Darkness: El poder del mal

Tengo serios problemas para seguir en la línea terrorífica del blog. Las dosis de lexatines y otros tranquilizantes no mitigan un ápice la angustia que siento cada vez tengo que visionar la película sobre que les voy a hablar porque, aunque no se lo crean, antes de escribir sobre una película en particular, la que suscribe la ve, o la vuelve a ver, según sea el caso.  La tensión, con esta semana del terror, me está matando. Soy incapaz de meterme en lugar cerrado, a oscuras y sin saber quién es el tipo que tengo sentado a mi izquierda o a mi derecha, para ver una película de miedo. Tengo la sensación de que en cualquier momento, lo que está sucediendo en la pantalla se acabará convirtiendo en un cuento de hadas en comparación con la matanza, de mi persona principalmente, que ocurrirá en la sala de cine.
Por eso, antes de sentarme en la butaca, esta vez de mi casa, la ingesta de una buena dosis de ansiolíticos ha sido apoteósica, creo que si no hubiera sido de esa manera no hubiera soportado el visionado completo de Darkness.
No soy una entusiasta del género, pero pese a la ansiedad a la que me ha arrastrado, he podido disfrutar de esta película que dirigió, hace ya varios años,  Jaume Balagueró (por el que siento un gran aprecio personal, alejado de focos y esas cosas). Puede que la película tire de los tópicos más tópicos del cine de terror: una casa encantada con la estética decadente del siglo XIX,  una madre aparentemente  odiosa (Lena Olin), una niña más lista que el hambre (Anna Paquin), un niño muerto de miedo (Stephan Enquist) y un padre traumatizado (Iain Glenn) en su infancia. Y pululando cerca de ellos, un padre más rarito que un perro verde, y el novio de la chica, muy bien dispuesto para acompañar a lo que sea (Fele Martínez). Eclipses esperados,  niños muertos, planes malvados y el mal que no se ve, pero que está. Pero esta la utilización de los tópicos en este caso resultan, lográn el efecto buscado que no es otro que el de mantenernos en tensión a lo largo de los cien minutos que mide la película. La atmósfera opresiva está presente durante toda la película, los sustos colocados donde deben y la música exquisitamente elaborada para la ocasión. Una película que va creciendo a lo largo de los minutos para llegar a un final que bien merece la pena.
He sentido un miedo irracional a la oscuridad, a caer engullida en la misma tenebrosa oscuridad con la que los protagonistas tropiezan y de la que sólo un acto de amor podría librarles. Y puede, sólo puede, no lo sé, que la bondad de esta película radique en eso precisamente, en que sea algo inmaterial que siempre llega (la oscuridad) lo que nos tenga sufriendo. Una oscuridad, una nada que, al final, ni la bondad, ni el amor la va a poder parar, porque esa oscuridad es precisamente el mal. Y el mal, que todo lo puede, es lo que transforma en terrorífica la realidad. Ese es el mensaje de la película. Por eso, todo lo demás, los personajes que por ahí  transitan con sus pacedimientos, se convierten en meros accidentes para mostrarnos que contra el mal nada se puede
Todo está perdido frente al mal, frente a la oscuridad y yo, aquí sigo, clavada en la butaca, muerta de miedo y cruzando los dedos para que esta noche de tormenta no se vaya la luz.
© Del Texto: Anita Noire


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