Cuatro meses, tres semanas, dos días

Existen algunas películas que son absolutamente necesarias; si no existieran alguien las tendría que hacer. Cuatro meses, tres semanas, dos días es una película imprescindible en el cine europeo. Una producción rumana, dirigida por  Cristian Mungiu, en el año 2007, que fue ampliamente premiada, pero que ha pasado desapercibida para la gran mayoría.
¿Por qué Cuatro meses, tres semanas, dos días? Pues porque, sin que lo podamos saber con seguridad, es el tiempo de embarazo de Gabita (Laura Vasiliu), el tiempo de una gestación que será interrumpida de una manera clandestina, ilegal y absolutamente dramática. Y junto a Gabita, la incondicional Otilia (Anamaria Marinca), su compañera, su amiga, su apoyo, su todo, en la peor experiencia por la que una mujer joven, 22 años, puede pasar.
Cuatro meses, tres semanas y dos días es la historia de Gabita y Otilia, dos estudiantes universitarias que viven en una residencia en una pequeña localidad de Rumanía, cerca de Bucarest, que se sitúa en los últimos años de la dictadura de Ceaucescu. Pero decir sólo eso,  quedarnos ahí, sería demasiado superficial, sería decir muy poco. Porque si bien es cierto que la acción principal  gira alrededor de los dos días en los que las protagonistas buscan a la persona que lleve a cabo el aborto, el lugar donde realizarlo, los medios y el dinero para poder llevarlo a cabo, lo verdaderamente importante es como lo viven, como se enfrentan a ello, a las circunstancias complicadas por las que van a tener que atravesar. Porque se verán en una sórdida habitación de hotel, recogiendo a un tipo del que lo desconocen todo, un personaje absolutamente siniestro, el Sr. Bebe (Vlad Ivanov) que con una aparente profesionalidad demostrará ser un verdadero desalmado. Pero la realidad es que el tema central de esta película es el miedo, el temor, la opresión.
Estas sensaciones son perfectamente trasmitidas por el director mediante, la trama relatada, y  una perfecta recreación del ambiente, no sólo escénico, de la Rumanía de finales de los años ochenta, sino mediante la utilización de muy pocos recursos técnicos, un juego de luces espectaculares que mantendrá  la acción siempre en una penumbra que se irá oscureciendo a medida que la historia se va tornando más dramática.
Porque si algo tiene esta filmación es el completo dramatismo de la misma. Porque si un aborto, de por sí, es un drama, acompañado de las circunstancias por las que tienen que atravesar Gabita y Otilia (terror a terminar encarceladas por unas circunstancias extraordinarias: la culpa y el arrepentimiento en lo emocional; y lo monstruoso de sostener entre las piernas, una goma, hasta que el feto se desprenda para sentarse en la taza de un wáter hasta expulsarlo y procurar no desangrarse o no morir por una infección). Porque Otilia, a la que se le tambaleará el mundo, llegando a cuestionarse incluso sus propias relaciones personales, será el pilar sobre el que se sostiene Gabita, tendrá que encargarse de deshacerse de un feto de casi cinco meses (al que veremos en el suelo del baño medio cubierto por una toalla), con el shock que ello supone, de la imposibilidad de enterrarlo (como las dos amigas pretenden), deshaciéndose de el mismo de la única manera que no quisieran hacerlo. Y todo eso transcurre bajo la acosante y permanente opresión de un sistema que no sólo vigila a sus ciudadanos, sino que les coarta toda libertad, hasta convertirlos en fugitivos de sí mismos.
Sin embargo, la grandeza de la película reside en que su director, y guionista, mediante la utilización de una técnica cinematográfica muy cercana a la del movimiento Dogma, cámara en mano, pocos recursos técnicos, logra centrarnos la intimidad de sus protagonistas hasta llegar a sentir su aliento cerca nuestro y desesperarnos.
Existen muchos momentos en esta película que estremecen por su excesiva realidad, pero  la escena final sobrecoge al espectador hasta encogerle el alma.  Dos mujeres absolutamente descolocadas, engullidas por la tristeza pasan las horas sentadas en el bar de un hotel de mala muerte, y una de ellas, Otilia, que en un mirar de soslayo a la cámara parece pedir la clemencia y  el consuelo del que desde el otro lado de la cámara no puede por menos que apiadarse de ellas.
Cine del bueno, cine de calidad.
© Del Texto: Anita Noire


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