El jardín colgalte: De cómo regresar para visitar a tus fantasmas

¿Cómo vive un adolescente gay el descubrimiento de su propia sexualidad? ¿Cómo vive una familia ese descubrimiento? ¿Puede mantenerse el mundo en el mismo lugar cuando algo así ocurre? Estas preguntas se plantean en la película del director Thom Fitzgerald, con respuestas que llegan desde un realismo muy sucio y un surrealismo delirante a veces, desconcertante otras.
La propuesta de Fitzgerald es atrevida. Apuesta todo lo que tiene a mano para explorar un asunto que genera grandes angustias a casi todo el mundo aunque la cosa se disfrace de normalidad. Y, tras la apuesta, las ganancias son suculentas. El trabajo tiene mucho de bueno y poco de figuras estereotipadas, de puntos de vistas conocidos o de técnicas narrativas ya usadas.
La película va de lo cómico a lo trágico sin ningún tipo de compromiso moral con los personajes o el espectador. Nada de moralina, nada de clases sobre lo que es el mundo. La película va del presente al pasado sin concesiones a la galería, sin explicaciones. El que quiera o pueda entender lo que ocurre, que lo haga. La película va de lo bello a lo que puede repugnar sin plantear nexos entre ambas cosas porque no los hay. El mundo está formado por micromundos, los sujetos lo viven con lo que pueden, como pueden, como les permiten las circunstancias.

Fitzgerald salpica de situaciones e imágenes surrealistas su película; nos lleva de un momento a otro en el tiempo, nos muestra orígenes y puntos de llegada.
Aún sin ser un gran alarde técnico, el trabajo pasa con nota alta la valoración del montaje, iluminación, dirección actoral, peluquería o vestuario. El guión es notable (a veces se le va la mano al que escribió -no es otro que el propio Fitzgerald- con situaciones extrañas que sacan al espectador de la película de forma violenta y eso es algo que hace perder algo de ritmo narrativo) y profundiza bien en los aspectos más importantes del asunto que trata: el descubrimiento de la sexualidad por parte de un sujeto que es gay.
Los actores que interpretan los papeles protagonistas están muy bien. Destacan Chris Leavins y Troy Veinotte (ambos en el papel de Dulce William, adulto y adolescente respectivemente). Kerry Fox está divertida y muy creíble en el papel de Rosemary; un papel peligroso puesto que tiende a la exageración.
Una realidad distorsionada en la que deambulan fantasmas sin que nadie parezca sorprenderse (todos los miembros de la familia ven las mismas cosas que son invisibles para los demás), una familia desestructurada que sobrevive a todo mientras niega la realidad y que se viene abajo cuando esa misma realidad se pone terca para hacerse presente, un mundo extravagante que termina siendo opresivo e inaguantable.
La película está muy bien. Se adentra bien en los problemas que plantea. Se deja ver y es una opción estupenda para pasar la tarde frente a la pantalla.
© Del Texto: Nirek Sabal


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