La cojera del recuerdo. El secreto de sus ojos.


Antes, cuando el cine era cosa de actores, directores, montadores, guionistas y del público, las películas (casi todas) terminaban bien. Los finales felices eran mucho más valorados, mucho mejor recibidos. Desde que el cine tiene mucho que ver con la informática, la cosa es otra. Encontrar una película con final feliz es extraño; guionistas, directores, montadores, actores y público tienden a encontrarse a gusto entre desgracias, muertes horribles, monstruos terroríficos y naves espaciales a punto de invadir la Tierra con gran facilidad. Supongo que, entre otras cosas, se trata de aprovechar una oportunidad (imposible hace unos años) que dona la técnica en bandeja de plata.
Antes, el cine entregaba un mundo de ficción que poco o nada tenía que ver con la realidad. Ahora, el cine recrea una realidad dura y hostil, fragmentada igual que las consciencias de los personajes.
Todo ha evolucionado a gran velocidad. Pero siempre quedan esperanzas si hablamos de esto o aquello. Siempre aparece algo o alguien que te hace pensar que lo fundamental queda intacto.
El secreto de sus ojos es una de esas películas que te arriman al cine de nuevo o para siempre si el que mira es un jovencito que intenta descubrir el mundo.
Espléndido el guión, espléndida la dirección, espléndidos los actores, un maquillaje y un vestuario más que aceptables. Una película de cine, de las de verdad. Espléndido todo.
Un buen número de elementos se unen para contar una historia apasionante. Amor, venganza, suspense, amistad y, sobre todo, el afán por contar. El secreto de sus ojos utiliza todo eso para explicar la importancia de la narración en la vida de cualquier persona. Y no me refiero a la literatura o al propio cine de forma exclusiva. Narrar, narrarse la vida puede, no solo explicarla, sino cambiar, por completo, su fisonomía. Una charla en una cafetería podría servir.
El protagonista se cuenta las cosas tal y como fueron, tal y como quisiera que hubieran sucedido. Hace participar de su relato a otros e, incluso, a sus propios fantasmas. Sabe que un instante modifica la vida de cualquiera. Lo cuenta. Y el mundo estalla ordenando ficción y realidad a su gusto.


Me viene a la cabeza un poema de Luis Rosales que tituló “¿De qué pie cojea el recuerdo? Y dice:
El recuerdo se teje
con doble hilo,
y, de cuando en cuando, se recuerdan cosas
que no han sucedido.
Parece escrito para explicar esta película. Lo bueno de la literatura siempre está al lado de lo bueno del cine.
Y todo esto se cuenta desde las cosas pequeñas, desde lo imposible que es a veces cualquier minucia, desde las personas. En definitiva, desde lo cotidiano. Cine del bueno. Además, sin ordenadores y con final feliz. Amargo aunque feliz. Una mezcla muy difícil de encontrar.
El que se acerque por primera vez a la película que no pierda detalle sobre el personaje que encarna Guillermo Francella. Es, sencillamente, emocionante comprobar que un actor es lo que es y no un papanatas moviendo mucho las manos.
Háganse un favor. Vean la película. Y si ya la han visto háganselo otra vez.
© Del Texto: Nirek Sabal


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