se diluía con rapidez y la magia del cine se perdía en grandes superproducciones que insistían en defender lo que ya era un recuerdo y una mentira.
Cowboy de medianoche es una excelente película firmada por John Schlesinger. Este director llegaba del Reino Unido habiendo dejado claras muestras de cómo otro camino era posible en el cine. Llamado por la industria norteamericana y pensando que trabajaría con más medios y mayor libertad, se hizo cargo del proyecto que le ofrecieron. Se trataba de llevar al cine la novela de James Leo Herlihy. Para ello se encargó la adaptación a Waldo Salt. Se buscaron caras menos gastadas. Y se contrató a Dustin Hoffman y a Jon Voight. El primero ya había dejado claras sus posibilidades en El graduado. Voight era menos conocido aunque había trabajado en algunas series y en alguna película de poca relevancia. Una de las condiciones del director fue que los secundarios fueran poco conocidos o, mejor, desconocidos por completo. Por ello se contó con Brenda Vaccaro, Sylvia Miles, John McGiver, Ruth White, Bob Balaban y Barnard Hughes. Otra de las nuevas caras era Adam Holender, un director de fotografía que se quedó y del que se demandó su trabajo en muchas películas a partir de ese momento. En Cowboy de medianoche hace un trabajo muy bueno rodando con luz natural y potenciando el grano para dar mayor realismo a la imagen.
La película es un golpe mortal al sueño americano, la historia de dos seres que no encajan en una sociedad destructora y sin compasión, la historia de una amistad y de un amor. Porque, si en la novela la relación entre los personajes protagonistas termina en el terreno homosexual, en la película está presente, de principio a fin, aun sin que se consume. Nueva York llena de personas solitarias, vacía de posibilidades. El pasado opresor que limita al que lo arrastra. El snobismo casi ridículo que sobrevive por ser un circo que se llena de payasos adinerados. El escenario es desolador. Aunque cualquier parte del mundo también lo es. Es por ello que (uno de los grandes méritos del director) los personajes, a pesar de su patetismo, llegan al espectador con simpatía. Es tal la desazón que genera todo que lo menos tremendo son ellos siendo un pueblerino cándido y estúpido y un ladronzuelo de aspecto repugnante.
Joe Buck (Jon Voight) es un muchacho que lava platos en algún lugar de Texas. Deja todo lo poco que tiene para viajar a Nueva York. Su intención es ser gigoló y hacer dinero. Cuando llega todo es mucho más difícil de lo que pensaba. Conoce a Ratso (Dustin Hoffman). Lo primero que hace este es estafarle veinte dólares. Terminan viviendo juntos en un edificio abandonado de Nueva York; Ratso intentando no enfermar más de lo que está, Joe prostituyéndose con hombres en cines de mala muerte.
Es estupendo cómo en cada conversación entre ellos aparecen los celos de uno, la ignorancia del otro respecto a lo que le dicen. Y muy importante la incorporación de la partitura en el desarrollo de la trama. Si alguna vez fue necesaria la música es en esta película. Tanto las zonas oníricas en las que vamos conociendo el pasado y los deseos futuros de los personajes, como en las zonas narrativas en las que la evolución de Joe y Ratso se hacen patentes; la música hace de nexo preciso para que todo se produzca con credibilidad. El famosísimo tema de Harry Nilson, Everybody’s Talking, y la armónica de Jean “Toots” Thielemans, son el eje central de la banda sonora.
El ritmo es notable aunque, a decir verdad, la última parte de la película se pierde en lugares que pasados más por encima hubieran causado el mismo efecto. Por ejemplo, la fiesta a la que son invitados los protagonistas. Y, también, hay que señalar que la candidez de Joe es algo exagerada y difícil de creer. Esos serían los peros. No obstante, el conjunto es magnífico y la película se ganó un sitio entre los clásicos más que merecido. Entre otras cosas por su zona onírica. Hay un momento de la película en la que Joe afirma (lo hace a menudo) ser un semental y que una chica de su pueblo tuvo que ser ingresada en un sanatorio psiquiátrico después de acostarse con él. Los sueños del personaje hablan de otra cosa mucho más perversa, mucho más terrible. Por otra parte, los sueños de Ratso tienen que ver con su deseo, casi vital, de vivir en Miami. La evolución de estos es correlativa a la realidad que vive junto a su amigo (y amado). Esta es una de las mejores cosas de la película. Sin duda alguna.
Si se animan con Cowboy de medianoche atiendan a la primera escena. Toda una declaración de intenciones de lo que sería el cine desde ese momento, de un cambio tan necesario como acertado.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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