nov 27 2011

13 Asesinos

13 asesinos es un remake de la película de Eiichi Kudo titulada Jusan Nin no Shikaku. Cuenta la historia de un grupo de samurais que se deben enfrentarse a la muerte casi segura para que la paz del Japón feudal del siglo XVIII quede intacta. Paz que, por otra parte, les dejó vacíos de sentido puesto que la vida del samurai no tenía mucho que ver con ella. Aunque es una película muy distinta y muy distante a Los siete samurais de Akira Kurosawa, claro referente en este tipo de cine, 13 asesinos aborda asuntos parecidos incluyendo referencias a a película del genio japonés.
La trama se separa en dos con claridad. La primera parte explica lo que sucede en la segunda incluyendo costumbres y filosofías de los personajes. Una masacre total (eso es lo que sucede después) no se mantiene en pie sin una explicación previa. Takashi Miike (director) lo sabe y no racanea con los detalles. Después de rodar más de ochenta películas es normal que sepa dosificar la información y los tiempos. En esta primera parte, las reflexiones de los personajes tienen cierta importancia.

Quien valora su vida sabe morir como un perro. Me habéis confiado vuestras vidas. Las sacrificaré a mi antojo, dice Shinzaemon, el principal de los samurais que forman el grupo de trece que da título a la película.

Toda la primera parte se encuantra salpicada de frases importantes, de diálogos bien construidos. El ritmo es pausado y los detalles son abundantes. El samurai queda retratado bien.
La segunda parte de la película se llena de sangre, de una acción trepidante. La batalla está filmada muy bien. Lo que va sucediendo se cuenta con detalle, con gran parsimonia entre explosiones, muertes a cuchillo, flechas por el aire, cabezas rodando por el suelo y carreras. Todo es una locura aunque no hay confusión para el espectador. Es emocionante.
13 asesinos es una película que explica bien la decadencia de los samurais sin ser una muestra histórica exacta. Explica bien la mentalidad del japones del siglo XVIII. No es un atlas aunque sirve de pequeña referencia. Muy entretenida (la primera parte es algo más pesada). Una buena película.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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nov 26 2011

El árbol de la vida: La poética de lo humano

Terrence Malick hace el cine que quiere. Dicho así, alguien podría pensar que no es nada del otro mundo. Sin embargo, lo es. Hoy en día son muy pocos los que pueden escribir el guión que desean y hacer una película como creen que deben hacerla. Manda el dinero y eso es una carga muy pesada.
Terrence Malick tiene una forma de ver las cosas muy especial y está decidido a explicar el mundo a los espectadores. Otra cosa bien distinta es que estos se dejen llevar a terrenos muy difíciles, muy fatigosos por lo que exigen. Y tiene el director el objetivo de hacerlo como cree que debe. En El árbol de la vida apenas narra y se centra en la poética de la imagen, en un panteísmo abrumador, en una carga teológica demoledora para creyentes o ateos, en las preguntas que no tienen respuesta salvo que el hombre busque sin descanso en la realidad (en toda la realidad, la material y la inmaterial). Apenas narra y lo hace sin miramientos con el que no esté preparado para ver algo así. Como debe ser. Los gestos de cara a la galería nunca acompañaron bien a las obras de arte. Por eso, es muy posible que un buen número de espectadores salga de la sala quejándose por el paquete que le han metido sin enterarse, jurando no volver a ver una película más de este director. Tan posible como que otros salgan extasiados y conmocionados por el peliculón que ha preparado Malick. El que escribe se encuentra en este último grupo.
Podría parecer que la película trata asuntos teológicos, las cosas de Dios, por encima de cualquier otra cosa. No es así. Es justo al contrario. El árbol de la vida aborda la búsqueda del sentido de la existencia por parte de cualquier individuo. Ese es el tema principal. La búsqueda del sentido de la vida desde la ausencia, desde el recuerdo que conforma el presente, desde la falta de un futuro cierto. Por supuesto, desde lo inmaterial o espiritual. Lo que sucede es que el director sabe que eso hay que prepararlo bien, construirlo sobre cimientos sólidos. Es por esto por lo que se toma su tiempo al crear los personajes y rodearles de fe, de creencias, de religión. Pero, también de fracasos, de presiones, de amor, de sufrimiento, de muerte; de todo lo que es propio de persona.
Jack (interpretado por Hunter McCracken de niño y Sean Penn de adulto) es un personaje que intenta explicarse cómo ha llegado hasta el lugar en el que se encuentra, qué ha sido lo que ha marcado su vida; intenta tener una visión absoluta del universo al que pertenece. Este personaje representa, claramente, a Terrence Malick. Un vistazo a su biografía da idea de ello. Busca entre los recuerdos, intenta conversaciones con los muertos, recorre el cosmos entero buscando algo que encontrará con muchas dificultades. Su mundo se ilumina con la figura de la madre (una espléndida Jessica Chastain). Pero se llena de tinieblas cuando aparece el recuerdo del padre (un contenido y profesional Brad Pitt que defiende un papel muy difícil con acierto). Tinieblas que se disipan cuando descubrimos la soledad y sufrimiento de ese hombre que no puede amar porque se detesta a sí mismo. El camino para que Jack pueda acomodarse y sobrevivir es duro, infinito. ¿Dónde está Dios? ¿Dónde se encuentran las personas? Luces divinas que no iluminan la falta de entendimiento de las personas, la verdad que aparece miedosa, el silencio de un Dios que todo lo puede, pero que envía moscas a las heridas que él debería curar. Un Dios enorme y un hombre enano. La limitación de la inteligencia. Y, para ello, hay que buscar en la creación. Hay que buscar respuestas a lo que sucede y en la distancia que el hombre ha tomado con respecto al mundo: ya no escuchamos a la naturaleza, la violamos a todas horas, nos hemos convertido en extraños dentro de nuestro hábitat. En una creación que Malick nos presenta desde el primer momento a través de imágenes colosales que van desde el nacimiento de una supernova hasta los primeros seres vivos, desde los primeros animales hasta su destrucción. Esa evolución del mundo en correlación perfecta con la evolución personal de cada individuo. Esa evolución que arrastramos cada uno de nosotros porque ni una sola gota de sudor se ha desperdiciado para llegar hasta aquí. Y, como colofón, la muerte del mundo, del ser humano; el pánico a desaparecer.

Malick apuesta por la creación de imágenes potentes, de imágenes que arrastran toda la poética de este autor, de imágenes que se van intercalando con otras más narrativas. La película está rodada con diferentes tipos de cámaras para conseguir que cada cosa sea exacta. Y la cámara al hombro moviéndose sin remilgos, casi con frenesí, alimentando los gestos que se convierten en expresión de un estado de ánimo muy concreto, en respuestas improbables, en algo más de lo que son. Muy impresionante el resultado que se presenta con un montaje fragmentado, como un ir y venir en el tiempo inevitable para que el sujeto pueda buscar dentro de sí, para que se pueda reconciliar con el pasado. Esa es la forma de encontrar un sentido, si es que lo hay, a la vida. La propuesta del director deja clara una cuestión: todos buscamos, es nuestra condena y nuestra grandeza. La escena final en la que cientos caminan por una playa es clara en ese sentido.
Malick utiliza hasta cuatro puntos de vista distintos. Enriquecedor sin duda en este tipo de proyectos. Pero algo confuso para un espectador que no esté dispuesto a trabajar más de la cuenta. Además, el montaje es algo reiterativo con algunas cosas (más expresivas que poéticas) que quedan claras muy pronto. Inexplicable. En ese sentido la película se estropea un poco (mínimamente). Tampoco ayuda mucho un final que se condensa y hace que los tempos se vean alterados en exceso. Media hora más de película permitiría al director evitar ese problema, pero hubiera sido demasiado. La película es lenta en su desarrollo y mucho más metraje iría contra cualquier posibilidad de éxito.
En cualquier caso, la película es estupenda. Por su fotografía, por la complejidad de la partitura que acompaña la acción, por las interpretaciones de todo el elenco, por el concepto cinematográfico del director, por lo arriesgado de la propuesta al intentar explicar el desastre de la humanidad desde ese lugar olvidado que es lo espiritual.
© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 24 2011

Detrás de las paredes: Allí siempre pasa lo mismo

Ir al cine y encontrarse con una película que ya has visto es una enorme decepción. Te dicen que es un estreno y a los treinta segundos, zas, es una que viste el año pasado, el otro, hace cinco años y un día. La han titulado de forma distinta, incluso han modificado el reparto, pero es la misma. Lo peor es que las copias o son perfectas o son desastrosas. Y suelen ser malas, malísimas copias.
Detrás de las paredes recuerda, sin duda, a la película de Alejandro Amenábar, Los otros. En su primera parte es casi idéntica. Se cuenta de forma ligeramente distinta, pero se cuenta lo mismo, exactamente lo mismo. Que se parezca tanto es una faena para todos. El espectador, por su parte, intuye desde muy pronto lo que va a ocurrir y tiene la certeza, o casi, de que está siendo estafado. En una película en la que la gracia se encuentra, precisamente, en eso, en que el espectador no sepa casi nada, esto que digo supone un desastre. Por otra parte, el guión se desinfla en la segunda escena y el director se queda sin película. Una faena. Todo el mundo perdiendo unos eurillos.
La segunda parte, cuando se resuelve el gran misterio por parte de los personajes (el espectador ya se aburre seriamente porque se lo sabe todo) la cosa cambia. A mucho peor. Los trompicones por querer llegar al final, las prisas descomunales, la falta de capacidad de fabulación del guionista, son o deberían ser causa de despido procedente. Y, claro, todo acaba con un último intento lacrimógeno. Fallido, por supuesto.
La fotografía no está mal. Alguna secuencia es notable (muy pocas). El resto es una ruina. El personaje principal es interpretado por Daniel Craig. Creo yo que, durante el rodaje, le tendrían que despertar entre toma y toma porque se le ve amodorrado y aburrido. Naomi Watts defiende un papel muy secundario. De apoyo a la trama (para que no se desmorone hasta el último ladrillo del edificio). Tampoco es muy entusiasta en su trabajo. La única que se libra es Rachel Weisz. Tal vez le echó ganas para acabar lo antes posible.
La música es aburrida. Todo es aburrido. Una copia nefasta de un millón de películas ya vistas. No se libran ni los efectos visuales. Eso le sale bien a todo el mundo con tanto ordenador suelto. Pero en Detrás de las paredes son escasos y normalitos.
La buena noticia es que pronto se proyectará en algún canal de televisión. Y eso es casi gratis.
© Del TExto: Nirek Sabal


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nov 22 2011

Mientras duermes: Objetivo desconocido

Los villanos son villanos y los héroes son héroes. Esto es algo que todo el mundo sabe y que, por mucha técnica que se le eche al asunto, poco puede variar. Contar una historia pegado a un villano no logra que el espectador (si es cine) o el lector (si es literatura) termine comprendiendo lo que un miserable puede llegar a hacer. Es más, soy de los que piensa que el efecto es justo el contrario.
Tengo la sensación de que eso es lo que ha intentado Jaume Balageró en Mientras duermes. Y no lo consigue. Entre otras cosas, porque el guión hace aguas desde muy pronto. Pasa de lo tremendo de una trama en la que el personaje principal es un loco peligroso que actúa en soledad y tomando cierta distancia, a colocar a ese mismo personaje en situaciones poco creíbles incluso si se trata de una película que juega a que las cosas más extrañas pueden pasar. Todo queda unido por un hilo muy fino que se rompe con facilidad en cuanto el espectador tira de él.
Luis Tosar está correcto. Marta Etura es desaprovechada entre sonrisa y sonrisa. Y Alberto San Juan tiene un papel menor y su actuación lo es también. Balagueró deja que hagan su trabajo aunque no dedica ni un minuto a sacar lo mejor de cada uno de ellos.
Todo lo técnico pasa desapercibido en esta película, nada es sobresaliente. Todo queda en tierra de nadie. Incluso el sentido trata de conseguirse con un final bastante facilón. Casi insultante. Es lo que suele ocurrir cuando el guión busca la sorpresa haciéndose redondo.
La película se deja ver. Algunas escenas, no lo negaré, son inquietantes. Y el ritmo con el que se presenta la trama se ajusta a lo que se necesita. Pero es tan poco lo que se dice que todo sobra.
Si la intención era que comprendiéramos a un villano, si eso era el objetivo, la película es fallida. Si, por el contrario, el objetivo era otro distinto, habrá que seguir pensando sobre la película para que el descubrimiento se produzca en el futuro. De momento, ni hay nada a la vista,
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 21 2011

La fiera de mi niña

Debe ser que me hago mayor. Últimamente no paro de repetir aquello de que determinadas cosas ya no son como antes.  Así que lo mejor va a ser no resistirse y asegurar, sin rubor, que hay determinadas películas, por ejemplo las comedias americanas, que ya no son como antes. Por eso vuelvo a estas películas que, hoy en día, podemos encontrar en  estupendas colecciones de DVD a precios más que asequibles.
Descubrí el cine de Howard Hawks en las sesiones de televisor de los domingos por la tarde y, junto a ese cine, descubrí que existen mujeres espectaculares y liantas como Katharine Hepburn, tipos pardos como Cary Grand,  y películas que son intemporales. Y todo eso se recoge en  Bringing up baby o lo que es lo mismo La fiera de mi niña.
Una comedia, en blanco y negro, que hoy puede ser considerada inocentona, pero que es, en su género,  simplemente perfecta. Y no porque lo diga yo, que lo digo, sino porque las criticas de entonces y de ahora así lo dicen también. Es  cierto que a los críticos de cine sólo hay que creerles de refilón, pero es que, en este caso, acertaron de pleno y aquella película, rodada en el año 1937, sigue manteniendo la frescura y el ritmo que, a buen seguro, tuvo en su momento.
La fiera de mi niña es una comedia de enredo, en la que los personajes interpretados por los increíbles Cary Grant, Katherine Hepburn, Charles Ruggles, y Leona Roberts entre otros, mantienen al espectador con una sonrisa permanente y en estado de alerta a la espera de una próxima calamidad.
El argumento de esta historia: dos personas se encuentran por un casual y a partir de ahí sus vidas se entrecruzan por la insistencia de una de ellas y el dejarse llevar de la otra. Todo se sucede en el corto espacio de tres días aunque al espectador no se lo parezca por lo intenso de la acción, su rápido desarrollo y la cantidad de embrollos que se suceden.
David Huxley (Cary Grant), paleontólogo de profesión está a punto de casarse con su secretaria, la Srta. Alicia Swallow (Virginia Walker).  Con motivo de su trabajo y mientras busca fondos para atender a sus investigaciones,  conoce a la excéntrica multimillonaria Susan Vance (Katharine Hepburn), mujer de armas tomar, guapa, impulsiva y absolutamente caprichosa, que  hará de su objetivo, tras conocer a Huxley, impedir que el profesor contraiga matrimonio. Para ello no dudará en desarrollar todo tipo de estrategias y líos que los pondrá a todos en una serie de situaciones absolutamente cómicas y ridículas. Entre las muchas artimañas que Susan utilizará tenemos un leopardo domesticado de nombre Baby, un hueso de brontosaurio desaparecido a manos de un perro terrier, vaporosas batas vestidas por el despistado Grant, tropiezos monumentales, roturas de smokings, caídas espectaculares, chapuzones en la piscina.
Una película tan absolutamente divertida que nadie debería dejar de ver y que es una verdadera muestra de la complicidad que en pantalla pueden mostrar actores de la talla de Grant y de Hepburn, dos artistas colosales. El absurdo por el absurdo interpretado con verdadera maestría. Una sarta de calamidades tan bien tramada e hilvanada que se ha convertido en una auténtica joya del cine clásico de Hollywood .
Muy recomendable para las frías tardes de invierno que se aproximan.
© Del Texto: Anita Noire



nov 20 2011

Un dios salvaje: Las apariencias en juego

Un nuevo trabajo de Roman Polanski -para el aficionado al cine- es como un regalo de cumpleaños. Y ese momento en el que entras a la sala de proyección para recibirlo es mágico.
La sala llena. Una espera con el murmullo general de fondo que avisa. Algo grande va a pasar. Se apagan las luces. El silencio es inmediato. El cine apesta a cine. El mundo, más que otras veces, se reduce a una butaca, a ti mismo.
Desde la primera escena, la atención se agarra a la pantalla. Y, ya presa, se deja querer por lo que Polanski cuenta, por los personajes, por cada frase que disecciona una realidad cercana que no queremos ver. Cuando aparecen los créditos finales nadie se mueve en su asiento. Parece que el tiempo no haya pasado. Excelente película. Gran cine. Polanski sigue siendo ese regalo esperado cada cierto tiempo que, raramente, hay que devolver.
Un dios salvaje es la última película de Roman Polanski. Se trata de una adaptación de la obra de Yasmina Reza que tituló Le dieu du carnage. Una obra intocable, premiadísima. Polanski la lleva al cine de forma magistral. Respetando la esencia del original (es una película muy teatral, claro) aunque haciendo el cine que él sabe hacer, el cine en el que se mueve con soltura. Dos escenas en exteriores y el resto dentro de un apartamento. Lo más lejos que se desarrolla la trama es la entrada del ascensor. Más tarde descubrimos que eso es una fantasía, que, en realidad, lo importante está sucediendo lejos de allí. Y, desde esa trama oculta, llega el sentido de la película. Al menos, buena parte de él. Cuatro personajes. Dos parejas. Un conflicto que les hace estar en el mismo lugar. Personajes que explotan desde el principio llenando la pantalla. Entre otras cosas porque los que interpretan esos papeles son Jodie Foster, Kate Winslet, Christoph Waltz y John C. Reilly. Un reparto de lujo para personajes de lujo. Jodie Foster asume su trabajo por completo. Creíble, contenida a pesar de que su personaje es indómito, vocalizando cada palabra con una perfección casi ridícula para que el espectador sepa encajar el discurso sin problemas de una mujer que, desde el principio, anuncia fricción con otros. La señora Winslet, por la que el que escribe siente y confiesa una gran admiración, deja claro porqué se la considera una de las mejores actrices del mundo. Magnífica. Su personaje se deja ver poco a poco y ella va progresando a la par. El final de la película lo llena ella solita. Christoph Waltz es el que menos despunta aunque está muy, muy bien. Su personaje evoluciona mucho (el que más lo hace de todos y que el sostiene la propuesta en pie sin fisuras), pero no permite grandes alharacas. Y lo de John C. Reilly es cosa de marcianos o algo así. Impresionante en su papel.
La apariencia y su falsedad es lo que mueve la trama. Todo lo que vemos puede ser distinto a lo que es en realidad; cualquier ingrediente puede servir para que lo oculto aparezca de forma inesperada, o no, para cambiarlo todo. Hipocresía, las formas correctas, desatarse y dejarse llevar. ¿Cómo son las relaciones humanas? ¿Qué puede ser la causa para que todo se venga abajo?
La película es divertidísima, muy inteligente. El ritmo es el preciso. Todo se acompasa por un gesto, por un detalle. Polanski cuida al máximo los movimientos de una cámara que desaparece al instante para no hacer acto de presencia nunca más. El espectador deja de notar el cine para asumir lo que ve como parte de la realidad. Los diálogos son formidables. Creo que no hay frase que se pronuncie sin un sentido claro que explique y estructure el resto. La iluminación es perfecta. La peluquería diseña la personalidad de cada personaje y su evolución. Todo es cine del bueno.
Desde luego, si va usted a ir al cine, la propuesta de Polanski es una oportunidad para disfrutar. Los jóvenes pueden ir con tranquilidad porque se lo van a pasar en grande. Y si pueden ver la película en versión original, ni se lo piensen porque merece la pena.
Qué sensación tan extraordinaria y tan auténtica produce ver una obra de esta categoría.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 19 2011

C.R.A.Z.Y.: La realidad emocionante

El cine sin emoción no es casi nada. Sea cual sea el tema tratado, sea el tipo de película que sea, en 3D o panavisión; sin emoción, el cine  deja de serlo. Y esta no tiene porqué ser un llanto descontrolado (que también); puede ser alegría, tristeza, rabia, miedo. De hecho, los que amamos el cine o cualquier manifestación artística, lo hacemos porque un día nos emocionamos por primera vez y queremos repetir tantas veces como sea posible. Queremos sentir lo que nosotros mismos no llegaríamos a sentir jamás sin la ayuda de otros.
C.R.A.Z.Y. es una excelente película firmada por Jean-Marc Vallée. Cuenta la infancia, la adolescencia y parte de la juventud de un personaje, Zachary Beaulieu, que se pasa toda su vida escapando de sí mismo para sentirse integrado en la familia. Hasta que deja de hacerlo, claro. Desde muy pequeño es un fenomenal candidato a ser gay entre hermanos deportistas, duros y alocados. La trama es muy divertida, muy emocionante, muy ágil en su ritmo. Es una película que da gusto ver. Pero no por ser entretenida. No, que va. Da gusto verla porque cada secuencia te lleva hasta territorios poco transitados que te remueven la conciencia. Las preguntas aparecen como por arte de magia y las contestaciones te van pegando a los personajes. Porque todos los personajes tienen una razón para ser como son aunque el resto de la humanidad no lo entienda. Me quedo con un diálogo, espléndido, que mantienen padre e hijo, que viene a ser algo así como que el padre le dice a su hijo que no puede aceptar su condición sexual porque se perdería lo mejor de la vida: tener hijos. Es decir, no te acepto aunque eres lo mejor que me ha pasado. ¿Es esto posible? se pregunta el espectador. ¿Que haría yo en estas circunstancias? se pregunta el espectador. Todo son preguntas, todo son justificaciones desde la butaca. Todo es emocionante y muy desconcertante. La realidad lo es. Y esta película indaga en zonas muy complejas de ella, con mucho humor, pero indaga.
La banda sonora de la película -esa es otra de sus grandezas- es formidable. Con la base del tema Crazy de Patsy Cline, escuchamos a Los Rolling Stones, Charles Aznavour o a David Bowie. Vemos cómo los personajes evolucionan al ritmo de la partitura y sus vidas se van encuadrando en un momento concreto en el que la música no puede ser otra distinta. La imitación de Bowie que hace Zachary (Marc-André Grondin) en su habitación es magnífica.
Pero es que la fotografía de Pierre Mignot o el vestuario de Ginette Magny son perfectos. Todo en esta película termina siendo lo que necesita la historia, los personajes.
El trabajo de Jean-Marc Vallée con los actores se deja notar desde el primer minuto. Todos defienden sus papeles con entusiasmo. Todos, por poco que participen, saben que están haciendo un trabajo concreto, no para lucirse, sino para que el personaje que arrastra la carga expresiva aparezca iluminado por los demás. Michel Côté (es el padre de la familia) y Danielle Proux (la madre) hacen un trabajo soberbio en este sentido dando una lección de generosidad con respecto al proyecto. Además, Vallée, mueve la cámara con acierto, centrando el foco en el lugar preciso. Casi siempre muy pegada al personaje principal que narra y aporta su punto de vista de principio a fin. E introduce efectos visuales que imprimen un ritmo a la película tan vivo como cada uno de sus personajes. También algún efecto especial que recuerda mucho a Hair de Milos Forman.
C.R.A.Z.Y. es una película emocionante, es buen cine, es una clase magistral de narrativa cinematográfica, es divertida y honda. Nadie puede aburrirse con algo así. Nadie sale ileso de algo así. Preguntarse por cómo ves el mundo es un trabajo difícil y doloroso. Aunque te rías por el camino, aunque finjas que la cosa no va contigo.
C.R.A.Z.Y. es una película que puede, que debe, verse en familia. Allí estamos todos, allí podemos hacernos una idea de lo que somos o a lo que nos parecemos. Los tabús, las tristezas o las alegrías de cualquier familia. Allí está la realidad emocionante que representa una película de cine.
© Del Texto: Nirek Sabal.



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nov 18 2011

El corazón del ángel

Las cosas del demonio son siempre inquietantes. Las cosas de los detectives privados, bien contadas, son fascinantes. Unir ambos escenarios en uno solo y hacerlo con acierto es un reto que puede terminar siendo un producto de lo más atractivo.
El corazón del ángel es eso. Una historia en la que se investiga el mal y enseña el único camino que existe para lograrlo: estar dentro. Si no es desde el mismísimo infierno nada se puede saber de él.
Se trata de una buena película, una película que no es apta para aquellos a los que la sangre y el asunto demoniaco les desagrade especialmente, una película que deja un sabor de boca desagradable. Además de esto (casi todo lo oscuro, teniendo un poquito de gracia al contarlo, produce el mismo efecto), El Corazón del ángel tiene algunas cosas muy buenas. Por ejemplo, el guión está bien diseñado y su autor es bastante honesto. Las trampas argumentales son mínimas. Un espectador atento puede intuir desde el principio qué es lo que sucede sin convertir en previsible la trama. Evidentemente, un segundo visionado de la película pierde mucha emoción. Otro ejemplo de cosas buenas es la actuación de Mickey Rourke. Está muy bien en su papel. Y, además, el vestuario, el maquillaje y la peluquería casan a la perfección. Por su parte, Robert DeNiro (aunque en un papel menor) llena la pantalla con una sonrisa miedosa y una actitud muy lograda desde el punto de vista interpretativo. Alan Parker, el director, hizo un trabajo magnífico en la dirección de actores. No sólo con Rourke y DeNiro. Lisa Bonet (algo sosita) y Charlotte Rampling se mueven con gracia y cumplen bien. Más cosas buenas. Por ejemplo, la cuidadísima partitura de Trevor Jones y los temas elegidos para completar el trabajo musical. Girl of my dreams, Honey Man Blues o Sunny Land son algunos ejemplos de ello. Cada escena se acompaña por la música más apropiada. Y los matices de la imagen son una maravilla. Aunque sólo fuera por escuchar buen jazz (casi todo blues) merecería la pena ver El corazón del ángel.
Sería una pena hablar de la trama teniendo que desvelar algo de ella. Por tanto, me voy a resistir a la tentación. Sólo diré que, a pesar de un final que se resuelve entre algún atropello que otro, la estructura resiste muy bien la carga expresiva y narrativa. La película es adaptación de una novela firmada por William Hjortsberg que tituló Falling Angel.
En cualquier caso, lo que si se puede decir es que, terminada la película, el espectador se queda con los pelos de punta por muchas razones. El Lucifer de DeNiro es inquietante; las muertes horrorosas; el mundo un poco más oscuro. Con algo de miedo en el cuerpo, vaya. Y sin muchas ganas de comer huevos duros. Ya saben que para muchas religiones representan el alma humana (el personaje ya se encarga de recordarlo). Almas y diablos es mala cosa para la tranquilidad personal.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 17 2011

Un final made in Hollywood: Lo mejor de lo peor

La peor de las películas de Woody Allen tiene más cine en una sola secuencia que cien baratijas de las que nos sueltan por las salas de proyección últimamente.
Es verdad que Un final made in Hollywood es una obra menor dentro de la filmografía de Allen. Ni tiene el carisma de otros trabajos, ni es un guión bien rematado (el final se precipita entre justificaciones algo incoherentes). Los diálogos son más planos que otras veces aunque algunos son, muy, muy divertidos. Y el reparto se defiende bien aunque sin grandes alharacas por su parte.
Pero Allen sabe de esto. Cada cosa que hace sobresale sobre los demás. En Un final made in Hollywood, Allen busca una comedia ligera en la que deja clara su postura respecto al mundo del cine; lo inexplicable de ser poco entendido en su país de origen y aclamado en Europa; la mirada absurda del mercado cinematográfico (por eso la ceguera del personaje) que sólo busca taquilla y grandes números siendo estéril por completo. Y, cómo no, todo se soporta sobre las relaciones de pareja y su propia hipocondria sumada a una clara propensión a la inestabilidad emocional. Todo es una burla y un enorme disparate.
Tea Leoni es, con seguridad, la que mejor hace las cosas. Además, se la ve guapa de verdad. Radiante (el fotógrafo logra un trabajo espectacular). Aunque Debra Messing, Treat Williams, George Hamilton o Mark Ridell están más que correctos. El propio Allen, en su línea, se fabrica un papel a la medida y funciona de maravilla (atiendan a la escena en la que su personaje, Val Waxman, cae desde el decorado al suelo; es delirante y divertidísima).
No es lo mejor de Allen, pero si tomásemos de un sombrero cien papelitos al azar con el nombre de películas y una de ellas fuera Un final made in Hollywood, es posible que fuera de las mejores.
© Del Texto: Niek Sabal


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nov 16 2011

El viento nos llevará: El mundo entero en un rato

Hay películas en las que parece que no pasa nada. La trama es eso que conocemos como lentita, las imágenes parecen sosas y vacías, los diálogos llegan a sonar superficiales. Todo parece que pasa sin remedio, que el espacio que nos separa de la pantalla nunca podrá recorrerlo nadie. Pero, sin embargo, allí estamos sentados, sin pestañear; interesados en esa falta de movimiento; en ese parón que sufre el mundo durante hora y media. Porque en la pantalla sucede eso que todos los días vivimos en el mundo; porque apreciamos que la realidad se mueve al ritmo que ella marca. La cadencia de la vida ni siquiera la marca el reloj. Mirar la imagen del mundo que llega desde la lírica nos paraliza porque sentimos que la equivocación de nuestra mirada es peligrosa, mortal.
Abbas Kiarostami es un director importante. De mirada original, repetitiva, meticulosa. Lo que debería ser la mirada de cualquier ser humano. No juega a contar historias alejadas del objetivo único del relato que no es otro que explicar el mundo. Se arrima a un pequeño trazo de la realidad y ordena la totalidad de un cosmos desconocido y, sobre todo, mal interpretado. Abbas Kiarostami es un director que podrá gustar mucho o poco, pero es un tipo que sabe lo que hace.
El viento nos llevará es una de sus películas. Excelente. Para muchos aburrida e insoportable. Para muchos la muestra patente de que puede hacer cine (buen cine) sin grandes presupuestos, sin tramas espectaculares o un reparto estratosférico.
La película se desarrolla entre todo un conjunto de elementos contrapuestos. La modernidad llegada a Siah Dareh (kurditán iraní) desde occidente enfrentado a un ambiente rural y arcaico. Las bondades de la naturaleza frente al error continuo de los aparatos modernos. Las carreras, las prisas frente al paso del tiempo que, aunque lento, es continuo. La imposibilidad de retratar la realidad a pesar de intentar modificarla artificialmente porque esa realidad tiene sus propias reglas y son eternas.
Un grupo de rodaje llega al pueblo para grabar el rito funerario propio de esa zona y creencia. Una mujer está a punto de morir aunque parece que nunca llega el momento. El realizador corre de un lado a otro intentando imprimir una velocidad al mundo que nunca alcanzará. Salvo que el mundo así lo quiera no hay nada que hacer. Nunca veremos a su equipo condenado a estar fuera de foco como buena parte de lo que ocurre -por ejemplo, la anciana moribunda o el rostro de la muchacha que vive en el sótano de su casa. Porque el mundo es tal cual. Aunque lo deseemos no podremos mostrar lo que quiere mantenerse oculto o lo que se nos resiste sea por lo que sea, sea lo que sea. Un niño, una vecina que da a luz niños sin inmutarse, el médico que no quiere especializarse para no limitar su campo y poder atender a cualquiera (este es el sabio que el director enseña en todas sus películas disfrazado de lo que toque), serán, todos ellos, compañeros de viaje del realizador. Este se enfada con casi todo, pero, finalmente, acepta las cosas como son; entiende el poema que él mismo recita y que termina con el verso que da nombre a la película. El viento nos llevará consigo. Entiende que la vida es un momento, es efímera; que el tiempo no para y nos llevará a todos sin excepción (la escena final lo resume muy bien cuando el protagonista lanza un hueso encontrado en el cementerio al río y este lo lleva a no sabemos dónde). Pero para ello hay que esperar. Es la espera lo que da el entendimineto. Es la espera el tema de la película. El poema de Forough Farrokzad es este:
En mi pequeña noche
¡Ay!
El viento tiene una cita con las hojas de los árboles
En mi pequeña noche
Amenaza la ruina
¡Escucha¡
¿Oyes la corriente de las tinieblas?
Yo miro distante esta felicidad
Apegada estoy a mi desesperanza
¡Escucha!
¿Oyes la corriente de las tinieblas?
Algo atraviesa la noche
La luna está roja y agitada
Y sobre este techo que a cada instante parece derrumbarse
Las nubes aguardan enlutadas
A derramar sus lágrimas
Un instante.
Y después nada
Detrás de esta ventana tiembla la noche
Y la tierra deja de girar
Detrás de esta ventana algo desconocido
Esta pendiente de nosotros
¡Ah!, tú, verde, todo verde,
Pon tus manos como un recuerdo encendido
En mis manos amantes
Y como un cálido sentimiento de existencia
Confía tus labios a las caricias de mis amantes labios
El viento nos llevará consigo
Kiorastami se apoya en las repeticiones para dejar claro que el mundo puede pasarse si quiere, puede hacerlo a pesar de los deseos de cada individuo. Repetición de secuencias en las que sólo cambia un detalle, planos fijos que congelan una acción muy lenta. Y se apoya en los colores del campo, en los insectos, en pequeños detalles. La naturaleza es la reina de la película. Frente a ella teléfonos y vehículos que no funcionan bien ni cuando deben hacerlo. De todo ello, de esa imposibilidad de captar la realidad como no es, nos deja esta película, un excelente ejemplo de buen cine, de un lenguaje poético construido sobre lo cotidiano.
Es mejor ver la película en versión original. Con la traducción pierde mucho. Además, es igual lo que digan los personajes. Es el mundo el que habla y ese lenguaje lo entiende cualquiera. Presten atención, eso sí, al discurso que tiene el médico. Es fantástico. Y disfruten la fotografía.
© Del texto: Nirek Sabal


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