Teorema: La patada en el estómago

La primera vez que vi Teorema fue proyectada en el salón de una casa de campo de muros encalados. Las paredes eran rugosas e imperfectas, así que el proyector se situó estratégicamente sobre una silla subida a una mesa de comedor con la intención de proyectar exactamente en los visillos blancos del ventanal. Las protuberancias rojizas de la pared sumadas al fruncido de las cortinas y al aturdimiento del alcohol más los humos de la chimenea consiguieron tal efecto alucinógeno en la proyección de la película que desistí de ella para abandonarme al sueño y a las risas a la espera de una pared mejor.
La segunda y última vez que vi Teorema, fue con unas gafas prestadas y dos perritos sobre mis piernas. Esta vez, a pesar de las consecuencias que tuvieron sobre mi cintura y mi vista cansada las casi dos horas de película sin poder moverme, puedo asegurar que esta surtió su efecto sumándose así a mi lista personal de películas extraordinarias.
Esta vez, Pasolini consigue la desintegración total de una respetable familia de burgueses mediante la llegada a su casa de un misterioso visitante. El visitante, de una naturaleza seductora, espiritual, casi divina, consigue sin esfuerzo cautivar a todos los miembros de la familia, desde la criada hasta el matrimonio y los hijos adolescentes. Una vez todos encantados, el visitante anuncia su marcha dejándolos a cada uno en una crisis personal e indivisible sin lugar dónde ubicarse ni novedades y alicientes a la vista y fuera de su equivocada seguridad. Esta crisis de melancolía afecta a cada uno de los personajes de distinta forma. Mientras que Odetta, la hija adolescente, cae en una parálisis autista sin remedio y Pietro, el hijo, vuelca su locura en una frenética actividad artística, Lucia, la madre, se pasea en mini cooper seduciendo en el camino a todo muchacho que pueda procurarle las ilusiones perdidas, y Paolo, el marido, resuelve abandonar su fábrica a los obreros.
Mientras Emilia, la criada, se salva purgándose a base de sopa de ortigas para luego acabar enterrada en una parcela en construcción dónde se formará una bonita fuente a partir de sus lágrimas, los gritos de todos ellos resuenan en un desierto de arenas negras azotadas por el viento.
Teorema le costó a Pasolini una acusación del Vaticano. Fue acusado, juzgado y absuelto después de varios meses costándole casi la prisión. Teorema fue prohibida en Italia, queriéndose destruir todas las copias para su exportación. Sin ser el contenido de esta película obsceno ni ofensivo, el público se sintió provocado por las formas, las mismas formas que, como ya comenté en otros textos sobre Pasolini y otros cuantos autores, a mí me parecen la patada en el estómago estómago, el estudio filósofo-científico-literario y el instrumento de pensamiento que es el cine.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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