Conociendo a Julia

Las emociones humanas, las inquietudes y los anhelos, casi  siempre son los mismos en todo el mundo. ¿Puede una vida, aparentemente ideal, emponzoñarse con un incomprensible sentimiento de hastío cuando un cree haber tocado techo? ¿Qué es lo que necesitamos las personas para romper la rutina, el tedio de la vida diaria; la aparente docilidad de la realidad, incluida la de pareja, que hace mucho que se transformó? Pues sentirnos especiales, sentirnos admirados.
Pero ese sentirse importante para otro, otro que no sea el que está esperando en casa (da igual que lo haga; en bata o zapatillas; ataviado con la mejor de la galas), no tiene nada que ver con la locura del amor (que sí con la del enamoramiento), nada que ver con querer lanzar algo por la ventana; sino que tiene que ver con la propia vanidad, con la autosatisfacción, con la necesidad de uno mismo de sentirse vivo. Nada más. Por eso, incluso ese objeto-sujeto de vanidad, casi nunca es importante, no es más que un medio de satisfacción íntima y personal, casi siempre muy prescindible aunque no lo parezca.
Y todo eso, todo lo anterior, es lo que precisamente le ocurre a  Julia Lambert (Annette Bening), actriz de éxito, brillante, inteligente, guapísima, divertida, chispeante, que a sus cuarenta y cinco años se encuentra de frente con el feroz aburrimiento de una vida plácida junto a un marido excepcional  Michael Gosselyn (Jeremy Irons). Un compañero perfecto al que ama aunque pueda parecer que no es así. Una mujer que se busca a sí misma y en esa búsqueda tropieza con el joven Tom (Shau Evans), un prodigio del arribismo que tras un romance fraguado en busca de un éxito futuro, devolverá a Julia a su verdadera realidad.
La película, dirigida por Istvan Szabo,  basada en la novela Theatre (1937), del británico W. Somerset Maugham,  es una auténtica delicia de película  que uno no sabría si clasificar como un drama o como una comedía, pero es la historia de una mujer que llegando a la madurez se debate entre enormes vaivenes interiores. Un conflicto que se sostiene y equilibra a través de la inexistente presencia del fallecido Jimmy (Michael Gambón), el director teatral que descubrió a Julia en sus comienzos y que se convierte en la voz de su conciencia a través de ese camino de reencuentro interior.
La película, que como ya he dicho es deliciosa, transcurre en el Londres de los años 40 y está perfectamente ambientada. Pero no sólo desde un punto de vista visual (donde se ha cuidado hasta el más mínimo detalle) sino que nos muestra, con un absoluto rigor, cómo transcurren las jornada de ensayos en el teatro de altura. El vestuario, las localizaciones son perfectas y delicadas, un lujo. La música exquisitamente escogida entre los grandes éxitos del momento, hacen de la película una auténtica gozada para los que adoran la estética de aquellos años inmediatos al inicio de la segunda guerra mundial.
Les recomiendo vivamente esta película, no sólo porque la interpretación que Annette Bening hizo de Julia es soberbia, espectacular y se come la pantalla a dentelladas, sino porque  muchos, llegados a esa edad en la que uno cree haber alcanzado el zénit, se verán reflejados. Porque Julia no es más que la exposición de la insatisfacción personal aún cuando se tiene todo. Es la búsqueda de la chispa perdida y la conclusión de que la chispa está en nosotros mismos. Pero los años son un equipaje valioso. Por eso la recuperación de la chispa, la recuperación del yo, escatimará el uso de la venganza.
Una película divertida, deliciosa y tremendamente fiel a la crisis de los cuarenta.
© Del Texto: Anita Noire


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