El filo de la navaja: Un oído absoluto

La otra noche, en un bonito balcón de principios de siglo (XX, claro), con Robert Filliu de fondo y una subasta de camisetas que clausuraba, al fin, un agradable encuentro de varias semanas de duración, mi amiga Pilar me definía minuciosamente el término del oído absoluto como la capacidad de reconocer el espacio musical minúsculo que existe entre nota y nota. Este sonido entre notas y sin referencias es lo que hace, según entendí, que aquellos que disfrutan de ese oído amplificado logren un extra de emociones y desconciertos maravillosos. Ese descubrimiento me tuvo entretenida  el resto de la noche y hasta 24 horas más tarde cuando relacioné esta revelación de P. con sus deseos de pequeña de ser acordeón. Este deseo de ser acordeón y la capacidad de reconocer sonidos entre notas lo relacioné con mis estudios de metafísica, cuando yo, obsesionada con la lección Profundidad y superficie, intentaba encontrar sin éxito la esencia de una manzana entre miles de capas traslúcidas e impenetrables. Estas lecciones de metafísica, y, en concreto, Profundidad y superficie, me llevaron a acordarme de un libro de William Somerset Maugham, El filo de la navaja, y a sus adaptaciones en cine del 46 y el 84.
No pude evitar recordar a Larry Darrel en su búsqueda de la sabiduría y el conocimiento, y en su afán por escarbar en sí mismo sin saber muy bien qué y cómo sería ese corazón tan esencial y millonario que ni el mejor futuro en las finanzas ni el matrimonio más opulento pudo con él.
Y entre las kilométricas vueltas y rodeos que le costaron a Larry encontrar eso tan secreto y enmarañado que era su alma, un narrador en off delicioso que hacía de espectador y confidente; un dandy perfecto ocupado en las superficies de la vida social, una mujer ambiciosa ahogada en los encantos de la burguesía y amores sin consumir y otra ahogada en alcoholes y bulevares parisinos.
Otra vez, como siempre, el libro superó al film sin desperdicios, aunque no tengo ninguna queja de la versión del 84. Procuraré ver cuanto antes la versión del 46, que, seguramente, se merecerá otro texto, mucho más detenido y crítico que este que escribo esta noche con la urgencia desesperada de alguien que continúa en sus investigaciones metafísicas sobre la línea que separa profundidad y superficie y que progresa lenta y adecuadamente, con las positivas conclusiones de que, como Larry logró llegar a esa línea entre estratos, mi amiga P. logró ser acordeón, dilatando y contrayendo su misterioso oído absoluto bajo la mesa del comedor. Aunque al final, los acordeones acabaron tocando el piano…
© Del Texto: Sonia Hirsch

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