Luna de Avellaneda: Raíces perpetuas

Somos lo que somos de principio a fin. Podemos modificar nuestra zona más superficial, podemos fingir ser algo distinto a lo real, incluso podemos negarnos una y otra vez. Pero somos lo que somos de principio a fin. Si las raíces desaparecen nos secamos, estamos muertos.
De esto habla la película de Juan José Campanella, Luna de Avellaneda. Una buena película que aborda el asunto central desde la depresión social, el fracaso matrimonial, una amistad infinita, el amor arrasador o el pragmatismo más radical. Una mezcla más que interesante (aunque necesita más tiempo de lo deseado por el espectador en el desarrollo de algunos aspectos siendo esto un pero de la película).
Ricardo Darín, en el papel protagonista, está a una muy buena altura artística. Aun sin ser su mejor trabajo no tiene el más mínimo problema para defender el papel con facilidad. Eduardo Blanco interpreta su papel sin esa carga de histrionismo que otras veces gasta y logra estar creíble y muy divertido. Mercedes Morán, Valeria Bertuccelli, Silvia Kutica y José Luis Lópe Vázquez, dan la talla necesaria para estar a un nivel sobresaliente. Dicho esto, sobra decir que la dirección actoral es impecable.
Se suma a todo esto que Campanella mueve la cámara con mucho respeto hacia el trabajo de su reparto. Eso o busca el encuadre fijo para que los actores se muevan y hagan crecer a sus personajes moviéndolos en el entorno propio de cada uno, dejando que se vayan descubriendo mientras toman una cerveza o se emocionan mirando un vertedero. Ayuda una iluminación muy trabajada que hace brillar lo justo en cada escena y a cada personaje. Especialmente, en exteriores.
El segundo pero de la película es el montaje. Siendo el metraje algo excesivo, el montaje salpica de elipsis la película que no parecen ser la mejor opción. Parece que están para aliviar de minutos el trabajo cuando deberían utilizarse para que esos espacios de tiempo se completasen desde la relevancia de la zona expresiva de la trama. Fundidos a negro que sacan al espectador de la comodidad de un ritmo narrativo que se tiene que recuperar después. Algo incómodo e inexplicable. Tal vez, hubiera sido mejor no querer contar tantas cosas. No es que este sea un problema mayor, pero está. En cualquier caso, la película es divertida y deja momentos muy emotivos. La escena que se desarrolla en una barca de remos (Blanco y Valeria Bertuccelli) es un buen ejemplo de ello.
Arranca la película con un gran despliegue musical y de iluminación. La puesta en escena es espléndida. Servirá como contraste de lo que nos quieren contar a continuación. Todo será más triste, más gris. El pasado pasa a ser un recuerdo de todo lo que fue mejor. Y el director nos hace transitar por un mundo decadente que, a pesar de los toques humorísticos e irónicos, no convierte en chiste de mal gusto o en cosa sin importancia. Es este uno de los grandes aciertos que llega pegado a un guión muy bien construido. Un cementerio de cemento es el escenario para que la amistad se haga protagonista, el amor lo envuelva todo, las bondades convivan con las maldades con naturalidad y, sobre todo, las raíces anclen a los personajes a un lugar en el que siempre estuvieron sin faltar un sólo minuto.
El cine argentino es buen cine. El cine de Campanella es excelente. No se pierdan esta película.
© Del texto: Nirek Sabal


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