Las manos de Orlac

Si uno tiene por costumbre no olvidarse del cine clásico, puede darse de bruces con películas casi desaparecidas que son verdaderas joyas del cine. Un cúmulo de casualidades más que intencionadas me llevo hasta la terrorífica Las manos de Orlac.
Las manos de Orlac es una película, de las de mucho miedo, rodada en 1935, dirigida por Karl Freund. Una historia terrorífica, de amores obsesivos, celos imposibles y muerte, donde el sentimiento amoroso más puro se torna en la más maligna de las pasiones, una locura absoluta en la que de forma brutal caen los tres seres en los que se centra este drama terrorífico.
El brillante pianista Stephen Orlac (Colin Clive) sufre un accidente de tren en el que pierde ambas manos. Su esposa Ivonne Orlac (Frances Drake) pide al eminente y perturbado Dr. Gogol (Peter Lorre) que le ayude para que su marido pueda recuperar las manos. El doctor, profundamente enamorado de Ivonne trasplanta al pianista las manos de un asesino. Al principio, la operación resulta un éxito, sin embargo, con el devenir de los días, Stephen empezará a percibir sensaciones y tener pensamientos que nunca se habían sucedido. Las manos de Orlac parecen dominar al pianista que siente la imperiosa necesidad de matar. Los cambios en Stephen son evidentes y los intentos de su esposa por comprender y sostener la furia de su marido chocarán frontalmente con el obsesivo amor del Dr. Mogol.
El argumento es sencillo. La utilización de un elemento pérfido que lo corrompe todo. El mal que circula en todas direcciones y termina por enloquecer a todos sus personajes. Un loco obsesionado por una mujer que, entre el horror y la sorpresa, no puede por menos que sentirse atraída, pese a todo, por el monstruo que la desea. Sin embargo, algo más se esconde tras ese aparente y sencillo argumento, pues subyace el ¿qué es lo que controla el qué? En este caso, son las manos del asesino las que controlan la voluntad del pianista o, precisamente, es al revés, la mente de Stephen la que, inconscientemente, determina y controla sus manos. Y en todo caso, hasta que punto la información condiciona las reacciones ¿Qué ocurre cuando finalmente se conoce que las manos eran realmente las de un inocente y no las de un asesino? Si quieren saberlo tendrán que verla.
Puede que estemos frente a una auténtica metáfora del determinismo, absolutamente surrealista, eso sí, pero terriblemente impresionante.
Hoy en día, un trasplante de manos lo vivimos como un avance más de la ciencia, algo excepcional en su bondad. Buena prueba de ello son los enormes éxitos médicos que, en ese sentido, se han alcanzado en los últimos tiempo (basta recordar las intervenciones del Dr. Cavadas en Valencia)
Una película verdaderamente morbosa, oscura, y no porque sea en blanco y negro, sino porque nos aboca a lo más negro de los sentimientos obsesivos. Una película siniestra donde las haya, pero buena, realmente buena para los que les guste el cine clásico de miedo.
Existe un remake posterior de la misma, dirigida en los años 60, por Edmond T. Gréville y que protagonizó, muy desafortunadamente, Mel Ferrer. Ya les digo yo, no tiene nada que ver con su original. Esta versión, la rodada por Freund, tampoco es la original pues la que lo es, es la que rodó, en 1.924, Roberto Wiene. Ni en cuanto a los actores, ni a la escenificación, ni en nada de nada, tiene que envidiar esta versión, ni a su original, ni desde luego a la de Gréville. Esta, la última, no vale la pena, no pierdan el tiempo en ella o caerán en un sopor tan terrible como el propio remake.
Una película espeluznante, bien vale la pena darse un paseo por ella. Este tipo de cine ha sido la antesala del cine de terror que muchos años después, y con medios mucho más sofisticados, se come la gran pantalla.
© Del Texto: Anita Noire


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