El sabor de las cerezas: En los límites de la realidad

Las buenas películas, las buenas novelas, los buenos cuadros o las buenas esculturas, siempre esconden algo. Sólo en el momento en el que el observador se da por enterado de eso la obra toma una dimensión única. Lo inolvidable es, siempre, lo que requirió una interpretación. Obra y sujeto se funden por siempre jamás.
Si hay una película de esas que se conocen como lenta, si hay una película en la que debemos poner a funcionar los cinco sentidos, si hay una película que logra con casi nada construir un universo intenso, si la hay, se titula El sabor de las cerezas. Habrá muchas parecidas, incluso iguales, pero esta no podrá colocarse un escalón por debajo de las demás.
Un hombre ha decidido suicidarse. Lo único que necesita es alguien que compruebe su muerte para que le entierre a continuación. Busca a alguien que esté dispuesto a realizar el encargo. Irá encontrando individuos que le amenazarán pensando que la propuesta es otra, que se negarán por miedo, por aferrarse a lo escrito en los libros sagrados, o por tener otras obligaciones. Incluso alguno pondrá como excusa que eso no sabría hacerlo. Sólo uno le dice que le parece bien, pero que mejor sería que no lo hiciera.
Abbas Kiarostami mueve la cámara sin obligaciones excesivas para llevarnos junto al personaje principal por caminos de tierra (no abandona este punto de vista excepto en las secuencias finales que ya no tienen nada que ver con la acción), para descubrir la cartografía de un pueblo como otro cualquiera y en el que se repiten lo que podemos encontrar en cualquier lugar del mundo. Repasa con acierto la condición humana. Y recuerda que el mundo reposa sobre las cosas pequeñas.
Además, añade el director algo sensacional. Logra colocar al espectador en el límite entre la realidad y la ficción. Eso ocurre al final de la película. Muestra la grabación del equipo de rodaje mientras se realizan pruebas de sonido. Y descubrimos, entre el polvo del camino, algo inquietante que nos obliga a replantearnos todo lo que hemos ido viendo.
La película fue ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes el año 1.997. No es de extrañar porque, con unas limitaciones técnicas importantes (seguramente arrastradas por un presupuesto ajustado) la película logra, más que de sobra, un objetivo difícil y maravilloso.
No hay versión traducida al castellano, es decir, hay que verla en su idioma original. El persa. Por supuesto, esto es una delicia puesto que la película no pierde un gramo de intensidad y sentido.
Ni una nota musical. No es necesario Ya suena el polvo.
Magnífica película. De las buenas de verdad.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


Comentarios cerrados.