Truman Capote: El trabajo de un escritor

Las vidas de los escritores suelen ser anodinas. Incluso la de los grandes autores. Sólo algunos pueden presumir de haber pasado por el mundo teniendo una vida especialmente intensa fuera de la literatura. Son personas normales y corrientes: padres de familia, maridos infieles, drogadictos, alcohólicos, enfermos de asma o compradores compulsivos. Tal vez algún exceso al tomar alcohol, mayor desorden en los hábitos o el adorno de la bohemia, les diferencia del resto de los mortales. Pero, sólo, tal vez. Nada de esto es importante. Ni siquiera es relevante si la sensibilidad de este o aquel escritor está por encima o por debajo de la media, si es inexistente. Lo notable, lo verdaderamente interesante de esas vidas, es haber conseguido o no, contar cosas de otras vidas. De los personajes inventados. Que Truman Capote fuera excéntrico, gay o un imbécil, le da igual a todo el mundo. Que Capote elaborase literatura desde aquí o allá, que descubra al lector una zona oscura o inaccesible para que pueda hacerla suya, es algo que transforma en grande el conjunto en su totalidad. Creo yo que este es el gran acierto de la película Truman Capote.  Porque Bennett Miller intenta mostrar un proceso creativo. Aprovecha para presentarnos a un personaje singular que da lustre a la película (eso no se puede negar), pero el objetivo no es hablar de ese personaje, de Truman Capote, sino de su forma de trabajar, de la forma de trabajar de un escritor. De cómo su labor puede modificar el mundo desde la ficción. Durante 1959, en un pequeño pueblo de Arkansas, se comete un asesinato terrible. Dos sujetos liquidan a una familia entera de forma brutal. El escritor se interesa en el asunto y junto a Harper Lee (autora de la novela Matar a un ruiseñor) se acerca a lugar del crimen. Termina conociendo a los asesinos una vez detenidos con los que mantiene una relación muy estrecha. Y de este proceso nace la novela A sangre fría. Cómo Capote ve a uno de los asesinos, cómo le fuerza para lograr información y poder acabar el libro, cómo la vida de Capote comienza a girar alrededor del libro, cómo se enamora (algo así) del asesino y a la vez le utiliza para su propio beneficio, cómo es el proceso creativo. Eso es lo que cuenta la película. Y lo hace desde la zona menos mítica de la escritura. Desde el dolor, desde el riesgo del escritor que pone a los pies de los caballos su vida entera. La película podría haber sido una más. Sin embargo, es sobresaliente por algunas razones. Una ya está dicha. No cuenta la vida de un escritor que ya es sabida y que no tiene demasiado de importante si restamos ese punto de cotilleo que arrastró siempre Capote. Cuenta un proceso creativo. Otra, la más importante, es la inmensa interpretación de Philip Seymour Hoffman. Contenida cuando podría haber sido desbocada no prestando el cuidado preciso, exacta. La dirección de Miller es muy meritoria en este aspecto. Ayuda, y mucho, el maquillaje, la peluquería y el vestuario. Muy cuidado todo. Pero lo que arrastra el conjunto es la comunión de actor y personaje. Philip Seymour Hoffman se lo cree y todos vamos detrás sin rechistar. El trabajo de Catherine Keener (encarna a la escritora Harper Lee), por si era poco, funciona como contrapunto a una personalidad que inunda la pantalla desde el principio y va recortando el mito para convertir en verosímil la figura de Capote. Desde un punto de vista interpretativo la película es fantástica. Dicho esto, confieso que el actor principal no es santo de mi devoción aunque, esta vez, me ha cautivado por completo. Del resto poco se puede decir. Es como si todo quedara eclipsado por personaje y actor. Una fotografía correcta, una música pasable, un montaje acertado. El guión podría ser mucho más profundo. A veces se pierde intentando encontrar justificaciones que corresponden a otros ámbitos. Estupenda película. Una forma de acercarse al trabajo de un escritor. Y no a una vida cualquiera por coqueta, extravagante y accidentada que sea. © Del Texto: Nirek Sabal. Imagen de previsualización de YouTube


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