dic 31 2011

Eduardo Manostijeras

“- ¿Y cómo sabes que está vivo? -No lo sé, presiento que lo está. Verás, antes de que él viniera aquí no nevaba nunca. En cambio, después, si nevó. Si no siguiera vivo ahora no estaría nevando. Aún, a veces, bailo bajo la nieve”.


Con este pequeño diálogo termina la película Eduardo Manostijeras. Esta película, dirigida en el año 1990 por Tim Burton, es quizás la primera con la que se comenzó a hablar del universo Burtoniano. Lo cierto es que las películas de este director son fácilmente identificables por su estética de cuento gótico adaptado a los tiempos modernos y por sus tramas impregnadas, siempre, de grandes dosis de melancolía, entre otras cosas. Estas circunstancias se repiten una y otra vez en todas y cada una de las películas de Tim Burton y, cómo no, se encuentra, también, en Eduardo Manostijeras.
Algunos han calificado esta película como la obra maestra del director. El caso es que para los muy fans de Tim Burton no creo que sea así y para los fans de Johnny Depp pues, no lo sé. El caso es que a mí no termina de convencerme. Puede que el hecho de que Johnny Depp sea el protagonista de la cinta (reconozco que no puedo con él, pese a los esfuerzos que hago cada vez que veo una película en la que interviene) y que siempre parezca Johnny Depp y no me deje ver a sus personajes; que en el doblaje al español, la  voz y el tono de Eduardo me parezcan muy mal escogidos (no casan para nada con  el tipo de personaje sensible e inocentón que pretenden presentarnos); que me falten datos sobre qué es lo que ha pasado en el castillo (¿por qué existe Eduardo?), y esas cosas, hacen que no me termine de convencer.
Pero debo reconocer que tiene algo y que en su momento, fue una manera muy innovadora de afrontar y mostrar una historia. La combinación de lo que podría parecer la estética de un cuento infantil (con las particularidades que siempre encierran los mundos de Tim Burton) con una trama que no tiene nada de infantil, debo reconocer me parece muy acertada y creativa. El mundo cierto, entero e inocente de Eduardo mantienen una estética gris, oscura, casi tenebrosa cuando, en realidad, es el personaje que, por su bondad e inocencia, a priori, debería ser el más luminoso; mientras que por el contrario, el mundo sucio, interesado, falso y cruel del pueblo que inicialmente acoge a Eduardo con entusiasmo para después defenestrarlo, se presenta con esa estética colorista, en tonos pastel, dulce y empalagosa cuando debería ser negra como la pez. Una forma curiosa de enfrentar los dos mundos: el de los buenos y el de los malos. Porque Eduardo Manostijeras es un cuento sobre la bondad y las renuncias.
La bondad que no puede sobrevivir en un mundo hostil e interesado y la renuncia al amor para que precisamente sobreviva aquel al que se ama. Y para ello, para hablarnos sobre ello,Tim Burton se vale, en gran medida, de dos historias ya conocidas, la de Frankenstein y la de La bella y la bestia y las funde en un cuento que nos es conocido y a la vez increiblemente novedoso.
Debo reconocer que esta película la he visto dos veces en mi vida, una cuando se estrenó (y no me gustó nada) otra, ayer mismo, es decir bastantes años después. Debo reconocer, como digo, que es una película preciosa en su estética, en su forma, y en sus elementos. Que tiene una banda sonora espectacular, creación de Danny Efman (como en otras muchas películas de Burton); con la que el acompañamiento musical hace ganar enteros al transitar de la trama; que algunos retazos de la fotografía (por llamarlo de alguna manera) de algunos pasajes de la película me parezcan grandiosos. Pero, tengo un serio problema con ella, con la película, lo sé, y es que no puedo evitar que Depp me la estropee.
Sin embargo, se la recomiendo vivamente, porque lo mío y lo de este actor es una fobia, y ustedes, por suerte, adolecen de ella. Busquen la cinta y véanla. Disfruten del rosa pastel, de la gris ala de cuervo, del impresionante parecido entre el monstruo/ángel Eduardo y el propio director Burton, de la desconstrucción de melenas,  de las floridas esculturas, de la bonhomía de Peg (Diane Weist) que con sus productos Avon intenta contentar a todo el mundo; de los bailes bajo la nieve de Kim (Winona Ryder) y de esa estética con la que Tim Burton lo viste todo. Tendrán un buen rato garantizado, se lo digo de verdad, pese a Johnny Depp.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 30 2011

El sol del membrillo: El arte en la pantalla

Hay películas que marcan un antes y un después para el espectador. Como en toda manifestación artística, el estallido de ideas en la cabeza del que mira la pantalla se produce cuando la onda expansiva de una explosión anterior (la que se produjo en la consciencia del artista) llega alterando el orden previo, colocando en lugares improbables lo que encuentra a su paso. Una obra de arte conmociona, pone patas arriba la estructura más poderosa. Y, cuando se integra, el sujeto cambia para siempre.
El sol del membrillo es una excelente película. Una obra de arte que habla, precisamente, de obras de arte. De artistas. De lo excepcional que es lo cotidiano para algunos seres humanos. El tiempo, el espacio, la realidad en su conjunto se transforma en la raíz de una colosal obra de arte ante los ojos del artista. Esto es lo que cuenta El sol del membrillo. Lo normal convertido en excepcional. La realidad contemplada por Antonio López. Esa mirada que es captada por una cámara colocada a la distancia precisa para no interferir en la creación artística.
Roza lo documental (alguna parte lo es) aunque el director, Víctor Erice, filma como si de una ficción se tratase. Es una película que engarza la realidad (eso que llamamos realidad y que, en verdad, es lo que creemos que nos puede pasar a cualquiera porque lo vivimos en primera persona; porque la realidad es otra; por ejemplo, la ficción del cine lo es) con una ficción que transforma toda la obra y permite que transite por territorios difíciles, arriesgados y, por otra parte, muy agradecidos con el resultado final.
La belleza de las imágenes llega de esa magia que aporta la naturalidad y la observación. Llega de permitir que todo fluya y el secreto se encuentre en la sala de montaje. Allí se modificará la historia para que la fisonomía sea una u otra. Los diálogos, apenas preparados, llegan con limpieza. Los que mantiene Antonio López con Enrique Gran son inolvidables. El pasado, el presente, la vitalidad que imprime la cortedad del tiempo, la entereza de un cuadro, una canción. Y el que mantiene el pintor protagonista con una pareja oriental sobre la técnica y algunos conceptos personales de Antonio López sobre cómo se debe entender la realidad para plasmarla en un lienzo o en un papel, son una verdadera maravilla.
Víctor Erice nos muestra el proceso de creación de un artista. Cuando decide pintar un membrillero que él mismo plantó en su jardín. Pero lo hace rodeándolo de lo cotidiano; de las noticias que el pintor escucha en la radio mientras trabaja, del perro que campa a sus anchas por el jardín sin respetar árboles y arbustos, de las visitas de amigos, extraños o familiares. Los ruidos, las claridades, la lluvia o el viento. Un mundo que se mueve en la normalidad, en el contraste entre chabolas y nuevos edificios. Pero que salta hecha añicos cuando esa contraposición se hace con un artista de primera categoría.
A muchos les parecerá que la película es lenta, que no cuenta nada o que resulta aburrida. Pocos entenderán ese punto de exorcismo que contiene el hecho de pintar un cuadro para el artista (el sueño que narra el pintor al final de la película es una clave excelente para hacer la lectura desde ahí); o lo extravagante que resulta el respeto que muestra López por el entorno cuando corren tiempos en los que no somos capaces de respetarnos a nosotros mismos. A muchos les parecerá que las imágenes metafóricas de la películas son exquisitas en exceso (esa puerta que se tapia cuando el autor da por finalizado el trabajo o la cuadrilla de trabajadores polacos representando la construcción y el derribo de una obra que nunca concluye son un ejemplo). Pero El sol del membrillo es una película que marca un antes y un después para el que se deja llevar. La sintonía entre pinceles y cámara es mágica y conviene dejarse seducir.
No se la pierdan.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 29 2011

Un romance en navidad

Que nuestra civilización está en claro retroceso es un hecho que se constata viendo algunas películas de cine. En concreto, Un romance en navidad, es el claro ejemplo de que todo se va a hundir muy pronto. Alguien debería prohibir cosas como esta. Melaza, amores estúpidos que rebozados en nieve artificial se hacen intragables, interpretaciones nefastas de actores nefastos, diálogos propios de sujetos que no merecen vivir ni un minuto más, una puesta en escena catastrófica que busca más el adorno que otra cosa (la verdad es que no hay otra cosa que buscar). En fin, un auténtico desastre.
Este bodrio se filmó para el formato televisivo. Menos mal que sólo se pudo ver en ese medio. Y no hay una sola escena, una sola secuencia, una sola palabra o un solo gesto de Olivia Newton-John o Gregory Harrison que merezca reseñar. A pesar de ser navidad, les ahogaría con mis propias manos. Además, viendo la primera escena está visto todo. Hacía mucho tiempo que no asistía a un desastre de tal categoría. Sabes como comienza y como acaba antes de sentarte. Es igual si vas al baño, si te llaman por teléfono o si te vas a dar una vuelta. Qué cosa tan mala de película.
Es la semana del cine navideño en Ese Invento del Demonio. No había más remedio que hablar de alguna de las películas que andan sueltas por esos cines de Dios. Y ya está dicho mucho de muchas. Creo que no me arrepentiré nunca lo suficiente de haber elegido esta catástrofe cinematográfica.
¿Es necesario ser cursi en navidad? ¿Es necesario contar tonterías en navidad? ¿Es necesario que exista la navidad? Pido formalmente que encarcelen a Sheldon Larry y Darrah Cloud. Director y guionista. Y que el Grinch se haga con los mandos de esta época del año.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


dic 27 2011

Las luces de la ciudad: Cine universal

¿Puede la curiosidad mover a un adolescente a ver cine mudo? Esta misma pregunta me formulaba mientras un crio removía entre los DVD que tengo por casa. Tras observarlo unos instantes, pude contestarme con un rotundo no, y es una pena, de verdad. Entre un buen número de películas a escoger estaba Luces de la ciudad (City Lights), una de las mejores películas de la historia del cine, en blanco y negro, aún mudas (pese a que en el año 1931, año de su rodaje ya existía el cine sonoro).
Luces de la ciudad es una película protagonizada por el inefable Charles Chaplin (eterno vagabundo), la encantadora y desconocida, en aquellos momentos, Virginia Cherrill (la forista ciega) y Harry Myers (millonario borrachuzo y olvidadizo en momentos de sobriedad).  La película está rodeada de mil anécdotas sobre lo difícil que fue la conexión entre los protagonistas (Charles Chaplin y Cherril no se podían ni ver, de hecho estuvo a punto de ser sustituida y fue obligada a repetir la escena de la entrega de la flor casi 300 veces; el plagio de la banda sonora (la famosa Violetera del Maestro Padilla fue utilizada en la película. Charles Chaplin fue demandado y tuvo que incluir entre los créditos de la película que la canción La violetera era de Padilla), etc. Sobre ello podrán leer en los innumerables libros que sobre uno de los mayores genios del cine existen. Porque Charles Chaplin fue no sólo el personaje Charlot, que ha trascendido incluso a su propio creador, sino uno de los mejores directores de cine, uno de los más exigentes, uno de los más controvertidos en su época.
Algunos se preguntarán ¿por qué si estamos en un ciclo de navidad, incluyen una película como Luces de la ciudad? Pues simplemente porque la que suscribe tiene en su apunte de películas navideñas una como esta. Y ¿por qué? Pues porque, como ya se ha dicho en otros textos escritos en la semana de la navidad, durante estos días nos convertimos en melaza pura, no nos importa creer que el mundo es un poco mejor que lo que en realidad es, y porque,  aunque parezca de ilusos, nos apetece pensar que aún existe la bonhomía, la solidaridad, el amor puro. Y esta película, que tiene casi un siglo nos habla, indirectamente, de todo eso.
El argumento una historia de amor, de solidaridad. Un vagabundo  (Charles Chaplin) pobre de solemnidad, cuya misión es dar vueltas por la ciudad, sin finalidad alguna, tropieza en una de sus andanzas con una florista ciega (Virginia Cherril) que desde una esquina vende sus flores a los transeúntes que por allí pasan. El vagabundo se enamora de ella a primer golpe de vista y con el único dinero del que dispone compra un ramito a la florista. Esta, con el roce de las manos, se enamora de aquel hombre al que no ve, pero que intuye rico, millonario y buen hombre. Una confusión provocada por un taxi casual generará esa creencia que se mantendrá a lo largo de todo el metraje. Mientras tanto, el vagabundo, de manera paralela, anda de correrías por la ciudad con un millonario borrachín (Harry Myers) que  lo prohíja durante sus estados beodos, pero al que olvida tan pronto vuelve a la sobriedad. Los encuentros entre los tres, moverán la historia de modo paralelo. El vagabundo enamorado hasta los tuétanos de la florista buscará, de todos los modos posibles (convertirse en boxeador incluso), el dinero para que la dulce muchacha pueda operarse y recuperar la vista. Mientras las miserias del vagabundo se suceden, la mujer seguirá en la creencia de esta enamorada de un millonario que la va a ayudar. Estas peripecias terminarán con el vagabundo en prisión por culpa del excéntrico millonario. Pero todo tiene una finalidad como llegaremos a ver. El vagabundo continuará soñando con la florista. Y así, con el tiempo, una vez recuperada la libertad, en uno de sus infinitos paseos por la ciudad el vagabundo amable, afable, dará con una floristería en la que reconocerá a su amada que, gracias a él, recuperó la visión. El vagabundo, en un gesto de desolación, gastará sus escasas y últimas monedas en comprar unas flores a la mujer que ama. Se reconocerán, uno y otro, no gracias a la vista, sino al tacto y a algo, estoy segura, que se enciende cuando dos personas que están destinadas a amarse se encuentran. Ella le verá con los ojos del corazón.
Puede que sea porque esta película siempre la veo en navidad, puede que porque me gusten los pasteles de amor aunque en este caso vengan acompañados de unas dosis equilibradísimas de dramatismo, fina ironía y genialidad. Pero me encanta esta película.
Las escenas trufadas de una gran sarcasmo y una enorme carga dramática, como sólo Chaplin era capaz de crear, convierten esta película (de un ritmo narrativo que nada tiene que envidiar a ninguna película sesuda de las que corren por ahí), en uno de los mejores exponentes del cine de una época y, por qué no decirlo, de la historia del cine. Un buen ejemplo de cómo sin palabras puede llegar a expresarse todo, absolutamente todo, si uno tiene enfrente a un grandísimo director, a unos más que excelentes actores y una estupenda historia que contar.
No se la pierdan, engañen a los jóvenes para que se sienten con ustedes a ver esta película, no se arrepentirán. Cine de una época, cine universal.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 26 2011

A casa por navidad: Una bonita chapuza

Durante la navidad somos capaces de olvidar las cosas más inverosímiles. La familia roza la perfección, los malos momentos quedan aparcados durante unos días y las chapuzas se pasan por alto. Parece que nada está descolocado. Y lo que está fuera de su sitio ni se mira.
Hacer cine no es fácil. Hacerlo mal ya es otra cosa. Bent Hamer intentó hacer buen cine al rodar A casa por navidad. Pero la chapuza fue descomunal. Es verdad que esta película se deja ver y que el espectador no se encuentra obligado a salir pitando. Pero ni el intento de convertir algunas situaciones patéticas en cómicas, ni el que hace Hamer para escapar de momentos lacrimógenos y tópicos, resulta efectivo entre tanto desastre cinematográfico y, sobre todo, narrativo.
Elige el director una serie de relatos de entre los que aparecen en Bare mjuke pakker under treet (Dejad regalos suaves debajo del árbol) y los trata de convertir en uno solo. Pero sin tener en cuenta algunas cosas fundamentales. Por ejemplo, que los personajes se le quedan a medio camino y, por ello, el espectador no termina de entender qué pintan allí. Un futbolista que ahora bebe como un cosaco y que se encuentra con una mujer en su viaje de regreso (que aparece y desaparece sin dejar rastro ni huella en el espectador); un chico y una chica que miran el cielo estrellado y que sólo sirven para que Hamer nos intente demostrar que en navidad no hay diferencias étnicas, ni religiosas (aunque me pregunto a qué viene esto y cómo encajarlo en el conjunto); un médico que atiende a una parturienta y regala el coche a la pareja (parturienta y marido) para que sigan su viaje; un tipo de se disfraza se Santa Claus para poder ver a sus hijos; un hombre (que se la juega a su mujer) y no está dispuesto a dejar su vida atrás con el evidente disgusto de su amante. Cosas así. Y Hamer intenta ubicar cada cosa en un espacio común. Sin lograrlo, claro. Si no hay personaje no hay nada que hacer. Es verdad que el toque sarcástico de la película hace que algunos momentos sean tan divertidos como patéticos. Es verdad que Hamer juega a enseñar la navidad desde perspectivas diversas. Pero también es verdad que la cosa se presenta caótica y con difícil solución.
No hay personajes. Y no hay actores ni actrices. Todos están muy limitados en sus interpretaciones. El guión, no crean, es poco exigente en ese sentido. Pero un mínimo de calidad siempre es necesario. Trond Fausa Aurvåg, Fridtjof Såheim o Reidar Sørensen son algunos de los intérpretes. Ya sé que estos nombres no les dicen nada. Y, salvo hecatombe en el mundo del cine, seguirán sin tener mucho sentido para ustedes por siempre jamás.
Por salvar algo de todo esto, podría (siendo muy generoso) señalar que el director noruego arranca de algo muy interesante y que preocupa a más de uno: un gesto cambia el mundo. No hacer algo o hacerlo puede provocar enorme felicidad o un desastre de proporciones espectaculares. Por ejemplo, no filmar una película mientras el guión no esté preparado y maduro puede hacer muy feliz a los que ven cine con regularidad.
La navidad es tiempo de pasar cosas por alto, de hacerse el muerto ante lo que no gusta. Pero hay cosas que no se pueden consentir. Si quieren ver una película sobre la navidad tienen muchas opciones. Esta sólo entretiene sin dejar el más mínimo poso. Y no despierta ese espíritu navideño que tanto buscamos.
© Del Texto: Nirek Sabal

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dic 25 2011

Love actually: Todo tipo de amor en navidad

Es navidad y hay algunas películas que, aunque pueden verse en cualquier época del año, no hay nada como echarles un vistazo estos días para que las disfrutemos más allá de lo normal, de lo que lo haríamos en pleno mes de agosto. Nada puede sustraerse al influjo navideño, de esas corrientes dulzonas que nos arrastran a lugares que una vez creimos conocer y que, a los que hemos cumplido algunos años, nos parecen que dejaron de existir allá por el pleistoceno. Así que si deciden sumergirse en alguna de estas películas que les digo, no intente alejarse de la melaza con la que vienen impregnadas.
Siguiendo la anterior consigna, me he rendido y, un año más, caigo en la redes de la encantadora Love actually, una historia de historias de amor. Sí, de esas maravillosas historias de amor que, durante unas horas, nos transpotan hasta una felicidad e ilusión ajena.Y es que Love actually, como la propia banda sonosra nos indica con el Love is all arround de Bill Nighy, anuncia que el amor está en todas partes, en una película que, podría parecer un tueste romanticón y se convierte en una de las mejores cintas sobre la navidad. Partiendo del disparate que son algunas de las historias, las tramas que en ellas se suceden son historias de amor, de felicidad enlatada que encuentra su contrapunto en dos historias que nos muestran el punto amargo del desamor. Pero es navidad y por tanto la felicidad debe prevalecer e incluso lo más dramático debe quedar eclipasado por los seres tan absolutamente maravillosos en los que nos transformamos cuando nos acompaña el amor.
Dicho lo anterior y por centrar un poco, decir que corría el año 2003 cuando Richard Curtis y Ben Elton, guionistas de la televisión británica escribieron esta película que, a modo coral, fue interpretada, entre otros, por Hugh Grant, Liam Neeson, Colin Firth, Rowan Atkinson, Claudia SchifferKeira Knightely. Un buen plantel de actores que podemos encontrarlos trabajando juntos en otras producciones. Un plantel de actores en una ambientación totalmente británica que nos subyuga y nos deja sentaditos esperando que la pantalla nos engulla y pasemos a formar parte de esa gente maravillosa que dentro de sus vidas corrientes y vulgares reencuentran, descubren, buscan el amor. Historias cruzadas de amor, de toda clase de amor, del amor de hermano que renuncia a todo por hacerse cargo del que lo necesita, del amor del amigo que renuncia a él precisamente para que no ceje la amistad, por ese amor al infiel que atormenta pero no cede a nada; el primer amor, ese inocente que se descubre en la infancia; el amor de los amigos, de la compañía querida. Porque el amor duele, pero casi siempre nos hace explotar el corazón de alegria.
Hay muchas opciones para comerse los polvorones y los turrones, una puede ser viendo cine y, si deciden que esta última es una buena opción, no descarten Love actually, porque es navidad, porque hay personas maravillosas y porque, aunque a veces cueste creerlo, si tienen dudas y se preguntan si aquello que desean es posible, no duden en contestarse “¿Por qué no? Es casi navidad.
Sean felices.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 18 2011

Arthur Christmas: Operación Regalo

Ir al cine sabiendo que estarás rodeado de niños, bolsas de palomitas, padres dormidos o que creen que en el cine (para niños) sus hijos pueden hacer lo que les venga en gana, es un riesgo. Enorme. Puedes salir sin haber prestado atención a la película, con los pantalones llenos de pisadas del compañero de butaca y con un cabreo de los grandes. Pero para hablar de cine hay que asistir a las proyecciones. Y si tienes hijos pequeños, como es mi caso, hay que asistir hables de cine o de política.
Efectivamente, el cine era como el patio de un colegio. Sin luces, eso sí. Y la sala estaba medio vacía. Cosa extraña tratándose de un domingo. Es lo que tiene hacer una mala campaña de comunicación y competir con El gato con botas. Pero esta vez me ha dado un poco igual. Me lo he pasado, francamente, bien.
Arthur Christmas: Operación Regalo es una película divertidísima. La primera media hora tiene un ritmo narrativo sensacional. A partir de ese momento, la cosa va a menos y la trama visita los lugares tópicos aunque no pierde la gracia. La animación está muy bien (no puedo decir nada del 3D puesto que he visto la versión digital), los diálogos son muy locos y ocurrentes. Los personajes crecen con rapidez sin dejar detalles sueltos. En conjunto, se trata de un buen trabajo aunque, al tratarse de una película infantil, el metraje se hace algo largo. La excusa de hacer películas para niños que puedan ver los padres sin aburrirse se ha convertido en un cheque en blanco para alargar tramas muy simples haciendo pequeños guiños a los adultos.
Arthur es el hijo de Santa Claus. Uno de ellos. Bastante patoso y todo bondad. Una niña se queda sin su regalo a causa de un error y decide viajar hasta su casa para evitar que deje de creer en la navidad y en la figura de Santa. Un hermano al que se le dan mal los niños, un abuelo que fue Santa durante años, el actual titular del trineo (gigantesco y último grito tecnológico), una madre internauta y miles de elfos especializados en sus trabajos; serán los compañeros de aventuras de Arthur. El viaje alrededor del mundo del muchacho es toda una experiencia para los niños que aprenderán cómo es posible que los regalos lleguen a tiempo y a todos los lugares del mundo.
Merece la pena ir al cine para echar un vistazo a esta película. El mensaje es sencillo, el desarrollo de la trama muy entretenido, los efectos visuales espectaculares y prepara el camino para que la navidad llegue con una nueva experiencia dentro del cine. Aficionarse a esto de ver películas es algo que llega desde la experiencia. Y los niños son esponjas para las cosas del aprendizaje. Además, es raro escuchar aplausos en una sala de cine salvo que sean niños los que se tragan una película con entusiasmo y sin prejuicios. No dejen de llevar a sus hijos, sobrinos, nietos o a los niños que les endosan sus amigos para poder ir a la cena de la empresa. Ustedes tampoco se aburrirán.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 18 2011

El método: Terror profesional

El terror llega cuando los límites no se encuentran. No saber dónde puedes llegar, qué es lo que te espera, desconocer lo que podrías llegar a hacer; son las cosas que más miedo provocan en las personas. Aunque es mucho peor conocer algunos de esos límites.
Eso es lo que intenta explicar Marcelo Piñeyro en su película El método. Nos coloca ante siete candidatos a ocupar un puesto de trabajo a los que reúnen en una misma sala. Entre ellos hay una persona que pertenece a la organización que debe contratar a la persona más idónea. Y entre ellos, entre los siete, deberán elegir quién es esa persona.
La película se desarrolla, casi en su totalidad, dentro de una sala de reuniones en la que se disputan el futuro. O en el baño de las instalaciones. Sólo unas pocas secuencias en exteriores, al principio y al final. Los personajes van sufriendo el desarrollo preciso (al menos el que precisa el director de la película) a medida que van pasando pruebas eliminatorias aunque, desde el principio, el carácter de todos ellos intenta fijarse con un par de rasgos característicos e importantes. Ayuda mucho que la elección de los actores fuera más que buena. Eduardo Noriega tiene pinta de pijo insoportable y su personaje también; Najwa Nimri tiene pinta de sosa con punto zen y su personaje resulta igual de soso y de perdido entre deleites intelectuales; Ernesto Alterio podría pasar por ser una persona frágil por su aspecto y su personaje es el arquetipo de lo pusilánime; Eduard Fernández muestra un aspecto duro y de posiciones claras ante cualquier asunto igual que su personaje; Carmelo Gómez y Adriana Ozores son la normalidad del problema diario de supervivencia en un mundo de lobos jóvenes; en fin, todos están bien elegidos para sus papeles. Incluso a Natalia Verbeke le encontraron un perfil de secretaria estúpida que hace las cosas de forma dudosa. Como ella hace su trabajo delante de la cámara. Sin duda el casting es de lo mejor de la película.
El diálogo es lo que hace que la acción avance con bastante fluidez. La pena es que el guionista tiende a repetir más de la cuenta algunas cosas como queriendo remarcar el carácter de los personajes. Alguien le debería haber advertido que lo había conseguido muy pronto y que tanta reiteración era innecesaria. La película pierde mucho en su conjunto debido a esto. Además, carga la importancia de los diálogos sobre los dos personajes peor interpretados y que más lejos llegan en el metraje. El de Noriega y el de Nimri. Una pena, sí, porque algunas intervenciones aparecen excesivamente forzadas y traídas por los pelos (por ejemplo, cuando el personaje de Noriega recuerda al de Adriana Ozores su edad y la desventaja que supone) y una buena interpretación podría limar el problema. Aquí no, aquí se agrava. El guión es mejorable aunque, hay que decirlo, no está nada mal.
Ya digo que las interpretaciones son desiguales. Eduard Fernández está estupendo, muy contenido y utilizando el lenguaje corporal como muy pocos actores europeos son capaces; Alterio se presenta creíble y solvente. Pero Noriega y Nimri se mueven en la pantalla aburridos y desganados. Tal vez no hay más cera de la que arde. El resto, salvo la señorita Verbeke que está horrenda, se desenvuelven con corrección.
El montaje es correcto aunque algo tramposo. Chirrían algunas cosas que aparecen al final de la película y que deberían haber aparecido mucho antes. Más que nada porque ya las sabemos a los cinco minutos.
En cualquier caso, la película es entretenida. Me interesa mucho ese miedo, ese terror profesional, al que miles de personas se enfrentan diariamente. Hay escenas que son tremendas y con ellas llegan las preguntas lógicas: ¿Sería yo capaz de algo así? ¿Hasta dónde estoy dispuesto a llegar? Porque estamos acostumbrados a pensar que lo violento tiene que ver con las armas y nada más, a que lo sucio de la vida es cosa de países lejanos y gentes extrañas. Y si nos dicen que no, que podemos ser nosotros mismos los que construimos un mundo salvaje, nos entra un terror difícil de controlar y asumir.
Una buena opción para pasar una tarde en casa frente a la pantalla. Con palomitas y todo. En casa no se molesta a nadie.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 17 2011

La Pandilla (Our Gang): La niñez en blanco y negro

Hace ya algunos años, en televisión española, cuando sólo funcionaban dos canales, la VHF y la UHF, es decir la primera y la segunda, cuando aún en algunas casas la caja tonta se veía en blanco y negro, empezó a emitirse un programa llamado La bola de Cristal.  Sé que algunos se sorprenderán de que, a medidos de los años 80, aún existieran televisiones en blanco y negro, pero haberlas las había. En mi casa una.
Los sábados por la mañana, después de que se hiciera el consabido zafarrancho de combate (en casa éramos muchos y no valía la excusa de la corta edad para no arrimar el hombro), llegaba el momento de darnos el gusto con La bola de cristal. Dentro de ese programa se emitían los capítulos de una famosa serie de televisión  americana llamada La pandilla –Our gang- , o Little Rascals.
A algunos, nos cogió creciditos, pero lo cierto es que nos lo pasamos como enanos viendo a una Alaska moviéndose con soltura por un plató, entre la bruja avería y otros personajes que,  los de aquella generación aún recordamos.
Sin embargo, de lo que quería hablar era de aquella serie que, en blanco y negro, nos transporta a momentos de inocencia que nunca volverán. Como he dicho, La pandilla era una serie de televisión  que empezó a filmarse en los EEUU allá por los años 20 del siglo pasado. Empezaron mediante unas filmaciones en cine mudo y, con el transcurso del tiempo, pasaron a incorporarse al cine sonoro. En aquella serie se contaba las peripecias de un grupo de niños y su perro.  La pandilla la formaban un grupo de chavales, todos vecinos y amigos.  Puedo afirmar que no recuerdo los nombres más que de un par de ellos: Spanky, que era el jefe de la pandilla, Alfalfa, Darla y el perro Petey. Pero aunque sólo soy capaz de recordar estos nombres, recuerdo que  eran una infinidad de críos, algunos blanquitos como la nieve, con un churrete por flequillo y otras tan negritas como el carbón.
Una serie sorprendente por la cantidad de niños que trabajaban en ella, que eran sustituidos unos por otros a medida que iban creciendo, y que actuaban con tanta naturalidad que se podía tener la sensación de que lo filmado era el día a día de esos chavales de principios del siglo pasado.
Hace no muchos días, desde Canadá, una persona querida,  me envió, adjunto con un mail, un enlace a esta serie.  Desde entonces me ronda escribir algo sobre ella, no sobre la persona querida (eso queda para mis cosas personales), y hoy, como podría haber sido cualquier otro día, me he decidido a ello. Sé que no es mucho lo que digo al respeto en este texto. Pero lo mejor que pueden hacer es rescatar algunos capítulos a través de youtube  (durante meses intenté localizar alguna grabación en DVD de aquella serie y no lo he conseguido); véanlos, si tienen hijos que juegan con la Playstation, con la Wii y esas otras cosas que no sé cómo se llaman,  siéntenlos con ustedes en el sofá y ríanse con ellos de aquellos juegos y pillería de los colegas de nuestros bisabuelos.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 14 2011

La fuente de la vida: Una idea sencilla

En cine, como en cualquier otro territorio, los gustos personales son, eso, gustos subjetivos y con una relevancia más que relativa. Una película puede gustar o no. Y esto no la hace mejor ni peor. Conozco muchas personas que encuentran inaguantable el cine de Federico Fellini aunque el director italiano es un genio. No dejará de serlo, pase lo que pase, guste mucho o poco.
El problema no es que los gustos se arrimen o no a la obra. Insisto en que eso lo podríamos considerar inmaterial. El asunto tiene que ver, casi siempre, con la capacidad del espectador para entender un tipo de cine concreto. Y esto no convierte al espectador en un ser más listo o más tonto. Sencillamente, las películas, igual que las novelas, tienen un momento determinado. Si llegan a destiempo es difícil que se entiendan, se digieran o gusten. Advierto que en eso que llamo espectador incluyo a los críticos. A los de este blog también.
La fuente de la vida es una película difícil de entender. La propuesta es atrevida, lírica hasta más no poder y no se parece a casi nada de lo que anda suelto por el circuito cinematográfico. Por otra parte, no ayuda mucho un montaje (lo más flojo de la película) que abusa de las repeticiones buscando la suma de minutos de proyección sin una aportación clara de ese material que aparece sin un sentido claro. Hasta donde sabe el que escribe, parece que el presupuesto se quedó corto y el director, Darren Aronofsky, tuvo que hacer magia potagia para salir del paso. Y estas cosas no se pueden disimular. Sin embargo (llegan las buenas noticias), Hugh Jackman interpreta el personaje principal logrando, seguramente, el mejor de sus trabajos. Rachel Weisz (fotografiada espléndidamente) llena la pantalla de principio a fin. Esto, aunque no explica nada, ayuda a tener paciencia y poder descubrir de qué va la cosa. El despliegue en la iluminación es espectacular (esto se convierte en un arma de doble filo puesto que pudiera parecer que prima la forma sobre el fondo en algún tramo de la película). El guión del propio Aronofsky y de Ari Handel es mucho más sencillo de lo que parece. Es verdad que la acción transcurre en tres escenarios diferentes y las rupturas espacio-temporales son muy constantes, pero un espectador atento no debe tener problemas para hilar lo que le van contando. También es cierto que una lectura profunda que busque el sentido es más fatigosa y requiere un esfuerzo extra, pero esto pasa en cualquier película de calidad.
En definitiva, esta es una película que hay que saber ver y entender.
El director se apoya en una historia de amor, más que dramática, para abordar el asunto que queda por debajo de lo puramente narrativo. Algunos se han empeñado en afirmar que La fuente de la vida es un canto al amor o algo así cuando,en realidad, es una película que ataca la imposibilidad del ser humano para comprender nada de este mundo si no asume su lado espiritual. Lo material frente a lo espiritual, lo efímero frente a lo eterno, la muerte frente a una existencia eterna. ¿Es un vehículo el amor? Sí, pero sólo un vehículo. Igual que lo es para contar esta historia. Y se apoya en tres escenarios y tiempos diversos. La época en la que la inquisición imponía su ley en el mundo civilizado, el presente y un futuro lejano. La explicación de todo se encuentra es ese pasado, en lo que fuimos. El presente es incontrolable, es donde nos topamos con la finitud de nuestra existencia. El futuro es el que representa la perfección porque lo podemos imaginar, modelar a nuestro antojo. Pero, sin embargo, estos tiempos son lo mismo. Todo sucede en el mismo instante, tomo adquiere sentido en esa unión entre cuerpo y alma. El resto pasa a ser una anécdota. Aronofsky maneja como materiales narrativos la ciencia y la leyenda. Los enfrenta para que vayamos construyendo un puzzle en el que cada pieza es nuestra forma de entender esa espiritualidad. Y, técnicamente, utiliza planos detalle que invitan a confundir unas cosas y otras. Al fin y al cabo, son distintos objetos que simbolizan lo mismo. El director sabe que el mundo es simbólico y maneja la idea con acierto. Por eso mismo, una alianza de casado se pierde o una nebulosa llamada xib’alb’a encierra una estrella moribunda que cuando explote dará vida a otras estrellas. Ver esto y no buscar el significado es quedarse a medio camino. Y en la vida (otra idea que defiende el director) no hay atajos. Los caminos hay que recorrerlos sin intentar una trampa para acortar.
En definitiva, estamos ante una propuesta que defiende que el tiempo no importa. Porque el tiempo no existe si el hombre comprende que liberado de lo material todo puede llegar a ser posible, si convierte la muerte en una acto de creación de vida.
Este es una película que puede gustar mucho o muy poco. Algunas críticas intentaron ser demoledoras. Otras intentaron lo contrario. Esta es una película que en la superficie no dice nada aunque esconde una forma de entender las cosas muy interesante. El que escribe se queda con una sola cosa puesto que el resto se podría discutir durante muchas horas con la filosofía por delante. Y esa idea es muy sencilla: el ser humano no es Dios. Es humano. Pero puede elegir la forma de serlo y llegar a ser más persona en cada movimiento. Sencillo. Y muy olvidado en los tiempos que corren.
Una última cosa. La partitura de Clint Mansell es sencilla es su composición aunque aporta una capacidad expresiva fascinante. No dejen de buscar el matiz de la imagen atentos a cada nota.
© Del Texto: Nirek Sabal

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