Decameron: ¿Por qué realizar una obra cuando es mucho más bello soñarla?

Esa misma frase (la que da título a este texto) anoté con urgencia en mi libreta después de ver Decameron frente a la chimenea de una casa de piedra de esas de las que últimamente me hice adicta, y en la que me he ayudado del neorrealismo italiano para dormir poco y soñar mucho, no ejecutar más obras que en mi cabeza y sin el más mínimo deseo de expresarlas por ningún medio que puedan algún día ser descubiertas.
Creo que libros como Decameron, o Las mil y una noches, o Los cuentos de Canterbury no han sido más que el pretexto, la máscara con la que, de algún modo, Pasolini ha camuflado esas películas suyas, íntimas, personales y complejísimas de narrar, que de ninguna otra forma podrían haber sido desveladas.
Todo ese montón de miserias, obsesiones y psicosis no puede uno contarlas más que medio en serio medio en broma, medio somnoliento medio desvelado, para darles toda la importancia simulando quitársela. Tiene uno que reírse de sus deseos y arrebatos una vez que los desvela no sea que resulte al resto del mundo un ataque de misantropía caprichosa, infantil, indecente y muy antipática. Por eso me resulta muy agradable ver las películas tan desagradables de Pasolini. Porque el bestialismo de que se sirve me suena de mucho y porque no es gratuito ni improcedente, sino vital en sus películas.
Anoche, por ejemplo, yo envidiaba a Lisabetta da Messina que pudo conservar su amor para siempre enterrando la cabeza de su amante en el fondo de una bonita maceta. O las siestas clandestinas al sol de Caterina con Ricardo en el techo de la casa, o la reflexión final del discípulo de Giotto, cuando finaliza el fresco de la iglesia y declara que soñar una obra es más dulce que realizarla…
Otra vez escribo sentimentalmente y sin freno. Acabo de saber que el mundo cambió de hora la noche pasada, que regreso a casa antes de lo previsto… De repente mi familia de yorkshires acorrala a otra de mastines entre millones de castaños y yo me acuerdo de la frase de Walter Marchetti que anda escondida tras la librería y pintada con tiza blanca en mi pared azul: Piense en una obra pero no la escriba ni la ejecute jamás. Ahora que cobró todo el sentido, creo que la dejaré así, cubierta de libros y revistas para siempre, secreta e inalcanzable.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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