El hijo de la novia: ¿Qué mierda hacemos con nuestra vida?

No tenemos tiempo para nada ni, casi, para nadie. Consumimos nuestras existencias viendo rápido, sin adoptar grandes compromisos, todo es desechable, fecha de caducidad sellada de antemano. Mientras malvivimos de este modo, esperando que llegue el momento en el que podamos disfrutar de las cosas, las personas, las sensaciones, que nos gustan, olvidamos que puede que ese tiempo nunca llegue o que cuando llegue ya no recordemos nada, o que no sepamos ni quienes somos, que no tengamos nada que nos sostenga en nuestro propio yo.

La vida pasa rápida como una estrella fugaz (permítanme la cursilada) y embutidos en la dinámica del día a día, lo olvidamos y sólo cuando ocurren hechos extraordinarios (no necesariamente buenos, pero tampoco necesariamente malos), pensamos en ello. Es entonces cuando por pura necesidad de supervivencia, nos damos tregua durante unos días para volver a la loca vida con rapidez.

Sobrevivir a la vorágine de la vida diaria, al desgaste humano que provoca, sólo es posible a través del disfrute de cosas sencillas, esas que no se venden en ningún sitio, esas que valen porque las entregamos de verdad, sintiéndolas. Cosas sencillas, baratas, que todos tenemos a mano y que son buenas per se, como es un abrazo, una atención, un beso, una sonrisa, un interesarte por el otro, una llamada, etc. Esas cosas tan simples son las que a la hora de la verdad puntúan y las que nos hacen la vida más sencilla, más agradable, más digna de ser vivida.

Ya lo he dicho en otras ocasiones, siento debilidad por el cine de Campanella, por Ricardo Darín, por Argentina, por los besos que saben dulce, por los abrazos verdaderos, por las violetas, por los helados de vainilla, por los gintonics a la luz de la luna, por los libros que me dejan boquiabierta, por las películas que me emocionan sin caer en la noñería y por muchas otras cosas que, por no llenar siete páginas, no voy a seguir relatando.

Así que hoy, que ando con el sistema nervioso algo alterando, hago una mezcla de algunas de esas debilidades, intentando no dejarme ninguna y coloco en el reproductor el disco El hijo de la novia. Cierro la luz y me dispongo a disfrutar, una vez más, de una buena historia.

Rafael (Ricardo Darín), divorciado, con una hija y una novia florero (Natalia Verbeke), pasa todo el día al frente de su restaurante, no tiene tiempo para nadie ni para nada, con miedo al compromiso y una familia de la que se mantiene alejado. Un padre jubilado y enamorado, una madre, enferma de alzheimer a la que apenas visita y un saco de sentimientos de culpabilidad. Sin embargo, acontecimientos inesperados le harán replantearse la vida, su forma de vivir y la necesidad de parar. Como hecho desencadenante de esta nueva manera de afrontar la vida, la decisión de su padre (Héctor Alterio) de contraer matrimonio por la iglesia con su madre (Norma Aleandro), con la que lleva más de cuarenta años casado por lo civil, sólo para cumplir el deseo que siempre tuvo su mujer y que, aún cuando ya no recuerda apenas nada, él está dispuesto a llevarlo a cabo por ella.

La película de Campanella, una historia de la esclavitud actual, la falta de compromiso con los que tenemos cerca, la búsqueda de sueños aparcados en algún lugar de nuestra mente, todo ello contado con las necesarias dosis de humor y drama que en la realidad también se da. Es por eso que el film de Campanella nos parece tan cercano, tan nuestro, porque no nos cuenta nada que no conozcamos de antemano y con los sentimientos encontrados que todos sentimos en momentos determinados de nuestra vida.

Contar lo que nos cuenta Campanella, que nos conmueva y que no nos parezca una inmensa ñoñería, no es sencillo. No hay trucos, nada es artificial, nada está de más y nada le sobra. Me gusta esta película. Me gusta su historia, me gusta su música, me gustan sus diálogos, me gusta su mensaje, me gusta toda ella.

Y me gusta esta película porque no creo que después de verla no quede nadie que, pasados los 40, no diga lo mismo que Rafael ¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida?

Ah! Una última cosa, no se pierdan los títulos de crédito, encontrarán una sorpresa, pero para ello, deberán ver la película por completo. No se arrepentirán.

© Del Texto: Anita Noire


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2 Respuestas en “El hijo de la novia: ¿Qué mierda hacemos con nuestra vida?”

  • Manuel Guisande ha escrito:

    Bueno, a mí me sobra el tiempo. Soy periodista y paso en 7 horas del ordenador y cientos de teléfonos a una aldea a plantar patas y lechugas. Un abrazo desde Galicia

  • Anita Noire ha escrito:

    Es que tu eres afortunado Guisande, siempre te lo digo. Disfruta tus patatas, lechuguitas y de esa puerta que apunta ahí “al fondo a la derecha” ;-)