Con amor, Liza (Love, Liza)

Antes de empezar a escribir nada sobre Con amor, Liza (Love, Liza), he mirado la pantalla durante bastante más tiempo del habitual. He buscado, entre la música de la que dispongo, algo de  Jim O’Rourke. La elección no es casual, la estupendísima banda sonora de esta película dirigida por Todd Louiso, con guión de Gordy Hoffman, es precisamente de este músico.
La sinopsis de la película es sencilla. Wilson Joel (Philip Seymour Hoffman), vive en una ciudad del centro de los Estados Unidos. Su vida de mediano éxito profesional y aparente vida plácida, se viene abajo con el suicido de su esposa Liza (Ann Morgan). Al impacto de un acto incomprensible, desolador para los que quedan tras la desaparición de Liza se une la necesidad de escapar de su realidad. Nada explica la decisión de Liza, una mujer apenas apuntada en su presencia por algo tan exiguo como un nombre y la ensoñación de su presencia a través de la inhalación de los vapores de gasolina. Una manera de evadir una realidad que necesita una explicación, un motivo, una razón para poder comprender y poder seguir caminando. Y esa explicación puede aparecen en la última nota que Liza escribió a Wilson antes de morir. Pero enfrentarse a la realidad no es sencillo, a los fracasos de uno mismo, al fracaso de los que se ama; por eso Wilson demora la apertura de una carta que le acompaña en cada uno de los segundos en una vida que ya no es la suya. Y junto a él, Mary Ann Bankhead (Kathy Bates), la madre de una mujer que se quitó la vida aparentemente sin motivo. Sosteniendo lo insostenible, pese al dolor, a la amargura del que no comprende nada, a pesar de la pesada losa de una culpa absurda. Y mientras, la necesidad de alienarse, en este caso, a base de inhalaciones de los gases que emanan de un bidón de gasolina. Empezar a perderlo todo, hasta perderse uno mismo. No es suficiente recordar, no es suficiente no pensar, ni buscar ocupaciones tan absurdas como hacer volar aviones teledirigidos; el dolor tiene las piernas más largas y las manos más grandes. Frente a esta muerte en vida sólo cabe la posibilidad de volver de ese lugar al que la incertidumbre vital le ha colocado, enfrentarse a una carta que le permita, si es posible, no volver a comenzar, pero sí a seguir caminando.
La desesperación puede ser filmada y una buena prueba de ello es esta película. Grandiosa la interpretación de Philip Seymour Hoffman quien consigue que nos quedemos pegados a él con una mezcla de sentimientos encontrados. Grandiosa, como siempre, Kathy Bates. Porque la desesperación, en ocasiones, es terriblemente cómica, es terriblemente devastadora. Bajar a los infiernos es sencillo y aquí podemos palparlo. Perderlo todo, absolutamente todo y saber que sólo cabe una mínima recuperación cuando alguien te habla con amor, desde allí. Porque ese es el mensaje. Un mensaje que llega desde la nada.

Esta película clasificada dentro del cine independiente; llamado indie; es un claro ejemplo, uno más, de que las pequeñas producciones son capaces de hacer un cine brutal, especial y distinto. Es una película que consiguió que la pena me atrapara y que creyera en la virtualidad de una cerilla para devolverle la vida  a alguien que estando vivo se muere de desesperación.
Una película que deben tener en cuenta si quieren explorarse un poco, si quieren arrimarse al lado oscuro de la vida aunque sea a través de la ficción. Un premio en Sundance en el año 2002 que, desde luego, no fue porque sí.
© Del Texto: Anita Noire


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