Días de vino y rosas: Querer ver el mundo bonito

El ser humano está diseñado para sobrevivir. Ante un temor cualquiera tiende a escapar. Pero, cuando intenta escapar del mundo entero, ese instinto de supervivencia se convierte, de pronto, en un arma mortal. El vehículo que más se utiliza es lo que conocemos como drogas y alcohol. Una forma de convertir el mundo en algo que no es.
De esto habla la película de Blake Edwards. Días de vino y rosas. El director, con suma habilidad, encuentra una historia de amor en la que sujetar la trama; unos diálogos de los que se aprovecha hasta el límite; un movimiento de la cámara elegante y discreto; aunque, sobre todo, se da de bruces con dos interpretaciones de calidad extrema. Jack Lemmon se muestra soberbio, contundente. Lee Remick creíble en su evolución como pocas veces se puede ver. Por si no era bastante, utiliza la partitura de un extraordinario Henry Mancini que acompaña y matiza cada escena en la que podemos escuchar la música de este genio.
La película está salpicada de escenas duras que no esconden un sólo artificio narrativo. En ese sentido, Días de vino y rosas es una película valiente que no hace una sola concesión al espectador, que no esconde nada para que aparezca en momentos determinados buscando una redondez en el argumento tan innecesario como cosmético en la mayor parte de las películas. Y salpicada de escenas inolvidables, de diálogos profundos que no se llenan de palabrería. Un ejemplo perfecto es el final de la película. Joe y Kirsten (Lemmon y Remick) se encuentran para explicarse el futuro uno a otro. Ambos quieren llegar al mismo lugar, pero los caminos son diferentes. Al fin y al cabo, ambos quieren lo que todos nosotros deseamos: un mundo agradable, una vida llevadera. Ella se aleja al terminar su discurso camino de la destrucción; camina por una ciudad vacía, oscura, sin vida. Él se queda mirando a través de la ventana en la que se refleja el cartel luminoso de un bar cercano. Sabe que está destruido, condenado a una infelicidad absoluta. Destrucción maquillada con un mundo algo más bonito.
Vestuario y maquillaje ayudan a dibujar un todo creíble. Y la dirección artística es extraordinaria. La evolución de los personajes necesita que todo sea perfecto y los decorados lo son.
Podría parecer que el guión es algo infantil en algunos tramos aunque no es así. Lo grande de esta película llega, precisamente, de ese terreno. No hacen falta grandes excesos para contar lo excesivo, no hace falta mostrar lo más oscuro para saber que allí está. Es a lo que nos tienen acostumbrados hoy en día, pero no es necesario casi nunca.
Días de vino y rosas es una película grande. Enseña una mirada grande. Unos actores enormes. Y un fondo tan incómodo en su inmensidad como cierto en todas sus aristas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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