Las luces de la ciudad: Cine universal

¿Puede la curiosidad mover a un adolescente a ver cine mudo? Esta misma pregunta me formulaba mientras un crio removía entre los DVD que tengo por casa. Tras observarlo unos instantes, pude contestarme con un rotundo no, y es una pena, de verdad. Entre un buen número de películas a escoger estaba Luces de la ciudad (City Lights), una de las mejores películas de la historia del cine, en blanco y negro, aún mudas (pese a que en el año 1931, año de su rodaje ya existía el cine sonoro).
Luces de la ciudad es una película protagonizada por el inefable Charles Chaplin (eterno vagabundo), la encantadora y desconocida, en aquellos momentos, Virginia Cherrill (la forista ciega) y Harry Myers (millonario borrachuzo y olvidadizo en momentos de sobriedad).  La película está rodeada de mil anécdotas sobre lo difícil que fue la conexión entre los protagonistas (Charles Chaplin y Cherril no se podían ni ver, de hecho estuvo a punto de ser sustituida y fue obligada a repetir la escena de la entrega de la flor casi 300 veces; el plagio de la banda sonora (la famosa Violetera del Maestro Padilla fue utilizada en la película. Charles Chaplin fue demandado y tuvo que incluir entre los créditos de la película que la canción La violetera era de Padilla), etc. Sobre ello podrán leer en los innumerables libros que sobre uno de los mayores genios del cine existen. Porque Charles Chaplin fue no sólo el personaje Charlot, que ha trascendido incluso a su propio creador, sino uno de los mejores directores de cine, uno de los más exigentes, uno de los más controvertidos en su época.
Algunos se preguntarán ¿por qué si estamos en un ciclo de navidad, incluyen una película como Luces de la ciudad? Pues simplemente porque la que suscribe tiene en su apunte de películas navideñas una como esta. Y ¿por qué? Pues porque, como ya se ha dicho en otros textos escritos en la semana de la navidad, durante estos días nos convertimos en melaza pura, no nos importa creer que el mundo es un poco mejor que lo que en realidad es, y porque,  aunque parezca de ilusos, nos apetece pensar que aún existe la bonhomía, la solidaridad, el amor puro. Y esta película, que tiene casi un siglo nos habla, indirectamente, de todo eso.
El argumento una historia de amor, de solidaridad. Un vagabundo  (Charles Chaplin) pobre de solemnidad, cuya misión es dar vueltas por la ciudad, sin finalidad alguna, tropieza en una de sus andanzas con una florista ciega (Virginia Cherril) que desde una esquina vende sus flores a los transeúntes que por allí pasan. El vagabundo se enamora de ella a primer golpe de vista y con el único dinero del que dispone compra un ramito a la florista. Esta, con el roce de las manos, se enamora de aquel hombre al que no ve, pero que intuye rico, millonario y buen hombre. Una confusión provocada por un taxi casual generará esa creencia que se mantendrá a lo largo de todo el metraje. Mientras tanto, el vagabundo, de manera paralela, anda de correrías por la ciudad con un millonario borrachín (Harry Myers) que  lo prohíja durante sus estados beodos, pero al que olvida tan pronto vuelve a la sobriedad. Los encuentros entre los tres, moverán la historia de modo paralelo. El vagabundo enamorado hasta los tuétanos de la florista buscará, de todos los modos posibles (convertirse en boxeador incluso), el dinero para que la dulce muchacha pueda operarse y recuperar la vista. Mientras las miserias del vagabundo se suceden, la mujer seguirá en la creencia de esta enamorada de un millonario que la va a ayudar. Estas peripecias terminarán con el vagabundo en prisión por culpa del excéntrico millonario. Pero todo tiene una finalidad como llegaremos a ver. El vagabundo continuará soñando con la florista. Y así, con el tiempo, una vez recuperada la libertad, en uno de sus infinitos paseos por la ciudad el vagabundo amable, afable, dará con una floristería en la que reconocerá a su amada que, gracias a él, recuperó la visión. El vagabundo, en un gesto de desolación, gastará sus escasas y últimas monedas en comprar unas flores a la mujer que ama. Se reconocerán, uno y otro, no gracias a la vista, sino al tacto y a algo, estoy segura, que se enciende cuando dos personas que están destinadas a amarse se encuentran. Ella le verá con los ojos del corazón.
Puede que sea porque esta película siempre la veo en navidad, puede que porque me gusten los pasteles de amor aunque en este caso vengan acompañados de unas dosis equilibradísimas de dramatismo, fina ironía y genialidad. Pero me encanta esta película.
Las escenas trufadas de una gran sarcasmo y una enorme carga dramática, como sólo Chaplin era capaz de crear, convierten esta película (de un ritmo narrativo que nada tiene que envidiar a ninguna película sesuda de las que corren por ahí), en uno de los mejores exponentes del cine de una época y, por qué no decirlo, de la historia del cine. Un buen ejemplo de cómo sin palabras puede llegar a expresarse todo, absolutamente todo, si uno tiene enfrente a un grandísimo director, a unos más que excelentes actores y una estupenda historia que contar.
No se la pierdan, engañen a los jóvenes para que se sienten con ustedes a ver esta película, no se arrepentirán. Cine de una época, cine universal.
© Del Texto: Anita Noire


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