Las tortugas también vuelan: Aterrador impacto en la línea de flotación

Es mucho más sencillo tener esperanza cuando nos engañan que si, por el contrario, nos enfrentamos con la realidad. Esta es terca y no tiene compasión. Al menos la mentira nos otorga alguna posibilidad (engañosa, pero cierta mientras seguimos con los ojos tapados) para poder seguir tirando en la vida.
Lo que digo podría ser un resumen, algo minimalista, de lo que cuenta Las tortugas también vuelan; película del iraní Bahman Ghobadi. El director nos presenta a un grupo de niños que viven en un poblado rodeado de un campo de refugiados kurdos. Y, a través de ellos, el horror de la guerra, de la pobreza, de la violencia de un régimen político (de uno y de todos). Es una película que, si bien no es un ejemplo técnico, nos arrastra a una zona tremenda de la existencia, de nosotros mismos que miramos impasibles cómo el mundo es injusto, cruel y un taller de muerte prefabricada por el ser humano. Los actores no son profesionales, los medios técnicos son claramente insuficientes, los diálogos algo escasos en momentos necesarios. Aunque, a cambio, la naturalidad de los niños que intervienen en la película es maravillosa, la escasez técnica se solventa con encuadres precisos y remedios que nos permiten perdonar  la falta de alharacas y una buena fotografía que lima los problemas del libreto. Sería muy injusto atacar por ese lado el producto. Algunos podrán decir que eso de utilizar a los niños para ahondar en el problema bélico es jugar con ventaja para que las emociones del espectador se disparen, que no deja de ser un truco de pocos quilates. Y es posible que tengan algo de razón. Pero lo cierto es que en los conflictos bélicos los que peor parados salen son los niños, las mujeres y los ancianos. O sea, la ventaja es relativa. Lo cierto es que la película es emocionante, conmovedora, un torpedo en la línea de flotación de todo aquel que tiene un mínimo de sensibilidad. Ayuda mucho la partitura de Housein Alizadeh que acompaña la acción sin grandes excesos musicales aunque con eficacia.
La película roza el documental aunque es ficción absoluta. Pero la cámara al hombro y algunas secuencias que tienen más de denuncia que otra cosa le acercan a ese territorio que muestra un mundo (muy próximo a la realidad) sin que la trama sea importante.
Impresionantes las miradas vacías de algunos protagonistas, la inquietud de personajes que no tienen nada aunque poseen un horizonte lleno de posibilidades que ellos mismos se fabrican. Un muchacho que ha perdido los dos brazos desactivando minas sigue con su trabajo. Con la boca. Un niño con una pierna completamente inutilizada corre y se mueve como cualquiera de los demás. Otro aprende inglés escuchando al líder de los niños que sólo dice alguna palabra en ese idioma. Todos hacen lo que pueden llegar a desear. Y las tortugas en un mundo así pueden volar. Ya lo creo que lo lograrían si se arrimasen a esos niños.
La película pone el estómago del revés. La película deja pegado al asiento. No es una obra maestra, pero merece la pena echar un vistazo a este cine tan corto de medios como gigante en su mensaje. Si se animan no la vean doblada. Pierde todo su encanto. En kurdo se saborea mucho mejor cada palabra de sus personajes.
© Del Texto: Nirek Sabal


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