may 29 2012

Memento: Recordando que somos mortales (Memento Mori)

La psicología del ser humano es fascinante y muy compleja. La películas que la abordan son fascinantes y muy complejas (las buenas) o un tostón inaguantable y estúpido (las malas). No suele haber término medio. Memento de Chistopher Nolan es de las buenas. De las muy buenas, muy fascinante y muy compleja.

Leonard Shelby (Guy Pearce) sufre una enfermedad que consiste en no poder generar recuerdos inmediatos (para los más curiosos apunto que se llama amnesia anterógrada, aunque me parece un detalle sin importancia puesto que si la enfermedad se denominase Putisteius Almodabile no cambiaría nada de nuestra percepción). Cada mañana despierta sin saber dónde está, pasados unos minutos no recuerda lo que ha ocurrido poco antes.

Teddy (Joe Pantoliano), Natalie (Carrie-Anne Moss), Sammy Jankis (Sthephen Tobolowsky), la señora Jankis (Harriet Sansom Harris), Catherine Shelby (Jorja Fox) y algún otro, son personajes que van construyendo a nuestro protagonista. Además de un perfil psicológico muy atractivo que yo no sé explicar (si tenemos por aquí algún especialista que deje un comentario por si nos enteramos de algo) la película es un ejemplo maravilloso de la ruptura lineal en la narración y una lección magistral de cómo el espectador se ve envuelto en la propia trama y en su diseño final.

La película narra tres cosas al mismo tiempo. Por un lado la historia de Sammy Jankis y su esposa. Leonard, el protagonista, va contando lo que le ocurrió a ese hombre (padeció la misma enfermedad que él ahora) y a su mujer. Las secuencias se presentan en blanco y negro, la narración es lineal, pero fragmentada ya que nos la presentan en distintos momentos de la película. Vale. Más secuencias en blanco y negro. Leonard intenta explicarse qué le pasa, qué ocurrió desde ese día que aparecen muertos en su vida y pierde la posibilidad de tener memoria inmediata. Leonard es Leonard. Narración lineal. Secuencias en color. Leonard cree seguir siendo él mismo aunque ya no lo es. El director nos lleva a ese momento en que él cambia fundiendo las dos historias. Porque, mientras las secuencias en blanco y negro van hacia delante en la trama, las que se presentan en color retroceden en el tiempo. Y se repiten para explicar lo anterior. Así hasta llegar a ese momento en que el Leonard en blanco y negro se convierte en el Leonard de colorines. Eso de contar al revés la historia y de repetir escenas hace que el espectador tenga que esforzarse por cuadrar las distintas partes de la acción. O se hace ese esfuerzo o no entiende nada de nada.

Leonard apunta todo para tener pistas sobre sí mismo, sobre lo que le pasa. En papeles. O tatuándose la piel. Son anotaciones difusas. El comportamiento de los personajes (de todos) también lo es. No sabemos qué pasa, qué creer, hasta bien avanzada la película.

Finalmente, lo que nos dicen es que el futuro de las personas se dibuja desde el pasado y que si ese pasado se distorsiona, el futuro cambia radicalmente. De hecho, la película intenta mostrar esto narrando desde las causas la historia de Leonard siendo Leonard (permitan esta licencia) y desde las consecuencias lo que nos presentan en color (Leonard ya no es el mismo).

La vida de cada uno de nosotros depende de nosotros mismos si queremos que así sea. Ese es el verdadero mensaje de la película. Es verdad que tenemos la venganza como vehículo para contar la historia, el tiempo es importante en la trama, la identidad personal o la memoria y su papel en la vida. Pero todo eso es un apoyo (sólo un apoyo) para desarrollar una tesis sobre la posibilidad de ser de un modo u otro.

Puede parecer (ya sé que sin ver la película no hay quien entienda una palabra de lo que he dicho) que la película es una especie de tortura para el que la ve. Nada más lejos de la realidad. Es interesantísima, divertida y mantiene un ritmo narrativo espectacular.

Echen un vistazo a Memento si no lo han hecho ya. Vuelvan a disfrutar de este peliculón si tienen ocasión. Y no olviden que ustedes no tienen ninguna obligación que no sea atender a lo que les cuentan, que no es su trabajo sacar conclusiones. Lleguen al final con tranquilidad, sin entrar en un juego que les proponen por si quieren ustedes meterse a detectives, un juego sin solución desde dentro. Sólo desde la butaca de casa la tiene. No se dejen embaucar.

© Del texto: Nirek Sabal


may 27 2012

Profesor Lazhar: Sensibilidad y honestidad terriblemente dramática

¿Puede hacerse poesía con el cine? Por supuesto que sí. Hace apenas unos días, en este mismo blog, mostraba mi descontento con la cartelera y mi intención de dejar de pisar las salas de cine durante algún tiempo. Pero hay honrosas excepciones que hacen que, cuando incumplo mi propósito, no termine sintiendo que, nuevamente, he caído en bodrios de superproducción. No al menos en mis últimas visitas al cine, pero no hay que bajar la guardia.
Profesor Lazhar es una de esas honrosas excepciones al mal cine actual. Esta producción canadiense, es la adaptación de la pieza teatral Bachir Lazhar de la dramaturga quebequesa Évelyne de la Chenelière, protagonizada por Mohamed Fellag (Bachir Lazhar), Sophie Nélisse (Alice) y Emilien Néron (Simon) y dirigida por Philippe Falardeau.
Después de verla he tenido conocimiento de que la misma obtuvo los premios a Mejor película, director, Guión adaptado y actor en los Premios Genie de la Academia de cine y TV de Canadá (2012) , así como el Premio Miguel Delibes al mejor Guión y premio de la Critica en el Festival Internacional de Cine de Valladolid (2011).
Encuadrada en el género dramático, Profesor Lazhar es la historia de Bachi Lazhar, un emigrante argelino instalado en Montreal, pendiente de su reconocimiento como expatriado político, tras la dramática muerte de su familia en la Argelia de principios del siglo XXI. Lazhar, llega a un centro escolar ofreciendo sus servicios como maestro después de leer en la prensa la traumática muerte de una de las profesoras de aquella escuela.
El profesor Lazhar, maestro, según refiere, en su originaria Argelia, se topará con un sistema educativo completamente distinto al que conoce, y con un grupo de alumnos conmocionados por la muerte de su maestra que se quitó la vida colgándose, durante el recreo, en el aula en la que daba las clases.
Una delicadeza absoluta por parte de un maestro que es precisamente eso, maestro, y unos alumnos exquisitamente sensibles en lo personal, conseguirán avanzar en los distintos momentos trágicos que todos ellos viven. El proceso de integración y recuperación de Lazhar, en su drama personal, correrá parejo al proceso de sanación de los alumnos, en especial de Simon (que se siente culpable de lo que no le toca) y de Alice (la amiga de Simon). Ambos vieron a su profesora ahorcada. La suerte del profesor, que deberá asumir la trágica muerte de su mujer, de sus dos hijos y la posible denegación de su reconocimiento como exiliado político que le puede llevar a una muerte segura; correrá pareja a la de unos alumnos; inicialmente desconfiados respecto de su persona; que son enseñados (que no educados) bajo un sistema pedagógico de absoluta asepsia, ajenos a todo contacto físico y escondiendo, bajo la losa, del silencio aquello que les preocupa.
Sin embargo, las condiciones de cada uno de ellos, la necesidad de una catarsis colectiva en un aula en que se ha ido enmascarando la tragedia, llevarán a la explosión de la angustia, de lo que oprime, como paso previo para una verdadera curación. Sin embargo, esta necesidad, esta bondad en el reconocimiento del dolor, la necesidad del duelo no será comprendida por el sistema que abogará por volver a enterrar todo lo que de novedoso, de humano y de sensible aportó alguien que aparece de un modo singular.
Profesor Lazhar es la necesidad de compartir lo traumático, de volver a lo personal. Una bellísima historia, narrada desde la exquisitez de lo sensible y humano, sin caer en lo blando y lacrimógeno. Una narración pausada, tan bien tramada que dan ganas de quedarse abrazada a esos dos personajes tan esenciales como son Bachir y Alice. Un hombre y una niña de apenas diez años con necesidad de volver a confiar, de alejar los temores, de asimilar recuerdos dolorosos que ya, por siempre, formarán parte de su vida.
Una película honesta, sensible y terriblemente dramática.
Como siempre recomiendo, véanla en versión original.
© Del Texto: Anita Noire


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may 26 2012

Els nens salvatges: Buenas intenciones, buena película

Asistí a la premier, en Barcelona, de la película Els nens salvatges de Patricia Ferrera. Venía precedida de un éxito importante en el Festival de Cine de Málaga (Mejor guion, mejor película, mejor actriz de reparto, mejor actor de reparto). Y a mí, lo de los premios, siempre me parece algo sospechoso, con tendencia a estropearme la objetividad y a situarme en la banda de los escépticos, con la ceja levantada. Teniendo en cuenta que se trata de un largometraje protagonizado por adolescentes, esperaba, básicamente, una especie Física y Química ambientada en algún indeterminado lugar de una gran ciudad..
Así que cuando empezó la presentación, con las palabras de su productora, diciendo aquello de ser adolescente es difícil, pero más difícil es hacer una película, o no, tal vez no y ser adolescente sea mucho más difícil, no pude por menos que pensar que tal vez, sólo tal vez, debía empezar a bajar la ceja, y esperar, sin los prejuicios que últimamente me asolan con determinado tipo de cine, y ver.
La historia se sitúa en Barcelona, pero podría ser cualquier otra ciudad y nada sería distinto. Sus protagonistas son tres adolescentes Álex (Alex Monner), Gabi (Albert Baró) y Laura –Oki- (Marina Comas), tres formas de vivir completamente distintas, tres formas de afrontar la vida y sus conflictos, desde los quince años. El rebelde evidente, el deportista por prescripción paterna y la buena niña. Los tres, en cojunto, forman el espíritu rebelde dentro de la aparente pasividad del mundo adulto que confronta con el mundo de los mayores. El etiquetamiento basado en estereotipos absurdos. Y un ser hijos de quien somos.
La película nos muestra la relación de amistad, camaradería de tres chavales y la imposibilidad de conectar con quienes deberían ser sus referentes. Adolescencia en estado puro, sin más, y la insatisfacción por la incapacidad de transmitir, de conseguir que aquellos de quienes dependen; en su casa, en el instituto, en su entorno; les perciba como lo que verdaderamete son y quieren.
Y como no puede ser de otro modo, esa absoluta desconexión de mundos, de consecuencias vitales, de necesidades emocionales tan lejanas una de otros, nos sitúa a los personajes de esta película en dos planos confrontados: el de los adultos agobiados por sus vidas, insatisfechos, neurotizados, que pasan del incomprensible mimo del que todo lo entrega, a la cerrazón más absoluta cuando las expectativas creadas respecto de sus hijos, de sus alumnos, no responden a lo esperado. Y otro plano, el de unos casi críos que de la noche a la mañana se les transforma su vida de botellones, estudios aprobados a medio gas, proyectos que no llegan a nada (porque en la adolescencia a nada se llega nunca), unidos por esa extraña comunión que crea el apoyo al otro, a base de hormonas e incomprensiones enlazadas por la creencia de que el que tienes a tu lado vale un imperio.
Sin embargo, el contraste entre esos dos mundos que se convierten en antagónicos, por el mutuo desconocimiento y el aislamiento, entre unos respecto de los otro, se convierte en el embrión del desastre. Y hasta aquí puedo leer.
El modo en que está articulada la película: Tres chavales unidos por el nexo de camaradería que crea una batalla campal, servirá para presentarnos y adentrarnos en cada uno de sus protagonistas, a los que inicialmente iremos conociendo por las preguntas que les formula un interlocutor al que no veremos nunca, hasta llegar al final de la película. De manera que durante muchos minutos lo que tendremos frente a nosotros, al desnudo, serán los rostros de estos chicos que nos hablarán mucho más por sus expresiones faciales, sus movimientos corporales involuntarios, que por las propias palabras que pronunciaran mientras contestan un interrogatorio aparentemente amable.
Y en cada uno de estos bloques, en los que se nos presenta a cada uno de los muchachos y nos irán relatando la relación que entre ellos sostienen, nos llevarán hasta los escenarios de sus familias, de su instituto, escenarios personales que configurarán sus posteriores comportamientos y decisiones finales. Parques, graffitis, esperanza, baños en el mar, alcohol incontrolado, incomprensión, sordera, necesidad. Y buenas ideas, buenos sentimientos y buenas intenciones absolutamente tergiversadas por la vida misma que terminan colocando a quien las tiene en el disparadero de lo virulento y molesto.
La película, protagonizada por este grupo de chavales junto con otro buen puñado de adolescentes que permaneceran en segundo plano, formando parte del propio escenario de la película, cuenta con la participación de Aina Clotet (Julia), Ana Fernández (madre de Alex), Emma Vilarasau (directora del instituto), y cuenta con unas estupenda fotografía urbana y una música excepcional que acompaña magníficamente a cada uno de los estados por los que, en conjunto atraviesan sus tres protagonistas.
Debo reconocer que estamos frente a una película que encierra un tema mucho más profundo que la superficial rebeldía de la adolescencia y las brutales consecuencias que puede tener en algunos casos. Una buena película, pese que en algunos momentos, los movimientos de cámara un poco excesivos, y la lentitud de algunos pasajes, la hacen peligrar en su conjunto. Sin embargo, debo reconocer, que una vez digerida, y reposada, no puedo por menos que valorarla en su justa medida como una buena película. Y reconocer que bajar la ceja del recelo no fue una mala cosa.
Quizá vale la pena que los padres de adolescente la vean, junto a sus hijos, y reflexionen, cada uno por su cuenta, de lo lejos que acostumbramos a estar uno de otros, de lo desconocidos que somos pese a vivir bajo los mismos techos y compartir gran parte de lo material. La vida misma aunque a veces no queramos verla.
Por último, un ruego, que el hecho de que esté rodada parcialmente en catalán no les impida acercarse a las salas de cine, se perderían una buena película y, visto el panorama actual, no es fácil encontrarlas.
© Del Texto: Anita Noire


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may 26 2012

El hijo de la novia: La vida es otra cosa

El cine es espectáculo. Tal vez sólo sea eso. Aunque de serlo (sólo) es fundamentalmente un espectáculo narrativo. Tal y como sucede en una novela, aparecen ante nosotros escenarios, personajes que dialogan entre sí, sensaciones en otros que hacen nuestras. Nos cuentan una historia con el único propósito de explicar algo que (encajado en el mundo de la ficción) trata de ser una explicación de la realidad, una forma única y exclusiva de entender un aspecto muy concreto de lo cotidiano.
El cine es espectáculo y, por tanto, el cine es emoción. No es un ingrediente único, desde luego, pero no puede faltar. Sin emoción, el cine se vacía de contenido, de sentido, de intención (salvo que sea la de aburrir). Y esa emoción llega del riesgo (no de lo blandengue o de los lloros incontrolables). Sí, del riesgo que corre el autor de la obra. El artista está obligado a correrlo. Se trata de arriesgar parte de sí mismo (no dinero, ni cosas de esas). Parte de sí mismo, de lo que sabe, de lo que no sabe, su propia vida. Y eso, cuando es auténtico, se convierte en emoción.
Pues bien, cine auténtico, cine del bueno, es el que suele firmar el director argentino Juan José Campanella. El hijo de la novia, una de sus películas, es el claro exponente de ello. Es, sencillamente, conmovedora. Sostenida por un guión de gran altura lleva en volandas al espectador desde el principio hasta el último minuto de proyección. Las interpretaciones de todo el elenco son fabulosas (el director tendrá su parte de culpa en ello aunque la calidad de los actores y actrices es descomunal). Ricardo Darín, Héctor Alterio y Norma Aleandro llenan la pantalla sin dejar huecos a nada más. Porque consiguen una credibilidad fuera de lo normal. El montaje de la película está cuidadísimo, lo que da una continuidad narrativa magnífica huyendo de elipsis innecesarias o escenas que rellenan por los costados aunque no llevan a ninguna parte. Todo en su sitio. Ni se escatima información ni se incide en aspectos superficiales. Lo que se ve está siempre acompañado por lo que queda debajo. Todo en esta película parece encajar con perfección. El conjunto se presenta soberbio. El espectáculo es cine.
Rafael Belvedere (Ricardo Darín) corre de un sitio a otro. Negocios. Aunque no corre en la dirección correcta. Apenas presta atención a sus padres (Hector Alterio y Norma Aleandro), a su novia (Natalia Verbeke) o a su hija (Gimena Nóbile). Por si fuera poco, la situación en Argentina es desquiciante. Una enorme crisis altera todo. La madre de Rafael sufre de Alzheimer. El padre sigue queriendo a su mujer como el primer día. Por eso decide casarse con ella. Algo que le negó en el pasado. Y en el camino, Rafael sufrirá un ataque al corazón.
Contar todo esto sin caer en el terreno facilón de la sensiblería es muy difícil. Hacer que funcione una historia ya contada es más difícil todavía. Pero Campanella arriesga. Los actores se implican. Parece que todo el mundo disfrutó haciendo la película.
Como siempre pasa en el cine, es el punto de vista el que hace de la película algo especial. Un punto de vista acertado y que el director respeta hasta las últimas consecuencias. Un punto de vista que nos arrastra a esa zona que todos vivimos y nos hace preguntarnos sobre el sentido de lo que hacemos, sobre la posibilidad de enmendar las cosas porque nunca es tarde si somos capaces de mirar con nuestros propios ojos y no con los que nos imponen las circunstancias. Un punto de vista que nos arrastra hasta esa zona soñada que reposa sobre lo infinito, sobre lo que representa el final de un camino al que cualquiera quisiera llegar entero.
Hacía muchísimo tiempo que no disfrutaba tanto frente a una pantalla. Al fin y al cabo, un espectáculo narrativo supone dejar desnudo al ser humano, enseñar lo mejor y lo peor, encontrar un anclaje al mundo, una posibilidad de elegir.
Qué dos horas tan bien aprovechadas.
© Del Texto: Nirek Sabal

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may 24 2012

Vivir para gozar: el perpetuo éxito de lo clásico

En los últimos meses, han sido muy pocas las ocasiones en las que la cartelera me ha ofrecido algo novedoso, sorprendente y de mínima calidad. La decepción que arrastro con el tema cinematográfico es tan grande que -puedo confesarlo sin rubor- he decidido dejar de asistir al cine hasta que las ranas críen pelo o me dé un ataque de apoplejía y sea arrastrada hasta una sala sin mi consentimiento. Pero como mi vida se nutre de historias fantásticas que otros recrean he hecho acopio de ingentes películas en DVD que devoro, en mis noches de insomnio, como si el espíritu de los hermanos Lumière se hubiera apoderado de mí.
En ese navegar errante entre películas antiguas, películas raras, rescaté, por el mero gusto de gozar de una comedia de las de verdad, Vivir para gozar, originariamente Holiday dirigida en el año 1938 por George Cukor, uno de los mejores directores de todos los tiempos, y protagonizada por los siempre deliciosos y sofisticados Cary Grant y Katherine Hepburn, y junto a ellos Lew Ayres, Doris Dolan y Edward Everett Horton.
En la línea de Historias de Filadelfia, Cukor nos adentra en la alta sociedad neoyorkina y nos sirve en bandeja de plata y grandes dosis de sentido del humor, el estallido de una historia que pone en tela de juicio la conveniencia o la necesidad de sujetarnos a sueños de estatus, posición, triunfalismos vanos en una sociedad absolutamente convencional, tan convencional como la sociedad norteamericana de finales de los años 30. Una crítica sutil a las aspiraciones que todo ciudadano medio podía tener engarzada bajo el hilo conductor de una historia de amor.
Johnny Case (Cary Grant), un hombre alejado de los círculos mundanos de Nueva York se enamora de una mujer perteneciente a la alta sociedad, de Julia Seton (Doris Nola). Su entrada en esta nueva vida de relumbrón, pese al intento por adaptarse a su nueva realidad, chocará frontalmente con sus ganas de vivir. La vida aburrida, convencional se disipará con la presencia de Linda (Katherine Hepburn), hermana de su prometida, una mujer entusiasta con ganas de vivir. Dos personas absolutamente deseosas de vivir para gozar y frente a eso la disyuntiva de escoger entre una vida de comodidad y convencionalismos a costas de la pérdida del entusiasmo o, renunciar a lo material, a una vida próspera por vivir junto a quien comparte la misma filosofía y siente la existemcia a flor de piel.
Vivir para gozar es una de las mejores comedias de finales de los años 30; fresca, con un guión estupendo, una química espectacular entre sus protagonistas y unos inmejorables diálogos que, de modo alguno, puede ser minimizada por pertenecer al género cómico. Pues tras la aparente frivolidad de la historia subyace algo tan fundamental como la libertad de decisión del hombre.
Una acertadísima elección para un día cualquiera en que busquen el lado amable de la vida. Y es que no me canso de repetir, en el cine, los clásicos, pocas veces defraudan. Y si son en blanco y negro, menos todavía. Palabrita de superfan de Katherine Hepburn.
© Del Texto: Anita Noire


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may 23 2012

La sombra de la traición: Record absoluto

La gran noticia que les puedo ofrecer es que se ha batido el record del mundo; sí, el de interpretar personajes sin mover una ceja, sin tensar un solo músculo. Richard Gere es capaz de hacer de amante, mosquetero, millonario, militar o agente secreto, con un nivel se sosería inaudito y asombroso. Como todos ustedes saben, este record lleva adosado, además, el gran logro de aburrir a miles de personas sin compasión.
Richard Gere es grande; Gere es un semidios, Richard es lo peor de lo peor. A este paso batirá todos las marcas negativas conocidas y por conocer.
La sombra de la traición es un paquete. De principio a fin. El guión que desarrolla es absurdo. Las interpretaciones son flojas. La música pretenciosa. Todo lo que aparece en esta película es horrendo. Bueno, no; no quiero engañar a nadie. La verdad es que hay un momento de la proyección muy, muy emocionante. A mí se me han saltado las lágrimas. Ver aparecer los créditos finales me ha parecido uno de los momentos más bonitos que he vivido en el cine.
La cosa va de espías rusos, agentes de la CIA, esposas e hijos asesinados a sangre fría y coches que se estrellan. Por supuesto, nada es lo que parece aunque el que la vea pensará pronto: y ¿A mí que me importa esta bazofia?
Qué lástima de presupuesto. Con el diez por ciento de lo que se han gastado en este bodrio, algún joven autor hubiera hecho maravillas.
No es que sea una película previsible, es que es copia de la copia de las miles de copias de alguna buena película que ya no se deja ver detrás de tanto disparate.
Los diálogos son una serie de frases mal construidas que no entienden ni los personajes, ni los espectadores, ni el que las escribió. Yo creo que alguien hizo un cortapega de distintos documentos y no lo repasó. Quizás por esto, Richard Gere, no se mueve durante la película. Ah, no; ese no se mueve nunca. A Gere le acompaña Topher Grace. Espero que mejore mucho en su trabajo este muchacho porque, de no ser así, terminará presentando programas infantiles en las cadenas locales. El director, Michael Brandt, poco puede hacer con estos dos aunque, me temo, no sabría cómo mover por la pantalla al mismísimo Marlon Brando.
La sombra de la traición: ese paquete. Gere: ese marmolillo. Una combinación de record.
Por favor, que alguien les diga algo a estas criaturas.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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may 22 2012

Big Fish: Vidas extraordinarias

Cualquier manifestación artística debe conseguir que los sentidos funcionen al máximo para que las emociones hagan saltar por los aires lo cotidiano.
Hacer de la vida; de una vida cualquiera, una vida de esas que todos tenemos; algo inolvidable para el que la vive, es cuestión de mantener las emociones en constante movimiento. Sólo así nos podemos sentir únicos y exclusivos, sólo así nos recordarán como seres especiales los que se sintieron del mismo modo mientras compartieron con nosotros cada minuto apasionado y apasionante.
Que yo sepa, la única forma de conseguirlo es fabulando, creyendo que lo inventado es cosa normal y lo normal cosa de sueños. Que yo sepa, la única forma de conseguir una vida extraordinaria es convirtiéndola en obra de arte. Parece cosa de escritores lo de inventarse vidas. Y no, los inventores lo que hacen es contarse, una y otra vez, la suya propia sin el pudor añadido de hacerla pública. Es algo que cualquiera puede hacer sin intentar vender libros. Esto sirve para los directores de cine, los escultores, los pintores o los artistas callejeros.
Tim Burton siempre me ha parecido un director irregular. A una película más que notable le puede seguir un pestiño absoluto, y a un pestiño una obra genial. Big Fish está entre las maravillosas. Por lo bien que describe el proceso creativo y su importancia, por lo bien que muestra cómo cualquier vida corriente puede ser extraordinaria, por lo bien que están los actores en sus papeles (Ewan Mcgregor, Albert Finney y Jesicca Lange especialmente), por lo claro que deja el espacio que ocupan realidad y ficción y el espacio que comparten ambas, por lo emocionante que es.

La película está llena de lugares fantásticos muy propios del cine de Burton, lugares fronterizos con la realidad y que pueden ser modificados si alguien cree que eso es posible. La película está llena de historias de amor y de amistad que se colocan, también, en la frontera en la que todo es importante o nada. La película está llena de aventuras que vivimos cada día, pero que no nos parecen nada del otro mundo, que se ven como insulsas y descargadas de cualquier emoción posible.
Algunos dicen que la película es un pastel lacrimógeno. Esta vez, me temo que están en un error. Hay que mirar desde la emoción cuando nos hablan de eso mismo. Plantarse ante cualquier cosa con lo intelectual por delante se convierte en un filtro imposible de sobrepasar. Lo intelectual puede quedarse escondido y no pasa nada. Y es una virtud saber hacer que desaparezca cuando toca. Además, ¿quién dijo alguna vez que la razón y el pensamiento (por profundo que sea) están reñidos con la emoción? Es al contrario.
Sería una pena dar pistas sobre la trama, sobre lo que representa ser un pez impescable, sobre donde deja Burton colocados los límites de una cosa u otra. Sería una pena que alguien (después de ver la película) se negara a plantearse que la muerte está pegada a la vida, que la alegría se arrima a la nostalgia o que el mundo es distinto a como lo vemos si hacemos un pequeño esfuerzo.
Una mínima capacidad de fabulación o ver una película tan exquisita como Big Fish nos permite convertir nuestra vida en algo colosal, en una obra de arte. Da igual lo que vean otros. Una obra de arte. Qué cosa tan grande.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 21 2012

American beauty: Propaganda de la normalidad falsa

Que nada es lo que parece o que, al menos, hay que interpretar las cosas con mucho cuidado, es algo que todos tenemos más o menos claro. Pero es algo, al mismo tiempo, que olvidamos con facilidad. Miramos e inventamos como si no pasara nada. Y esto es algo que sirve para todo tipo de personas. Adultos, ancianos, jóvenes o niños. Tiene su lógica. La vida es un juego en el que las fichas se mueven a su antojo para conseguir ser vistas como quieren y no como son, para tapar miserias y exagerar virtudes.

De todo este lío va la película de Sam Mendes, American Beauty, que el que escribe califica, sin dudarlo, como extraordinaria por muchas razones.

El guión es original y eso hace que los diálogos no se deslicen peligrosamente hacia lo literario. Cambia mucho el lenguaje en un ámbito o en otro. Lo literario en el cine chirría mucho y el lenguaje que se utiliza en el cine trasladado a una novela (sin modificar) convierte el texto en una baratija. Por eso, en esta película, todo es creíble, cercano y accesible, lo que provoca en el espectador que participe de forma natural en la propuesta que tiene delante. Alan Ball, el guionista, presenta un trabajo serio, muy bien trenzado, coherente y, sobre todo, honesto. Desde el principio presenta sus bazas. Es cierto que no me convence demasiado que el narrador sea un muerto que relata desde el recuerdo. El registro que utiliza es el de un vivo que narra en presente histórico. Esto es algo que coloca en la frontera de lo permisible todo el trabajo, pero Ball juega bien sus cartas, con mucho cuidado, avisando de lo que hay desde el primer momento. Por si alguno no se ha enterado, al final de la película, explica alguna cosa para que no se derrumbe el edificio completo. Hábil. Mucho.

Sam Mendes, el director, hace un estupendo trabajo con los actores y actrices. Algunos son adolescentes y, por tanto, con poca experiencia. Sin embargo, este detalle pasa desapercibido. Logra una película rebosante de ironía, muy bien contada y con una focalización de la acción exacta.

Kevin Spacey está magnífico en su papel. Sin excesos, solvente. Annette Bening lo mismo. Todo en la película parece estar en el lugar preciso. Todo alrededor de la película parece estar para arroparla con mimo, para que la criatura nazca con el triunfo debajo del brazo.

Un matrimonio parece perfecto cuando, en realidad, es un desastre. Mi matrimonio es una farsa. Propaganda de lo normales que somos cuando ya no lo somos, dice el personaje protagonista. No hay complicidad, no hay amor, ni deseo, ni comunicación. La hija, adolescente, odia a sus padres (como todos los adolescentes) porque, mientras trata de afianzarse en el mundo, descubre que son lo que son. Normales y corrientes, nada a lo que poder agarrarse de forma definitiva. La madre es materialista e histérica; el padre un hombre que desea tomar oxígeno para soportar una vida vacía. Y la hija una bomba de relojería hormonal a punto de pegar una explosión. Una familia normal y corriente, vaya.

Aparece la infidelidad. La de ambos. Aparece un novio para la bomba. Y, a partir de ahí, el mundo se convierte en un lío monumental. Mejor la ven ustedes y se hacen un resumen mejor que este. A mí no me gusta hacerlos. Eso sí, no dejen de pensar en lo que es capaz de hacer alguien que guarda un secreto y no está dispuesto a que el que lo conoce lo pueda hacer público. La distancia hasta ese territorio es muy pequeña.

La crisis de los cuarenta, la crisis matrimonial, la crisis en el trabajo, el materialismo, el idealismo, la necesidad de un hueco en el mundo, la sexualidad reprimida, la condición sexual escondida, el descubrimiento del mundo desde el único lugar posible que es la observación, la muerte, la belleza de todo si se mira buscándola. Todo eso se encuentra en esta película que describe lo que podría ser una familia cualquiera, lo que podemos encontrar abriendo la puerta del vecino o la de nuestra alcoba. Una película pegada al mundo. Bien pegada a él.

Se estrenó a finales de los años 90 y parece no haber envejecido en absoluto. Suele pasar con las buenas de verdad.

Si ya la vieron en su momento, les recomiendo que busquen una copia y echen un vistazo. Los años han pasado y nosotros sí hemos envejecido. Cuidado. La perspectiva es otra. Hagan la prueba. Si no la vieron ya, no sé que hacen leyendo esto. Corran a por ella. Y si son ustedes jovencitos, miren con atención. Es un manual de instrucciones de lo más detallado.

© Del Texto: Nirek Sabal


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may 20 2012

La voz dormida: Ese oscuro recuerdo

No es cierto que el cine español sea malo. Es verdad que al cabo de un año se ruedan un buen número de películas ridículas, mal contadas, mal filmadas o mal subvencionadas; pero eso pasa en España, en Estados Unidos o en el Congo Belga. En todos los sitios en los que se ruedan películas de cine hay malos profesionales, listillos y personas nefastas para el desarrollo de cualquier cosa. España no iba a ser menos aunque, del mismo modo que se hace mal cine, se hace un cine de primera categoría.
La voz dormida es una excelente película basada en la novela homónima de Dulce Chacón (de ese texto no puedo decir lo mismo puesto que es mucho más flojo de lo que se ha dicho). El mensaje queda claro desde el principio: lo que produce dolor y está causado por el ser humano no debería suceder jamás. El tema que se quiere tratar es el recuerdo, cómo determina el presente y el futuro. Para lanzar la idea, Benito Zambrano, maneja dos formidables historias de amor rodeadas del estado de maldad y venganza que se instaló en España tras la guerra civil. Lógicamente, esto lo comparte con la novelista. Pero, además, Zambrano suma elementos propios del cine que hacen de la historia algo mucho más grande.
El director maneja la cámara con gusto y sumo cuidado. Deja que sean las actrices (fundamentalmente ellas) las que lleven el peso de la narración, las que llenen la pantalla. Busca encuadres amplios en los que puedan moverse respetando su trabajo. Un trabajo magnífico. Inma Cuesta y María León, las protagonistas, se ven espléndidas. Las dos. La película se divide en dos partes. En la primera será María León la que haga crecer su personaje y en la segunda es Inma Cuesta la que toma mayor protagonismo con el mismo fin. De su mano, el espectador, se ve obligado a trazar un dibujo de esa España tan oscura, tan cruel; un dibujo que va más allá de la propia película porque, a pesar de mirar a través de los ojos de ellas, es nuestra conciencia la que se pone en marcha para perfilar cada trazo. Todo se llena de emociones, de sentimientos. Es como si la película nos envolviera y, a la vez, los espectadores nos tuviéramos que echar por encima un manto reflexivo.
La luz, el maquillaje, el vestuario, la puesta en escena y el sonido acompañan más que bien lo que nos cuentan y hacen posible que la recepción de la historia se produzca sin atropellos, con suavidad. El montaje hace que la tensión narrativa no disminuya un solo instante; permite al espectador que entienda exactamente lo que sucede a pesar de las numerosas elipsis. Aunque es el guión, siempre lo es en cine, la zona que pesa más y mejor, lo que hace de una película una cosa grande o desastrosa. Es contundente, escapa de las frases que adornan y se queda con lo esencial, con lo que nos lleva hasta el lugar que nos tienen preparado para que pensemos sobre lo que nos dicen. Alguien podría acusar a Benito Zambrano de ser tendencioso en el planteamiento. La película se centra en la maldad de los vencedores casi en exclusiva, en la venganza. Con cierta habilidad salpica la película de personajes que perfilan esa España vencedora llena de víctimas de la misma guerra. Viudas; hombres que tuvieron que renunciar a sí mismos, a todo. Pero, ideológicamente, el trabajo es lo que es. No debería molestar a nadie con un mínimo de criterio, pero el peligro de una crítica política y facilona está presente. Creo que Zambrano lo sabía e intentó aliviar la cosa; algo que el que escribe mira con la ceja levantada y no se explica muy bien puesto que no hay que buscar hueco a todo el mundo. Sencillamente, unos caben y otros no y hacer concesiones a la galería siempre funciona mal.
La voz dormida es un homenaje a las mujeres que vivieron la guerra y la postguerra española. Como siempre en desigualdad con los hombres. Pero, sobre todo, es un homenaje a un país que se tuvo que enfrentar a un verdadero infierno para ser lo que es hoy en día. La voz en off final así lo deja entrever (por cierto, este es uno de los errores de la película porque desmonta todo un punto de vista trabajado durante muchos minutos).
Además de Inma Cuesta, María León, Ana Wagener, Teresa Calo, Miryam Gallegos, Begoña Maestre, Lola Casamayor, Angela Cremonte, Charo Zapardiel, Amparo Vega, Berta Ojeda, Arancha Aranguren o María Garralón, que están maravillosas; en La voz dormida tienen un hueco los hombres. Marc Clotet y Daniel Holguín son los que desarrollan papeles de mayor protagonismo. Sus papeles son muy cortos y el lucimiento es menor. Pero lo importante es que Zambrano, con todos ellos, llena la pantalla de personajes de gran importancia. Monjas, militares y civiles que rebosan crueldad. Presas, viudas; luchadores que apestan a muerte. La suma es una España gris, tremenda, ensangrentada.
La voz dormida es una película dura aunque los jóvenes pueden verla sin problemas. Los niños ya tendrán tiempo de hacerlo. Conviene que antes o después todos sepan lo que fue España. Y que el cine español no es ninguna broma de mal gusto.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 19 2012

Gone: ni pies ni cabeza

Es difícil hablar de una pelicula cuando no hay nada que decir. Aquí debería terminar esta crítica aunque por respeto a los lectores haré un esfuerzo y trataré de apuntar algunos aspectos del trabajo de Ringan Ledwidge (este es el director de Gone, una de las películas peores que he visto jamás).
Scott Mechlowicz, Amelia Warner y Shaun Evans son los actores protagonistas. Sus papeles son espantosos estereotipos y ellos los convierten en espantosos estereotipos mal interpretados. No se libra ni uno del desastre. Sosos, apáticos, aburridos y poco creíbles. Entre otras cosas porque nada es creíble en esta película. Se ve el cartón del trabajo a lo lejos.
Desde el minuto uno sabemos lo que va a pasar. Esto lo han contado un millón de veces y de esta misma manera. Un malo muy malo que envuelve a dos buenos chicos que parecen no enterarse de nada. La cosa no puede terminar bien, claro. El problema es que no termina bien nada de nada de lo que tiene que ver con la película.  Ni empieza. La fotografía la confunden con tomas de estética parecida a la de las postales. La música pasa desapercibida. El guión es completamente estúpido; todo se llena de palabrería que no lleva a ninguna parte. La dirección actoral es nefasta. Todo es un auténtico fiasco.
No sé cómo puede ser que alguien se juegue su dinero en algo así. Una trama en la que los personajes se quedan en monigotes está llamado al fracaso más absoluto, a perder cualquier inversión realizada.
La película es muy fácil de entender, pero, sin embargo, el espectador no entiende nada. No sabe por qué un tipo es tan malvado, ni otro tan imbécil, ni qué está pasando. Porque no aparece nada de eso que es tan necesario para entender una historia. La película se queda vacía cuando los personajes no aparecen por ningún sitio.
Y los espectadores dormidos.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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