Dos en la carretera: Todo era posible

Hay cosas que marcan un antes y un después. El nacimiento de un hijo, la muerte de un padre, el trabajo que permite realizarte como profesional, un despido, el matrimonio o una separación. Esas son las enormes líneas de llegada o las salidas. Depende. Aunque hay cosas mucho más pequeñas que, del mismo modo, funcionan como especie de bisagra entre un lado y otro. Un beso, la lectura de un poema, acudir a un campo de fútbol o ver una película.
Dos en la carretera (Two for the road) de Stanley Donen es una de esas bisagras que, el que escribe, tiene grabada en la memoria. El cine se convirtió, después de ver la película por primera vez, en una especie de microscopio a través del que se podrían ver los detalles de un mundo que, sin existir salvo en la ficción, completaban el imaginario de alguien que buscaba el camino de la literatura. Un microscopio exacto, chivato, colosal. Eso por un lado. Audrey Hepburn se convirtió, casi en el acto, en la mujer perfecta, en una novia que nunca me dejó. Hubiera hecho cualquier cosa por conocer a esa mujer. Y, claro, no pudo ser. Eso por otro lado. Pero lo más grande,, lo que descubrí con y en esta película fue una forma de narrar. Toda la estructura que yo manejaba por aquel entonces se derrumbó a los dos minutos de proyección. De pronto, todo era posible, desaparecían las barreras, todo podía comenzar a dar vueltas en la cabeza sin que tuviera que salir de allí con un principio, un nudo central y un desenlace. El conflicto se podía presentar desde el final hacia el principio, los personajes evolucionaban a través del diálogo y no al compás de la trama, los clásicos se colocaban en su lugar para iluminar y no para imponer una literatura que estaba en reposo. Contar algo no estaba supeditado a norma alguna. Les garantizo que para alguien que quiere ser escritor y que es tan joven como yo lo era, el mazazo es descomunal.
Dos en la carretera es una película deliciosa. Tanto en su propuesta como en su desarrollo y en su estética. La moda de los años sesenta aparece en todo su esplendor con una modelo de lujo para mostrarla. Esa era la señora Hepburn. Si, además, añadimos una banda sonora exquisita firmada por Henry Mancini, nos enfrentamos a todo un clásico del cine. No el más conocido aunque sí imprescindible.
La propuesta de Donen es el repaso de la vida matrimonial. Lo que significa, lo que puede evolucionar y cómo. Es verdad que roza algunos tópicos aunque, en conjunto, Donen tiende más a lo original. Por el camino del humor ácido y de la inteligencia. El guión de Frederic Raphael es casi perfecto y sabe mezclar lo romántico con lo duro de la vida de una pareja; porque repasa el amor, la inocencia, la alegría, la infidelidad, el desengaño, el aburrimiento o la tristeza más absoluta; con todo lujo de detalles. En ese guión son pocas las frases que podríamos eliminar; todas se acumulan con un propósito claro que no es otro que la evolución de los personajes.
El desarrollo fue, en su momento, más que original. La acción va y viene del presente al pasado sin que esos movimientos en el tiempo sean correlativos. Un objeto (generalmente, un automóvil) es el único nexo entre un momento y otro. Lo único que se presenta como continuo es la carretera que sirve como metáfora de la vida matrimonial. Así, los personajes se construyen desde el pasado para que entendamos el lugar en el que se encuentran. Para ello, Donen utiliza un equipo de peluquería y vestuario formidable. Nos lleva de un sitio a otro, de una edad y madurez de los personajes a otra, de forma creíble. Por otra parte, la fotografía de Christopher Challis es espléndida en general y extraordinaria cuando se centra en la actriz principal. Pocas veces se ha fotografiado a nadie de ese modo tan fino. Como ya he dicho, el remate de la partitura de Mancini es magnífico (nunca he vuelto a escuchar una música tan triste frente a una pantalla) y redondea un producto final inolvidable.
Dos en la carretera es una película honesta. Desde el principio sabemos lo que nos van a contar y las reglas del juego que propone el director. No se trata de narrar lo que pasó. La idea es dar una explicación a lo que ya sabemos desde el primer momento. El matrimonio de Joanna (Audrey Hepburn) y Mark (Albert Finney) está en peligro; tal vez ya no existe aunque los protagonistas no lo sepan. ¿Cómo han llegado a este punto? Sabremos cómo se conocieron, cómo disfrutaron, cómo se distanciaron, cómo se engañaron por sentirse desengañados. Sin un orden temporal sino con el que necesita la narración para que podamos entender. Donen no quiere hacer un ensayo en el que se desarrollen teorías sobre la vida matrimonial. Lo que quiere son almas que tengan que buscar aquí y allí hasta reconstruir el puzzle de su propia vida.
En la película encontramos momentos muy divertidos (el viaje del joven matrimonio junto a una antigua novia de Mark es hilarante); momentos entrañables (ver salir a Joanna desde detrás de una señal de carretera en la que está oculta para confesar a Mark que está totalmente enamorada de él es una escena impagable); momentos duros (la llegada de una hija y el pequeño desastre que supone); todo tipo de situaciones que van de lo divertido a lo grotesco.
Dos en la carretera es una película necesaria. Y es una opción más que buena para ver en familia. Si no lo han hecho ya, corran en busca de una copia. Si la vieron no se nieguen la posibilidad de disfrutar, otra vez, de esos 111 minutos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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