El viento nos llevará: El mundo entero en un rato

Hay películas en las que parece que no pasa nada. La trama es eso que conocemos como lentita, las imágenes parecen sosas y vacías, los diálogos llegan a sonar superficiales. Todo parece que pasa sin remedio, que el espacio que nos separa de la pantalla nunca podrá recorrerlo nadie. Pero, sin embargo, allí estamos sentados, sin pestañear; interesados en esa falta de movimiento; en ese parón que sufre el mundo durante hora y media. Porque en la pantalla sucede eso que todos los días vivimos en el mundo; porque apreciamos que la realidad se mueve al ritmo que ella marca. La cadencia de la vida ni siquiera la marca el reloj. Mirar la imagen del mundo que llega desde la lírica nos paraliza porque sentimos que la equivocación de nuestra mirada es peligrosa, mortal.
Abbas Kiarostami es un director importante. De mirada original, repetitiva, meticulosa. Lo que debería ser la mirada de cualquier ser humano. No juega a contar historias alejadas del objetivo único del relato que no es otro que explicar el mundo. Se arrima a un pequeño trazo de la realidad y ordena la totalidad de un cosmos desconocido y, sobre todo, mal interpretado. Abbas Kiarostami es un director que podrá gustar mucho o poco, pero es un tipo que sabe lo que hace.
El viento nos llevará es una de sus películas. Excelente. Para muchos aburrida e insoportable. Para muchos la muestra patente de que puede hacer cine (buen cine) sin grandes presupuestos, sin tramas espectaculares o un reparto estratosférico.
La película se desarrolla entre todo un conjunto de elementos contrapuestos. La modernidad llegada a Siah Dareh (kurditán iraní) desde occidente enfrentado a un ambiente rural y arcaico. Las bondades de la naturaleza frente al error continuo de los aparatos modernos. Las carreras, las prisas frente al paso del tiempo que, aunque lento, es continuo. La imposibilidad de retratar la realidad a pesar de intentar modificarla artificialmente porque esa realidad tiene sus propias reglas y son eternas.
Un grupo de rodaje llega al pueblo para grabar el rito funerario propio de esa zona y creencia. Una mujer está a punto de morir aunque parece que nunca llega el momento. El realizador corre de un lado a otro intentando imprimir una velocidad al mundo que nunca alcanzará. Salvo que el mundo así lo quiera no hay nada que hacer. Nunca veremos a su equipo condenado a estar fuera de foco como buena parte de lo que ocurre -por ejemplo, la anciana moribunda o el rostro de la muchacha que vive en el sótano de su casa. Porque el mundo es tal cual. Aunque lo deseemos no podremos mostrar lo que quiere mantenerse oculto o lo que se nos resiste sea por lo que sea, sea lo que sea. Un niño, una vecina que da a luz niños sin inmutarse, el médico que no quiere especializarse para no limitar su campo y poder atender a cualquiera (este es el sabio que el director enseña en todas sus películas disfrazado de lo que toque), serán, todos ellos, compañeros de viaje del realizador. Este se enfada con casi todo, pero, finalmente, acepta las cosas como son; entiende el poema que él mismo recita y que termina con el verso que da nombre a la película. El viento nos llevará consigo. Entiende que la vida es un momento, es efímera; que el tiempo no para y nos llevará a todos sin excepción (la escena final lo resume muy bien cuando el protagonista lanza un hueso encontrado en el cementerio al río y este lo lleva a no sabemos dónde). Pero para ello hay que esperar. Es la espera lo que da el entendimineto. Es la espera el tema de la película. El poema de Forough Farrokzad es este:
En mi pequeña noche
¡Ay!
El viento tiene una cita con las hojas de los árboles
En mi pequeña noche
Amenaza la ruina
¡Escucha¡
¿Oyes la corriente de las tinieblas?
Yo miro distante esta felicidad
Apegada estoy a mi desesperanza
¡Escucha!
¿Oyes la corriente de las tinieblas?
Algo atraviesa la noche
La luna está roja y agitada
Y sobre este techo que a cada instante parece derrumbarse
Las nubes aguardan enlutadas
A derramar sus lágrimas
Un instante.
Y después nada
Detrás de esta ventana tiembla la noche
Y la tierra deja de girar
Detrás de esta ventana algo desconocido
Esta pendiente de nosotros
¡Ah!, tú, verde, todo verde,
Pon tus manos como un recuerdo encendido
En mis manos amantes
Y como un cálido sentimiento de existencia
Confía tus labios a las caricias de mis amantes labios
El viento nos llevará consigo
Kiorastami se apoya en las repeticiones para dejar claro que el mundo puede pasarse si quiere, puede hacerlo a pesar de los deseos de cada individuo. Repetición de secuencias en las que sólo cambia un detalle, planos fijos que congelan una acción muy lenta. Y se apoya en los colores del campo, en los insectos, en pequeños detalles. La naturaleza es la reina de la película. Frente a ella teléfonos y vehículos que no funcionan bien ni cuando deben hacerlo. De todo ello, de esa imposibilidad de captar la realidad como no es, nos deja esta película, un excelente ejemplo de buen cine, de un lenguaje poético construido sobre lo cotidiano.
Es mejor ver la película en versión original. Con la traducción pierde mucho. Además, es igual lo que digan los personajes. Es el mundo el que habla y ese lenguaje lo entiende cualquiera. Presten atención, eso sí, al discurso que tiene el médico. Es fantástico. Y disfruten la fotografía.
© Del texto: Nirek Sabal


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