Si la cosa funciona (Whatever Works): Los fantasmas de paseo

Las obsesiones de un autor salpican su obra. Eso es algo que ninguno de ellos puede negar. Todo se estructura alrededor de tres o cuatro ideas. Se maquillan con algo de fabulación, con escenarios extraños, con personajes de todo tipo, pero las obsesiones, esas ideas tan recurrentes, no dejan de estar. Con otro aspecto, pero están.
Woody Allen nunca ha querido ocultar esto que digo. E insiste, película tras película, en mostrarnos un mundo en el que él es el centro. Él y sus inquietudes: él y su forma de entender las cosas de Dios, los que considera ridículos intelectuales, la familia o las relaciones de pareja. Él es el centro y el cine la única forma de convertir sus fantasmas en algo llevadero.
Si la cosa funciona (traducción tan libre como lamentable del original Whatever Works) es una película en la que Allen coloca a un personaje llamado Boris Yellnikoff (alter ego del director) para que exprese con toda claridad una forma de entender las cosas. Arremete contra esa sabiduría popular que no es más que idiotez consentida, contra los artistas que se alegran de conocerse y son alabados por los de su misma calaña, contra Dios y sus cosas, contra lo efímero del amor. Pero lo hace sin molestar, con cierta gracia. Y, le guste o no a un sector de la crítica, con gran ironía, rozando el sarcasmo y con cierta profundidad de ideas. Además, Allen hace guiños constantes al espectador buscando una empatía con su personaje principal que consigue muy pronto. Porque, entre otras cosas, Boris Yellnikoff es interpretado por Larry David y eso es un cheque al portador. Es curioso cómo el personaje termina pareciéndose, incluso físicamente, a su creador (por ejemplo, lo estático en su expresión corporal es muy semejante).
La película se sostiene más sobre ideas que sobre una trama potente. Es una comedia de enredo en la que ese enredo es lo de menos. Lo que dicen los personajes, cómo reciben los acontecimientos, es lo importante. Es una enorme bisagra que permite mover la puerta que separa presente y futuro de cada personaje. Así debe ser.
Como en todas las películas de Allen, el encuadre de las tomas es perfecto. Otra cosa se puede discutir, pero que lo que quiere contar este director lo narra perfectamente es evidente. El espectador apenas nota que hay una cámara que se mueve de un sitio a otro, la iluminación es más que correcta, la banda sonora coloca a todos (personajes y a los que miran) desde el primer momento en el lugar adecuado. El cine de Allen es el cine. Y sus guiones son estupendos. El peor de ellos podría ser el mejor de cualquier otro que dedica sus esfuerzos a jugar con las cámaras sin ton ni son. Además, saca petróleo de sus repartos. En Si la cosa funciona, Ed Begley Jr. tiene un papel muy corto, pero aparece con fuerza y en unos segundos el personaje queda perfilado. Evan Rachel Wood está sobresaliente en su trabajo. Y no era fácil. El desarrollo y cambio es muy veloz y eso se consigue con un trabajo impecable por parte del director y del guionista (en este caso coinciden las personas y los trabajos). Patricia Clarkson aparece divertidísima y convencida de lo que está haciendo. En fin, todos están a gran altura gracias al trabajo de Allen.
Por supuesto, el cine inteligente debe ser entendido y valorado en su justa medida. Esta película que podría parecer un manifiesto sobre el pesimismo y la imposibilidad de cambiar las cosas, habla del azar. Del azar que todo lo modela. No habla de un determinismo atroz que ahoga a las personas. Habla justo de lo contrario. Del azar y de cómo esa mala o buena suerte se convierte en lo que es necesario que pase porque no podría ser de otra forma. Ya ven que Allen no se anda por las ramas al plantear asuntos serios aunque muchos se queden en la superficie para valorar sus esfuerzos.
Si la cosa funciona no es la mejor película de Woody Allen. Pero tampoco esto es extraño. Lo mejor de este director es una obra maestra. Y no se pueden filmar como si fueran churros.
© Del Texto: Nirek Sabal


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