Recuerda: Los sueños de diseño

Varias veces, desde los 19 hasta los treinta y tantos, me sometí a sesiones de psicoanálisis más por curiosidad y morbo que por pura necesidad, resultándome siempre una experiencia decepcionante que me dejaba en la más absoluta ruina económica y espiritual. En esas investigaciones mías psicoanalíticas, me interesaban más las respuestas del especialista que mis propias cuestiones. Trataba de poner a prueba a un impasible doctor A. sentado en un despacho verde reluciente relatándole una amplia variedad de sueños, deseos y preocupaciones. Hubo un tiempo, recuerdo, en que sufrí una serie de misteriosos sueños con animales  salvajes. Esos sueños me intrigaban muchísimo por la profundidad y la dificultad de interpretación, la impresión tan agradable que me producían al despertar y el fortísimo recuerdo que me dejaban de calma y quietud, que años más tarde todavía conservo. Cuando le relaté al doctor A. mis madrugadas buceando en lagos del norte con osos negros del Canadá, nadando con delfines celestes en el mediterráneo o persiguiendo a un zorro domesticado de una vecina millonaria en una urbanización marbellí, el doctor A., inexpresivo siempre, lo achacó, simplemente, a mi extrema simpatía y apego por los animales, y me felicitó por esas noches tan exóticas y sublimes de fauna silvestre y marina. Aquella fue mi última visita al doctor A., dejándole la consulta pendiente de abonar y un mogollón de cuestiones sin resolver.
Mucho más efectivas me parecieron las sesiones de la doctora Piterson con John Palantine, amnésico y supuesto asesino. El milagro de descubrir un asesinato y un pasado olvidado, era más o menos lo que yo esperaba del psicoanálisis. Una mezcla de Hitchcock y Dalí llena de pistas oníricas y alucinantes dónde el diccionario de sueños resulta una ciencia exacta. Dónde los médicos son realmente los detectives del subconsciente, los investigadores más fiables y matemáticos.
Los síntomas de desmayo ante la visión de una bata de rayas blancas o una colcha de rayas negras, el sueño de unas cortinas con ojos recortadas con unas enormes tijeras, el jugador barbudo de cartas blancas, el siete de copas, la rueda que cae desde el tejado y la persecución por las enormes alas de un ángel resultan las pistas para delatar al verdadero asesino. Por otro lado, la amnesia es remediada en cuanto el enfermo la asocia con el recuerdo que la provocó, en este caso, un fuerte sentimiento de culpabilidad por la muerte del hermano. Toda esta trama la narra Hitchcock mediante sueños diseñados por Dalí y desde sus ideales planos subjetivos dónde la cámara está dentro del vaso de leche blanca, y los zooms alcanzan hasta la línea más delgada de un batín.
A lo mejor la doctora Piterson me hubiese revelado alguna teoría algo más interesante y morbosa de mis sueños. El porqué tenían que ser osos negros de Canadá y no osos pardos ibéricos. A lo mejor, todas las respuestas estaban escondidas en un pequeño microfilm, secreto y misterioso, oculto bajo las aguas del Yukón, entre montañas costeras y  bahías de glaciares.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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