El hijo: La esperanza de volver a empezar

El gran conflicto del ser humano es no saber qué hace, para qué está en un lugar o en otro, si ama a otro o lo detesta, si es él mismo o se perdió en algún meandro. Perder la referencia clara que marca el camino significa desaparecer para siempre. El ser humano dedica buena parte de su vida a buscar escapatorias, soluciones.
El hijo es una película dirigida por Jean-Pierre y Luc Dardenne. Claustrofóbica, oscura, áspera, alejada de cualquier alarde que busque el aplauso fácil. Una película tremenda que indaga en esos caminos buscados y no siempre encontrados.
Rodada en lugares muy cerrados, siempre cercanos a los close ups , presenta una imagen que llega a ser algo sucia. Se suma un movimiento de la cámara demoledor con el espectador. Va de los planos secuenciales a la cámara al hombro que termina reposando en el mismo personaje. Fatiga ese tipo de cine aunque el efecto es contundente.
Olivier (el actor protagonista es Olivier Gourmet y hace un trabajo formidable), enseña el oficio de carpintería en un taller para jóvenes con problemas de comportamiento. Un buen día llega un nuevo aprendiz y su vida convulsiona. Olivier deja de saber, de entender el sentido de las cosas o de sí mismo.
Nunca había visto una película así, filmada utilizando estas herramientas de forma tan exagerada. Fui al cine sin saber qué iba a ver; no conocía nada de la trama. En pocos minutos, me transmitió toda la angustia y nerviosismo que viven los personajes por su drama. La película transcurre prácticamente desde el cogote de los actores, detrás de ellos. Es tal el efecto, que mi acompañante confesó que, en un momento dado, tuvo que cerrar los ojos pues se estaba mareando. A mí en ningún momento me abandonó la tensión siguiendo, de un lado a otro, a los personajes. Sólo al final, cuando el conflicto se va a resolver, el encuadre se abre y permite ver a los personajes involucrados, la cámara se pone a disposición de la acción. Y el espectador respira algo mejor.
Un hecho duro marca la vida de los personajes y lo exponen de una manera dinámica, con movimientos, con imágenes del quehacer cotidiano. Los diálogos son escasos, parece cine mudo, no hay música, sólo el sonido del día a día. Pero, a pesar de la dureza, no es lacrimógena. Ni idealista, ni moralista, simplemente mostrando el quehacer diario; presenta las situaciones, las reacciones y las tristezas sin intentar una emotividad facilona en el espectador.
El hijo aborda sobre todo, el perdón, la soledad y la fuerza del ser humano por continuar y por empezar. Eso sí, cada uno con sus armas: recomenzar dando un nuevo sentido a la vida, con una pareja, con un oficio, cada uno a su manera. Me gustó cómo, para desgranar el sentir interno, te hace partícipe de lo fundamental en la vida del personaje central: su oficio, te lo enseña, trabajas con él.
Es extraordinario cómo los directores consiguen no dejarte conectar sentimentalmente con los personajes. No te dejan tomar partido por uno o por otro, sólo te expone con toda su crudeza la situación, estás con ellos pero no sabes cómo funcionan, nos sabes qué piensan, qué sienten, cómo van a reaccionar; te deja crearlos. No es esta una película previsible y eso permite que el interés sea continuo durante toda la proyección. Cada uno que saque la esperanza de donde esté si quiere, o no. El film acaba como empezó. Mostrando. Y no cierra la historia; la deja abierta.
A nivel emocional no es una película que marque con fuerza; simplemente, golpea, abofetea, dice mira lo que hay. Es por aquí por donde se vacía con rapidez.
Una experiencia diferente que hace odiar o amar este tipo de cine. Probar no es una mala opción para el fin de semana.
© Del Texto: Motty


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