Vértigo (De entre los muertos): Fobias y necrofilias

Me encuentro en el ático del edificio Metropol de Sevilla. Hay un agradable restaurante y unas vistas preciosas de la ciudad. Pero ni las delicatessens en la terraza ni la perspectiva a vista de pájaro podrían superar el chute onírico y alucinógeno del escenario. Aquí el blanco resulta más turbador que nunca por la combinación de las claras estructuras que sostienen barandillas, pasadizos y cubiertas, con el mobiliario del restaurante y el cielo celeste medio despejado de algunas nubes que vienen y van, desplegando toda la gama de blancos, los 30 tipos de blanco que sólo podría distinguir un esquimal. Mientras, no dejo de pensar en Vértigo, en Alfred Hitchcock, en Salvador Dalí…  Me acuerdo de aquél  chiste tonto que Hitchcock contaba a Truffaut sobre las dos ovejas que se  están merendando los rollos de una película basada en un best  seller  y una oveja le dice a la otra : Yo prefiero el libro.
En el caso de Vértigo no he tenido el gusto de leer la novela de Boileau y Narcejac (De entre los muertos) que parece escrita especialmente para él, ni tampoco me atrevo a asegurar que mi opinión coincidiese con la de aquella oveja, aunque yo suela estar generalmente más de parte del libro que del film y según he leído, en el libro predomina más la sorpresa que el suspense, y hasta sus últimas páginas no nos percatamos de que Madeleine y Judy son la misma mujer. Sin embargo, en la película, Hitchcock nos hace cómplices de la doble identidad manteniendo el suspense en la siguiente interrogación: ¿Cómo reaccionará James Stewart cuando descubra que ella le ha mentido y que es efectivamente Madeleine?
Los esfuerzos de Stewart por recrear una mujer a partir de la imagen de una muerta, lo sexopsicológico de la situación fundamental de la película: cuando  lleva a Judy a una modista  que, en vez de vestirla como Madeleine, parece desnudarla poco a poco hasta descubrirla como Madeleine, le dan cierta atmósfera necrófila a la película de resultado perfecto.
Uno de los detalles curiosos en la escena dónde Judy sale del baño, vestida y peinada exactamente como Madeleine mientras Stewart la espera con ojos casi llorosos, es el uso de un reflejo de luz verde proveniente del anuncio de neón del Empire Hotel de Post street, residencia que eligió Hitchcock por asemejar ese reflejo de neón verde a los filtros de niebla utilizados en las primeras escenas en el cementerio, cuando Stewart seguía a Madeleine. Este juego de neones  verdes  y  parpadeantes  le permitió crear el mismo  efecto de misterio sobre Judy en el hotel. Cuando vuelve del baño recompuesta de Madeleine vuelve realmente de entre los muertos. Es entonces cuando Stewart comprende que han jugado con él.
Toda esta trama de fobias y necrofilias concluye con la escena final del campanario. Otra vez, como siempre, se desbarata la idea de crimen perfecto porque al asesino nunca se le ocurrió que un miedoso a las alturas fuese capaz de escalarlas hasta el final. Este, según Hitchcock, es el fallo del relato. Y este plano final, la imagen de Stewart mirando la caja de escaleras en espiral del campanario, el mayor acierto, según mi opinión. Este efecto de distorsión de escaleras basado en una borrachera de Hitchcock en el Albert Hall de Londres, fue una maqueta puesta en horizontal sobre el suelo y tomada en travelling-zoom que le supuso algo más de diecinueve mil dólares. No quedó mal.
Quizá Vértigo, la película que Hitchcock define como ni un éxito ni un fracaso, sino como la película que cubrió gastos, sea una de las poquísimas películas que, de merendarme el libro como la oveja del chiste, yo diría: Yo prefiero la película. Quién sabe.
© Del Texto: Sonia Hirchs


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