may 27 2012

Profesor Lazhar: Sensibilidad y honestidad terriblemente dramática

¿Puede hacerse poesía con el cine? Por supuesto que sí. Hace apenas unos días, en este mismo blog, mostraba mi descontento con la cartelera y mi intención de dejar de pisar las salas de cine durante algún tiempo. Pero hay honrosas excepciones que hacen que, cuando incumplo mi propósito, no termine sintiendo que, nuevamente, he caído en bodrios de superproducción. No al menos en mis últimas visitas al cine, pero no hay que bajar la guardia.
Profesor Lazhar es una de esas honrosas excepciones al mal cine actual. Esta producción canadiense, es la adaptación de la pieza teatral Bachir Lazhar de la dramaturga quebequesa Évelyne de la Chenelière, protagonizada por Mohamed Fellag (Bachir Lazhar), Sophie Nélisse (Alice) y Emilien Néron (Simon) y dirigida por Philippe Falardeau.
Después de verla he tenido conocimiento de que la misma obtuvo los premios a Mejor película, director, Guión adaptado y actor en los Premios Genie de la Academia de cine y TV de Canadá (2012) , así como el Premio Miguel Delibes al mejor Guión y premio de la Critica en el Festival Internacional de Cine de Valladolid (2011).
Encuadrada en el género dramático, Profesor Lazhar es la historia de Bachi Lazhar, un emigrante argelino instalado en Montreal, pendiente de su reconocimiento como expatriado político, tras la dramática muerte de su familia en la Argelia de principios del siglo XXI. Lazhar, llega a un centro escolar ofreciendo sus servicios como maestro después de leer en la prensa la traumática muerte de una de las profesoras de aquella escuela.
El profesor Lazhar, maestro, según refiere, en su originaria Argelia, se topará con un sistema educativo completamente distinto al que conoce, y con un grupo de alumnos conmocionados por la muerte de su maestra que se quitó la vida colgándose, durante el recreo, en el aula en la que daba las clases.
Una delicadeza absoluta por parte de un maestro que es precisamente eso, maestro, y unos alumnos exquisitamente sensibles en lo personal, conseguirán avanzar en los distintos momentos trágicos que todos ellos viven. El proceso de integración y recuperación de Lazhar, en su drama personal, correrá parejo al proceso de sanación de los alumnos, en especial de Simon (que se siente culpable de lo que no le toca) y de Alice (la amiga de Simon). Ambos vieron a su profesora ahorcada. La suerte del profesor, que deberá asumir la trágica muerte de su mujer, de sus dos hijos y la posible denegación de su reconocimiento como exiliado político que le puede llevar a una muerte segura; correrá pareja a la de unos alumnos; inicialmente desconfiados respecto de su persona; que son enseñados (que no educados) bajo un sistema pedagógico de absoluta asepsia, ajenos a todo contacto físico y escondiendo, bajo la losa, del silencio aquello que les preocupa.
Sin embargo, las condiciones de cada uno de ellos, la necesidad de una catarsis colectiva en un aula en que se ha ido enmascarando la tragedia, llevarán a la explosión de la angustia, de lo que oprime, como paso previo para una verdadera curación. Sin embargo, esta necesidad, esta bondad en el reconocimiento del dolor, la necesidad del duelo no será comprendida por el sistema que abogará por volver a enterrar todo lo que de novedoso, de humano y de sensible aportó alguien que aparece de un modo singular.
Profesor Lazhar es la necesidad de compartir lo traumático, de volver a lo personal. Una bellísima historia, narrada desde la exquisitez de lo sensible y humano, sin caer en lo blando y lacrimógeno. Una narración pausada, tan bien tramada que dan ganas de quedarse abrazada a esos dos personajes tan esenciales como son Bachir y Alice. Un hombre y una niña de apenas diez años con necesidad de volver a confiar, de alejar los temores, de asimilar recuerdos dolorosos que ya, por siempre, formarán parte de su vida.
Una película honesta, sensible y terriblemente dramática.
Como siempre recomiendo, véanla en versión original.
© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube


may 26 2012

Els nens salvatges: Buenas intenciones, buena película

Asistí a la premier, en Barcelona, de la película Els nens salvatges de Patricia Ferrera. Venía precedida de un éxito importante en el Festival de Cine de Málaga (Mejor guion, mejor película, mejor actriz de reparto, mejor actor de reparto). Y a mí, lo de los premios, siempre me parece algo sospechoso, con tendencia a estropearme la objetividad y a situarme en la banda de los escépticos, con la ceja levantada. Teniendo en cuenta que se trata de un largometraje protagonizado por adolescentes, esperaba, básicamente, una especie Física y Química ambientada en algún indeterminado lugar de una gran ciudad..
Así que cuando empezó la presentación, con las palabras de su productora, diciendo aquello de ser adolescente es difícil, pero más difícil es hacer una película, o no, tal vez no y ser adolescente sea mucho más difícil, no pude por menos que pensar que tal vez, sólo tal vez, debía empezar a bajar la ceja, y esperar, sin los prejuicios que últimamente me asolan con determinado tipo de cine, y ver.
La historia se sitúa en Barcelona, pero podría ser cualquier otra ciudad y nada sería distinto. Sus protagonistas son tres adolescentes Álex (Alex Monner), Gabi (Albert Baró) y Laura –Oki- (Marina Comas), tres formas de vivir completamente distintas, tres formas de afrontar la vida y sus conflictos, desde los quince años. El rebelde evidente, el deportista por prescripción paterna y la buena niña. Los tres, en cojunto, forman el espíritu rebelde dentro de la aparente pasividad del mundo adulto que confronta con el mundo de los mayores. El etiquetamiento basado en estereotipos absurdos. Y un ser hijos de quien somos.
La película nos muestra la relación de amistad, camaradería de tres chavales y la imposibilidad de conectar con quienes deberían ser sus referentes. Adolescencia en estado puro, sin más, y la insatisfacción por la incapacidad de transmitir, de conseguir que aquellos de quienes dependen; en su casa, en el instituto, en su entorno; les perciba como lo que verdaderamete son y quieren.
Y como no puede ser de otro modo, esa absoluta desconexión de mundos, de consecuencias vitales, de necesidades emocionales tan lejanas una de otros, nos sitúa a los personajes de esta película en dos planos confrontados: el de los adultos agobiados por sus vidas, insatisfechos, neurotizados, que pasan del incomprensible mimo del que todo lo entrega, a la cerrazón más absoluta cuando las expectativas creadas respecto de sus hijos, de sus alumnos, no responden a lo esperado. Y otro plano, el de unos casi críos que de la noche a la mañana se les transforma su vida de botellones, estudios aprobados a medio gas, proyectos que no llegan a nada (porque en la adolescencia a nada se llega nunca), unidos por esa extraña comunión que crea el apoyo al otro, a base de hormonas e incomprensiones enlazadas por la creencia de que el que tienes a tu lado vale un imperio.
Sin embargo, el contraste entre esos dos mundos que se convierten en antagónicos, por el mutuo desconocimiento y el aislamiento, entre unos respecto de los otro, se convierte en el embrión del desastre. Y hasta aquí puedo leer.
El modo en que está articulada la película: Tres chavales unidos por el nexo de camaradería que crea una batalla campal, servirá para presentarnos y adentrarnos en cada uno de sus protagonistas, a los que inicialmente iremos conociendo por las preguntas que les formula un interlocutor al que no veremos nunca, hasta llegar al final de la película. De manera que durante muchos minutos lo que tendremos frente a nosotros, al desnudo, serán los rostros de estos chicos que nos hablarán mucho más por sus expresiones faciales, sus movimientos corporales involuntarios, que por las propias palabras que pronunciaran mientras contestan un interrogatorio aparentemente amable.
Y en cada uno de estos bloques, en los que se nos presenta a cada uno de los muchachos y nos irán relatando la relación que entre ellos sostienen, nos llevarán hasta los escenarios de sus familias, de su instituto, escenarios personales que configurarán sus posteriores comportamientos y decisiones finales. Parques, graffitis, esperanza, baños en el mar, alcohol incontrolado, incomprensión, sordera, necesidad. Y buenas ideas, buenos sentimientos y buenas intenciones absolutamente tergiversadas por la vida misma que terminan colocando a quien las tiene en el disparadero de lo virulento y molesto.
La película, protagonizada por este grupo de chavales junto con otro buen puñado de adolescentes que permaneceran en segundo plano, formando parte del propio escenario de la película, cuenta con la participación de Aina Clotet (Julia), Ana Fernández (madre de Alex), Emma Vilarasau (directora del instituto), y cuenta con unas estupenda fotografía urbana y una música excepcional que acompaña magníficamente a cada uno de los estados por los que, en conjunto atraviesan sus tres protagonistas.
Debo reconocer que estamos frente a una película que encierra un tema mucho más profundo que la superficial rebeldía de la adolescencia y las brutales consecuencias que puede tener en algunos casos. Una buena película, pese que en algunos momentos, los movimientos de cámara un poco excesivos, y la lentitud de algunos pasajes, la hacen peligrar en su conjunto. Sin embargo, debo reconocer, que una vez digerida, y reposada, no puedo por menos que valorarla en su justa medida como una buena película. Y reconocer que bajar la ceja del recelo no fue una mala cosa.
Quizá vale la pena que los padres de adolescente la vean, junto a sus hijos, y reflexionen, cada uno por su cuenta, de lo lejos que acostumbramos a estar uno de otros, de lo desconocidos que somos pese a vivir bajo los mismos techos y compartir gran parte de lo material. La vida misma aunque a veces no queramos verla.
Por último, un ruego, que el hecho de que esté rodada parcialmente en catalán no les impida acercarse a las salas de cine, se perderían una buena película y, visto el panorama actual, no es fácil encontrarlas.
© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube


may 26 2012

El hijo de la novia: La vida es otra cosa

El cine es espectáculo. Tal vez sólo sea eso. Aunque de serlo (sólo) es fundamentalmente un espectáculo narrativo. Tal y como sucede en una novela, aparecen ante nosotros escenarios, personajes que dialogan entre sí, sensaciones en otros que hacen nuestras. Nos cuentan una historia con el único propósito de explicar algo que (encajado en el mundo de la ficción) trata de ser una explicación de la realidad, una forma única y exclusiva de entender un aspecto muy concreto de lo cotidiano.
El cine es espectáculo y, por tanto, el cine es emoción. No es un ingrediente único, desde luego, pero no puede faltar. Sin emoción, el cine se vacía de contenido, de sentido, de intención (salvo que sea la de aburrir). Y esa emoción llega del riesgo (no de lo blandengue o de los lloros incontrolables). Sí, del riesgo que corre el autor de la obra. El artista está obligado a correrlo. Se trata de arriesgar parte de sí mismo (no dinero, ni cosas de esas). Parte de sí mismo, de lo que sabe, de lo que no sabe, su propia vida. Y eso, cuando es auténtico, se convierte en emoción.
Pues bien, cine auténtico, cine del bueno, es el que suele firmar el director argentino Juan José Campanella. El hijo de la novia, una de sus películas, es el claro exponente de ello. Es, sencillamente, conmovedora. Sostenida por un guión de gran altura lleva en volandas al espectador desde el principio hasta el último minuto de proyección. Las interpretaciones de todo el elenco son fabulosas (el director tendrá su parte de culpa en ello aunque la calidad de los actores y actrices es descomunal). Ricardo Darín, Héctor Alterio y Norma Aleandro llenan la pantalla sin dejar huecos a nada más. Porque consiguen una credibilidad fuera de lo normal. El montaje de la película está cuidadísimo, lo que da una continuidad narrativa magnífica huyendo de elipsis innecesarias o escenas que rellenan por los costados aunque no llevan a ninguna parte. Todo en su sitio. Ni se escatima información ni se incide en aspectos superficiales. Lo que se ve está siempre acompañado por lo que queda debajo. Todo en esta película parece encajar con perfección. El conjunto se presenta soberbio. El espectáculo es cine.
Rafael Belvedere (Ricardo Darín) corre de un sitio a otro. Negocios. Aunque no corre en la dirección correcta. Apenas presta atención a sus padres (Hector Alterio y Norma Aleandro), a su novia (Natalia Verbeke) o a su hija (Gimena Nóbile). Por si fuera poco, la situación en Argentina es desquiciante. Una enorme crisis altera todo. La madre de Rafael sufre de Alzheimer. El padre sigue queriendo a su mujer como el primer día. Por eso decide casarse con ella. Algo que le negó en el pasado. Y en el camino, Rafael sufrirá un ataque al corazón.
Contar todo esto sin caer en el terreno facilón de la sensiblería es muy difícil. Hacer que funcione una historia ya contada es más difícil todavía. Pero Campanella arriesga. Los actores se implican. Parece que todo el mundo disfrutó haciendo la película.
Como siempre pasa en el cine, es el punto de vista el que hace de la película algo especial. Un punto de vista acertado y que el director respeta hasta las últimas consecuencias. Un punto de vista que nos arrastra a esa zona que todos vivimos y nos hace preguntarnos sobre el sentido de lo que hacemos, sobre la posibilidad de enmendar las cosas porque nunca es tarde si somos capaces de mirar con nuestros propios ojos y no con los que nos imponen las circunstancias. Un punto de vista que nos arrastra hasta esa zona soñada que reposa sobre lo infinito, sobre lo que representa el final de un camino al que cualquiera quisiera llegar entero.
Hacía muchísimo tiempo que no disfrutaba tanto frente a una pantalla. Al fin y al cabo, un espectáculo narrativo supone dejar desnudo al ser humano, enseñar lo mejor y lo peor, encontrar un anclaje al mundo, una posibilidad de elegir.
Qué dos horas tan bien aprovechadas.
© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube


may 24 2012

Vivir para gozar: el perpetuo éxito de lo clásico

En los últimos meses, han sido muy pocas las ocasiones en las que la cartelera me ha ofrecido algo novedoso, sorprendente y de mínima calidad. La decepción que arrastro con el tema cinematográfico es tan grande que -puedo confesarlo sin rubor- he decidido dejar de asistir al cine hasta que las ranas críen pelo o me dé un ataque de apoplejía y sea arrastrada hasta una sala sin mi consentimiento. Pero como mi vida se nutre de historias fantásticas que otros recrean he hecho acopio de ingentes películas en DVD que devoro, en mis noches de insomnio, como si el espíritu de los hermanos Lumière se hubiera apoderado de mí.
En ese navegar errante entre películas antiguas, películas raras, rescaté, por el mero gusto de gozar de una comedia de las de verdad, Vivir para gozar, originariamente Holiday dirigida en el año 1938 por George Cukor, uno de los mejores directores de todos los tiempos, y protagonizada por los siempre deliciosos y sofisticados Cary Grant y Katherine Hepburn, y junto a ellos Lew Ayres, Doris Dolan y Edward Everett Horton.
En la línea de Historias de Filadelfia, Cukor nos adentra en la alta sociedad neoyorkina y nos sirve en bandeja de plata y grandes dosis de sentido del humor, el estallido de una historia que pone en tela de juicio la conveniencia o la necesidad de sujetarnos a sueños de estatus, posición, triunfalismos vanos en una sociedad absolutamente convencional, tan convencional como la sociedad norteamericana de finales de los años 30. Una crítica sutil a las aspiraciones que todo ciudadano medio podía tener engarzada bajo el hilo conductor de una historia de amor.
Johnny Case (Cary Grant), un hombre alejado de los círculos mundanos de Nueva York se enamora de una mujer perteneciente a la alta sociedad, de Julia Seton (Doris Nola). Su entrada en esta nueva vida de relumbrón, pese al intento por adaptarse a su nueva realidad, chocará frontalmente con sus ganas de vivir. La vida aburrida, convencional se disipará con la presencia de Linda (Katherine Hepburn), hermana de su prometida, una mujer entusiasta con ganas de vivir. Dos personas absolutamente deseosas de vivir para gozar y frente a eso la disyuntiva de escoger entre una vida de comodidad y convencionalismos a costas de la pérdida del entusiasmo o, renunciar a lo material, a una vida próspera por vivir junto a quien comparte la misma filosofía y siente la existemcia a flor de piel.
Vivir para gozar es una de las mejores comedias de finales de los años 30; fresca, con un guión estupendo, una química espectacular entre sus protagonistas y unos inmejorables diálogos que, de modo alguno, puede ser minimizada por pertenecer al género cómico. Pues tras la aparente frivolidad de la historia subyace algo tan fundamental como la libertad de decisión del hombre.
Una acertadísima elección para un día cualquiera en que busquen el lado amable de la vida. Y es que no me canso de repetir, en el cine, los clásicos, pocas veces defraudan. Y si son en blanco y negro, menos todavía. Palabrita de superfan de Katherine Hepburn.
© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube


may 23 2012

La sombra de la traición: Record absoluto

La gran noticia que les puedo ofrecer es que se ha batido el record del mundo; sí, el de interpretar personajes sin mover una ceja, sin tensar un solo músculo. Richard Gere es capaz de hacer de amante, mosquetero, millonario, militar o agente secreto, con un nivel se sosería inaudito y asombroso. Como todos ustedes saben, este record lleva adosado, además, el gran logro de aburrir a miles de personas sin compasión.
Richard Gere es grande; Gere es un semidios, Richard es lo peor de lo peor. A este paso batirá todos las marcas negativas conocidas y por conocer.
La sombra de la traición es un paquete. De principio a fin. El guión que desarrolla es absurdo. Las interpretaciones son flojas. La música pretenciosa. Todo lo que aparece en esta película es horrendo. Bueno, no; no quiero engañar a nadie. La verdad es que hay un momento de la proyección muy, muy emocionante. A mí se me han saltado las lágrimas. Ver aparecer los créditos finales me ha parecido uno de los momentos más bonitos que he vivido en el cine.
La cosa va de espías rusos, agentes de la CIA, esposas e hijos asesinados a sangre fría y coches que se estrellan. Por supuesto, nada es lo que parece aunque el que la vea pensará pronto: y ¿A mí que me importa esta bazofia?
Qué lástima de presupuesto. Con el diez por ciento de lo que se han gastado en este bodrio, algún joven autor hubiera hecho maravillas.
No es que sea una película previsible, es que es copia de la copia de las miles de copias de alguna buena película que ya no se deja ver detrás de tanto disparate.
Los diálogos son una serie de frases mal construidas que no entienden ni los personajes, ni los espectadores, ni el que las escribió. Yo creo que alguien hizo un cortapega de distintos documentos y no lo repasó. Quizás por esto, Richard Gere, no se mueve durante la película. Ah, no; ese no se mueve nunca. A Gere le acompaña Topher Grace. Espero que mejore mucho en su trabajo este muchacho porque, de no ser así, terminará presentando programas infantiles en las cadenas locales. El director, Michael Brandt, poco puede hacer con estos dos aunque, me temo, no sabría cómo mover por la pantalla al mismísimo Marlon Brando.
La sombra de la traición: ese paquete. Gere: ese marmolillo. Una combinación de record.
Por favor, que alguien les diga algo a estas criaturas.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


Imagen de previsualización de YouTube


may 19 2012

Gone: ni pies ni cabeza

Es difícil hablar de una pelicula cuando no hay nada que decir. Aquí debería terminar esta crítica aunque por respeto a los lectores haré un esfuerzo y trataré de apuntar algunos aspectos del trabajo de Ringan Ledwidge (este es el director de Gone, una de las películas peores que he visto jamás).
Scott Mechlowicz, Amelia Warner y Shaun Evans son los actores protagonistas. Sus papeles son espantosos estereotipos y ellos los convierten en espantosos estereotipos mal interpretados. No se libra ni uno del desastre. Sosos, apáticos, aburridos y poco creíbles. Entre otras cosas porque nada es creíble en esta película. Se ve el cartón del trabajo a lo lejos.
Desde el minuto uno sabemos lo que va a pasar. Esto lo han contado un millón de veces y de esta misma manera. Un malo muy malo que envuelve a dos buenos chicos que parecen no enterarse de nada. La cosa no puede terminar bien, claro. El problema es que no termina bien nada de nada de lo que tiene que ver con la película.  Ni empieza. La fotografía la confunden con tomas de estética parecida a la de las postales. La música pasa desapercibida. El guión es completamente estúpido; todo se llena de palabrería que no lleva a ninguna parte. La dirección actoral es nefasta. Todo es un auténtico fiasco.
No sé cómo puede ser que alguien se juegue su dinero en algo así. Una trama en la que los personajes se quedan en monigotes está llamado al fracaso más absoluto, a perder cualquier inversión realizada.
La película es muy fácil de entender, pero, sin embargo, el espectador no entiende nada. No sabe por qué un tipo es tan malvado, ni otro tan imbécil, ni qué está pasando. Porque no aparece nada de eso que es tan necesario para entender una historia. La película se queda vacía cuando los personajes no aparecen por ningún sitio.
Y los espectadores dormidos.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


Imagen de previsualización de YouTube


may 16 2012

Los vengadores: Épica, humor y acción

No podía ser de otra forma. La película dirigida por Joss Whedon es divertida, está llena de una acción deslumbrante, de algunos diálogos más que notables; y de actores estupendos que se creen lo que hacen, que se les nota disfrutar con sus personajes. Hay momentos en los que la carcajada del espectador no puede reprimirse. No hay que olvidar que un grupo de tipos (alguna señorita también) se visten con unos trajes completamente absurdos, se mezclan con seres interplanetarios que son una especie de dioses y se lían a guantazo limpio con los malos entre los que se encuentran seres extraterrestres. Si alguien quisiera hacer en cine algo serio con esto sería un auténtico loco. Todo se mezcla. Épica, humor y acción. Incluso algún asunto profundo. El diálogo entre la Viuda Negra y Ojo de Halcón es un ejemplo de ello.
La cosa podría parecer sencilla sin serlo. Alguien podría pensar que juntar a un grupo de superhéroes es garantía de éxito. Sin embargo son muchos personajes (hay que sumar alguno que no tiene nada que ver con poderes, martillos o escudos). Y muchos actores. Lo difícil es que alguno no sobresalga sobre otro o que alguno se quede en nada dentro del conjunto de la película. El director es muy hábil y consigue que cada uno tenga su puesto, sus momentos brillantes, sus frases bien construidas y sus chistes de calidad. Si añadimos que este grupo de profesionales se lo pasa bomba al rodar (se nota a la legua), el resultado, como ya he dicho, es fascinante. Lógicamente, no estamos hablando de gran cine aunque sí de muy buen cine.
No desvelaré nada de la trama. Ya saben los buenos son muy buenos, los malos son el mismísimo horror. Y se dan leñazos a base de bien. El final tampoco hace falta que se lo sugiera. Ya lo saben. Eso sí, diré que la historia está muy bien contada. Es posible que los aficionados al cómic partan con mucha ventaja con respecto a otro tipo de espectador. Pero no me parece que sea una película estrangulada en ese sentido. Si bien es verdad que un par de señores mayores aguantaron en la sala quince minutos (ni uno más), también lo es que mis dos hijos pequeños (tampoco han leído cómics de Marvel y son muy pequeños) aguantaron la película boquiabiertos y ya tienen superhéroe elegido para jugar a estas cosas del bien y del mal. Muy entretenida y, sin ánimo de exagerar, con un punto de emoción que no se oculta.
Robert Downey Jr., Chris Evans, Chris Hemsworth, Scarlett Johansson, Jeremy Renner, Mark Ruffalo, Samuel L. Jackson, Clark Gregg y Tom Hiddleston forman parte del reparto de la película. Están muy bien todos. Algo más torpe con las armas la señora Johansson. Debe ser que no jugaba con ellas siendo niña, pero tampoco está mal. Ni uno de ellos se dedica a perder el tiempo delante de la cámara. Uno llega a pensar que se creen superhéroes en algún momento delante de la pantalla. Y eso es de agradecer. Robert Downey Jr. es el que destaca algo sobre los demás aunque su papel es el más vistoso de todos. Todo hay que decirlo. El caso es que defienden sus papeles con gran credibilidad.
Es evidente que, dado que la película se carga de acción trepidante y luchas sin cuartel, los efectos visuales y especiales son de gran importancia. En este caso son, además, de gran calidad. Entusiasman a cualquiera por su perfección. El espectador, a pesar de la rapidez con la que se desarrolla cada escena, sabe lo que está sucediendo en cada momento. Las escenas son claras y dejan ver los movimientos sin formar barullos.
Maquillaje, peluquería y vestuario muy cuidados. La fotografía también aunque no sea, ni mucho menos, lo mejor de la película (creo que esto ya lo sabía medio mundo que iba a ser así).
Y, tal vez, lo más importante de todo. Aunque en este tipo de películas suele prevalecer la imagen, la puesta en escena (impecable, por cierto) y todo lo que tenga que ver con el espectáculo; el mensaje es especialmente agradable. La amistad, la identidad de las personas, el esfuerzo colectivo, la disciplina, la capacidad de sacrificio y alguna cosa más que aparece de forma tangencial, se manejan durante todo el metraje como elementos fundamentales si se quiere triunfar, si hay que pelear por algo importante. Traído desde los cómics es un mensaje que nunca falta en estas producciones de Marvel y se agradece mucho que así sea.
Más de horas de cine. Más de dos horas de diversión. Una película para todos los públicos. Una opción estupenda para pasar la tarde en el cine. No se la pierdan. Es posible que soporte mucho peor el formato casero.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


may 15 2012

El mundo según Barney

Cuando, en cine, decides contar algo hay que tener clara una cosa: qué quieres contar. Esto, que parece algo obvio y necesario, se lo salta a la torera casi todo el mundo. Por eso encontramos películas anunciadas como comedias que terminan siendo dramas lacrimógenos (no porque la historia lo demande sino porque es la salida más facilona para enganchar al espectador en un último intento a la desesperada), por eso encontramos películas en la que el narrador cambia sin venir a cuento (no para aportar un punto de vista distinto sino porque la elección fue errónea y hay cosas que el narrador elegido no puede contar), por eso hay películas que nos dejan fríos como témpanos de hielo (por ejemplo, cuando los personajes son tan planos que no permiten una mínima empatía con ellos). Contar una historia no es contarlo todo; es contarlo bien. Lo justo. Ni más ni menos. Con los materiales narrativos adecuados, con diálogos que lleven a alguna parte, con un punto de vista sólido y esas cositas.
El mundo según Barney es de esas películas que nunca entenderé. Supongo que la idea es mostrar un mundo desde una mirada (la del personaje) y todas las caras de ese mundo cuando el personaje (que es narrador) va mostrando sus evoluciones, sus cambios. Tal vez esa era la idea. Pero la cosa se queda en una narración lineal de la historia de los tres matrimonios del protagonista con la inclusión de una trama policial muy poco importante y un final que busca la lágrima fácil por la vía de la enfermedad y la muerte. Si el personaje debería ser lo fundamental, de principio a fin, se queda en pura anécdota. Si las tramas secundarias deberían ser iluminadoras de la principal y la herramienta explicativa de lo implícito, se quedan en historias poco y mal trazadas, del todo prescindibles. Si el punto de vista debería aportar diferentes caras de una realidad poliédrica no se consigue una voz ni mínimamente interesante aunque sí simpática. Vamos, dicho de otra forma, que esta película es una chapuza importante.
Paul Giamatti, actor principal, defiende bien el papel. Esta es una de las pocas cosas buenas de la película. Dustin Hoffman no está mal aunque su papel es más secundario de lo que podría parecer. Rachelle Lefevre, Minnie Driver y Rosamund Pike (las tres esposas de Barney) acompañan al protagonista sin aportar gran cosa. Para ser justo diré que Pike está por encima de sus compañeras.
La dirección de Richard J. Lewis es flojita. Intenta adaptar una buena novela (la de Mordecai Richler) convirtiendo el texto original en una maravilla si lo comparamos con el libreto.
El resto de elementos técnicos pasa desapercibido. Lo único que se puede señalar es la banda sonora que no está del todo mal aunque los temas (buenos de forma independiente) están llevados un poco de los pelos para formar un conjunto algo desigual.
El gran problema de esta película es que el personaje, aunque parezca otra cosa, comienza en un punto y termina en el mismo. O muy pegado a él. Nos intentan convencer de lo contrario metiendo subtramas, sin ton ni son, aunque sin ningún éxito. Si a eso le añadimos una duración excesiva, El mundo según Barney se convierte en una película entretenida y de las que no dejan huella; de esas que cuando se acaban no pasa nada. Y es una pena porque la esencia podría dar mucho más juego, porque con un poco más de imaginación se podría abrir un mundo entero en el que todo importase. No es así.
Muy decepcionante.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


may 13 2012

Blancanieves (Mirror, mirror): De traca

A mí que me estafen siempre me sienta fatal. Y hoy, me han estafado por partida doble. He pagado por ver un truño espectacular y he pagado un dineral por acompañar la primera estafa de unas palomitas y unos refrescos de cola vendidos a precio de oro. Así que, como lo que voy es a echar pestes durante un rato, tanto como lo que me dure el texto que pienso escribir, si quieren pueden quedarse aquí.
Tarde de sábado, dos fieras que ventilar, de siete y cinco años, y la ocurrencia de acercarnos al cine a ver Blancanieves, también llamada Mirror, mirror, espejito, espejito. El bodrio en cuestión, una versión libre de la archifamosa Blancanieves de los Hermanos Grimm, dirigida por Tarsem Singh (de ahí el simulacro de bailecito a lo Bollywood tras el matrimonio entre un principito más guapo que un San Luís y la sosísima SnowWhite), protagonizada por Julia Roberts (la madrastra malvada), Lily Collins (Blancanieves), Arnie Hammer (Principe Alcott, que no se lo pierdan viene del Reino de Valencia – será por eso que la película es de traca), y junto a ellos un montón de enanos, tantos como siete que, no se vayan a pensar son buenos y laboriosos trabajadores en una mina, sino unos bandoleros dignos de formar parte de la banda de los de Norfolk, ya saben , de los de Robin Hood.
En cuanto al argumento, pues como les digo, una versión extraña del cuento, sin chispa, sin gracia, sin nada de nada que, de hecho, me ha hecho cabecear un rato y descansar de una ajetreada jornada de sábado. Sin embargo y pesar de todo, algo debe tener; las dos criaturas que devoraban las palomitas a puñados no han rechistado en las casi dos horas que dura la película más que para preguntar cuándo Blancanieves pensaba comerse la manzana (esa que no se va a comer), cuándo se iba a quedar dormida en el bosque (que tampoco), mientras yo cabeceaba y pensaba en una isla del Egeo en la que perderme en cuanto las cosas se me pongan a tiro.
Y ahora, mientras recuerdo la película, los enanos, la insulsa Blancanieves, la inexpresiva mirada de Julia Roberts, el tontineti del príncipe, sigo pensando que es una estafa y que lo mejor de todo ese bodrio envuelto de superproducción es el estupendo vestuario con el que se disfrazan estos personajes de folletín de la mano de Eiko Ishioka (cuyo nombre anoto un pañuelo de papel, a oscuras, mientras leo los títulos de crédito.
Una estafa de diseño y poco más.
© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube


may 10 2012

Una noche en la ópera: La mejor de las referencias

Hacer reír a otro, no sólo sonreír, sino provocarle una sonora carcajada no es algo sencillo y menos en los tiempos que corren. El humor inteligente que excluye el gesto grosero, el insulto o la exaltación de las carencias de otro, no son fáciles de encontrar. Sin embargo, hubo un tiempo, hubo un modo de hacer cine donde eso fue posible. Las películas de los Hermanos Marx son una buena muestra de ello.
El disparate organizado que fluye desde la desorganización y el caos más absoluto para volverse a organizar y mantenerte en expectante actitud para el próximo gag, eso, era una de las muchas virtudes de Groucho, Harpo, Zeppo Marx y Margaret Dumont. Humor del blanco con una retranca espectacular. Humor que, pese al tiempo que ha transcurrido desde su filmación, continúa manteniendo la frescura que en su día debió tener.
Una noche en la opera es sin lugar a duda una de las películas más famosas de los Hermanos Marx, la primera en la que ya no intervenía Zeppo. ¿Quién no recuerda la famosa escena del camarote en la que de un modo casi imposible se va llenando de personas hasta convertir aquel reducido espacio en un lío de brazos y pierna? ¿O aquella otra, tan famosa o más que la anterior, en la que Groucho con la habilidad de un buen liante se lía con lo de la parte contratante de la primera parte? ¿O la bonita declaración: Todo en ella me recuerda a Ud., excepto Ud.?
El argumento de la película pueden encontrarlo en cualquier página de cine pues, como digo, es casi con toda seguridad una de los clásicos de la comedia de las que más se ha hablado, escrito y publicado al respecto.
Sin embargo, para los que quieran una pincelada sólo apuntarles que la trama se desarrolla entre Milán, un trasatlántico y Nuevas York. Con una compañía de cantantes de ópera que viajarán de Italia en esa travesía marítima para llegar a América donde debe triunfar la compañía. Y todo este periplo dinamitado por surrealistas historias de amor, cómicos encuentros y desencuentros hasta llegar a hilarantes situaciones.
La película además, realizada con una cuidadísima producción tiene una maravillosa fotografía con unos planos exquisitos pese a los cómico que rodea muchos de ellos.
No me cansaré de repetir, una y otra vez, que en el cine clásico tenemos nuestras mejores referencias y que lo bueno, en el cine como en todo, acaba perdurando en el tiempo.
© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube