En el séptimo cielo: Vejez corriente

El cine está lleno de películas que hablan de enamoramientos fatales, de las grandes dudas que surgen frente a la aparición de terceras personas en relaciones consolidadas. Hay mucho metraje que muestra las grandes dosis de culpabilidad que siente el que se enamora a destiempo, de las consecuencias fatales del amor.
En el séptimo cielo nos encontramos frente un triángulo amoroso. Sí, un triángulo amoroso, en el que además del apasionamiento de dos que se encuentran, surge la culpa, la angustia y la soledad. Pero lo novedoso de esta película es el tiempo en el que el director, Andreas Dresen (Verano de Berlín, Encuentros nocturnos), sitúa esta historia.
En su vejez una mujer Inge (Ursula Werner), de vida corriente, se enamora de un hombre, Karl (Horts Rehberg) tan corriente como ella, y junto a ellos, Werner (Horst Westphal), el compañero de Inge durante los últimos 30 años. Una vida de rutinas, familia y barrio suburbano. Una historia de amor, pasión, que surge en la última etapa de la vida de dos seres que, sin quererlo, sin buscarlo, se encuentran en medio del camino y, una vez ahí, optan por llevar hasta las últimas consecuencias el reencontrado amor.
Son muy pocas las ocasiones en la que alguien nos muestra el enamoramiento de los ancianos, como viven su sexualidad. Sin embargo, en este caso, Dresen, con una ambientación carente de artificio nos muestra como el sexo sigue siendo sexo, se tenga la edad que se tenga, como el deseo se produce mientras uno siga vivo y como, las historias de amor, los apasionamientos, no tienen edad, ni encuentran límites más allá de los que uno se imponga.
La ambientación es absolutamente sobria, sin ningún acompañamiento musical, sin apenas diálogos, es de un realismo impactante.  La elección de los actores es soberbia. Si esta película es capaz de ofrecer grandes dosis de sensibilidad, de realismo y angustia, es precisamente por los actores que la interpretan. Estoy segura de que esta película no valdría nada si, en lugar de la elección de unos ancianos, con sus cuerpos gastados, con las huellas del paso del tiempo, que muestran sin pudor alguno (porque sienten la naturalidad de lo que viven), no sería lo mismo. Unos ancianos modélicos no habrían servido para transmitir que esta historia podría ser la de cualquiera de nosotros, porque le pasa a gente corriente, con familias corrientes, con ocupaciones igual de corrientes y en vidas totalmente cercanas a las nuestras.
En esta película el director nos muestra las dos caras  de la historia, la de los que vuelven a encontrar el amor cuando pensaban que su tiempo ya había terminado y, pese a ello, no se sienten felices, y la del que queda fuera, sin escogerlo. Andreas Dersen, una vez más, nos sirve en bandeja una historia sobre gente corriente.
Algo está pasando desde hace algún tiempo con el cine alemán. Conviene  no perderlo de vista. Cine, como he dicho otras veces, del bueno.
© Del Texto: Anita Noire


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