Rumores y mentiras: Batiburrillo para jovencitos

Rumores y mentiras aporta al cine poco. Más bien nada.
Trata de ser un homenaje al cine juvenil que se hizo en Estados Unidos durante los años ochenta y se queda en un chiste que, si bien es amable y no produce naúseas, forma parte de lo sabido y, por ello, aburrido y prescindible. Nada que ver con el baile de Matthew Broderick en Todo en un día, el puño en alto de Judd Nelson en El club de los cinco o la cortadora de césped de Patrick Dempsey en No puedes comprar mi amor. Aquello era novedoso y marcó un punto de inflexión en el modo de hacer cine para jóvenes. Lo de Rumores y mentiras es un intento de mezclar y servir al espectador que se queda en un batiburrillo algo estúpido.
Lo que cuenta es que una chica siente que no es popular en su instituto. Buena estudiante, recatada al vestir, con una vida sexual inexistente y cosas por el estilo. Sus padres son lo mejor de lo mejor (casi llegan al absurdo porque hasta los padres más extraordinarios muestran algo de sensatez), la chica tiene una amiga que se pone enfrente al ser superada por la protagonista, un grupo de muchachos ultrarreligiosos y horteras hacen la vida imposible a Olive (así se llama la criatura) y bla, bla, bla. Y decide contar a su amiga (la que luego se la lía) que ha tenido un fin de semana de muerte con un chico que ni siquiera existe. Todo se desboca, pero (aquí llega la explosión de luz y de color) nuestra querida protagonista termina con el que siempre fue el hombre de su vida.
Hay algunos momentos de la película que son divertidos. Pocos y poco. Uno sabe lo que va a pasar treinta segundos después. Y del resto se puede decir poco. Emma Stone se mueve con gracia delante de la cámara. Es una chica muy guapa. No se me ocurre nada más.
© Del Texto: Nirek Sabal


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