El ángel exterminador: Los corderos deben significar algo

Son pocas las veces en las que me he quedado boquiabierto. Por ejemplo, cuando nací fue una de ellas, la primera vez que me besó una mujer otra y, que yo recuerde, después de ver El Ángel Exterminador de Luis Buñuel. Cuando nací, entre otras cosas, me dio por llorar y hacerlo con la boca cerrada siempre me pareció de lo más incómodo; el beso de aquella mujer me dejó con la boca abierta más por querer un bis que por otra cosa; la película de Buñuel fue un descubrimiento y la conmoción por saber qué significaba la palabra genio me dejó perplejo, emocionado, inmóvil, pensando, soñando, descolocado y (lo más importante) ajeno al mundo. Reconozco que no entendí gran cosa, pero me tranquilizaba pensar que tampoco entendí nada cuando me enfrenté al primer cuadro de Miró. A los genios no hay que entenderles, lo que hay que hacer es creerles. Eso me decía siempre (a mí mismo) cuando lograba cerrar la boca.
Fila doce. Localidad centrada. Comienza la proyección. Fiesta de finolis. Entran dos veces. Sí, dos veces. El servicio sale dejando las cosas preparadas a medias. La cocinera y su ayudante salen justo después de entrar los finolis. Dejan la casa dos veces, claro. Un mayordomo tropieza cayendo con el guiso de bruces. Los finolis creen que es una broma. La señora de la casa (una finolis muy digna) indignada hace que el mayordomo (el más digno de todos, el que se quedará al pie del cañón), indignado, retire unos corderos y un oso que esperaban para ser una broma. Total, que la cosa se complica porque todos los finolis pasan a un salón del que no pueden salir. Durante meses. Los finolis se vuelven salvajes, los corderos regresan para ser sacrificados, el oso se apodera del resto de la casa, los que esperan en la calle intentan entrar aunque no pueden, la señora de la casa (indigna hasta más no poder) no disimula su romance con otro finolis que anda por allí, un par de ellos se suicida y allí pierden los modales y la humanidad todos sin excepción.

Fila doce. Localidad centrada. Comienza la proyección. Fiesta de finolis. El anfitrión brinda y es acompañado por los invitados. El anfitrión brinda de nuevo y no le hace caso ni un solo finolis. En la butaca de atrás un muchacho mira la película boquiabierto. Mueve la espalda despacio. Comienza a levitar. Sobrevuela la sala y entra en la película a través de la pantalla. No puede salir de la sala. Convive con los finolis y pierde los modales y la humanidad. Indignado exige que alguien le saque de allí. Buñuel se acerca. Hablan. El muchacho entiende.
Fila doce. Localidad centrada. Comienza la proyección. Blanco y negro. O la película está mal montada o las repeticiones deben tener su propio significado. Los corderos deben significar algo. Los que esperan fuera de la casa no pueden entrar. Salvo un niño que a mitad de camino entre la cancela y la puerta de entrada se arrepiente y regresa corriendo. Entre tanto desorden, alguien decide poner algo de orden. Y logran salir. Todos excepto un muchacho que se sienta en un rincón de la pantalla. Boquiabierto mira con curiosidad lo que pasa fuera de la casa.
Termina la película. Ninguno de los que han visto la película en la fila doce, en una localidad centrada, son capaces de salir de la sala. Sólo cuando se unen los tres cierran la boca. Buñuel, desde la puerta de emergencia le dice (el muchacho ya es uno y, supongo, que trino) te lo dije, querido, de lo conmovedor nunca se sale.
Y aquí sigo. Boquiabierto.
© Del Texto: Nirek Sabal


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