oct 27 2011

Darkness: El poder del mal

Tengo serios problemas para seguir en la línea terrorífica del blog. Las dosis de lexatines y otros tranquilizantes no mitigan un ápice la angustia que siento cada vez tengo que visionar la película sobre que les voy a hablar porque, aunque no se lo crean, antes de escribir sobre una película en particular, la que suscribe la ve, o la vuelve a ver, según sea el caso.  La tensión, con esta semana del terror, me está matando. Soy incapaz de meterme en lugar cerrado, a oscuras y sin saber quién es el tipo que tengo sentado a mi izquierda o a mi derecha, para ver una película de miedo. Tengo la sensación de que en cualquier momento, lo que está sucediendo en la pantalla se acabará convirtiendo en un cuento de hadas en comparación con la matanza, de mi persona principalmente, que ocurrirá en la sala de cine.
Por eso, antes de sentarme en la butaca, esta vez de mi casa, la ingesta de una buena dosis de ansiolíticos ha sido apoteósica, creo que si no hubiera sido de esa manera no hubiera soportado el visionado completo de Darkness.
No soy una entusiasta del género, pero pese a la ansiedad a la que me ha arrastrado, he podido disfrutar de esta película que dirigió, hace ya varios años,  Jaume Balagueró (por el que siento un gran aprecio personal, alejado de focos y esas cosas). Puede que la película tire de los tópicos más tópicos del cine de terror: una casa encantada con la estética decadente del siglo XIX,  una madre aparentemente  odiosa (Lena Olin), una niña más lista que el hambre (Anna Paquin), un niño muerto de miedo (Stephan Enquist) y un padre traumatizado (Iain Glenn) en su infancia. Y pululando cerca de ellos, un padre más rarito que un perro verde, y el novio de la chica, muy bien dispuesto para acompañar a lo que sea (Fele Martínez). Eclipses esperados,  niños muertos, planes malvados y el mal que no se ve, pero que está. Pero esta la utilización de los tópicos en este caso resultan, lográn el efecto buscado que no es otro que el de mantenernos en tensión a lo largo de los cien minutos que mide la película. La atmósfera opresiva está presente durante toda la película, los sustos colocados donde deben y la música exquisitamente elaborada para la ocasión. Una película que va creciendo a lo largo de los minutos para llegar a un final que bien merece la pena.
He sentido un miedo irracional a la oscuridad, a caer engullida en la misma tenebrosa oscuridad con la que los protagonistas tropiezan y de la que sólo un acto de amor podría librarles. Y puede, sólo puede, no lo sé, que la bondad de esta película radique en eso precisamente, en que sea algo inmaterial que siempre llega (la oscuridad) lo que nos tenga sufriendo. Una oscuridad, una nada que, al final, ni la bondad, ni el amor la va a poder parar, porque esa oscuridad es precisamente el mal. Y el mal, que todo lo puede, es lo que transforma en terrorífica la realidad. Ese es el mensaje de la película. Por eso, todo lo demás, los personajes que por ahí  transitan con sus pacedimientos, se convierten en meros accidentes para mostrarnos que contra el mal nada se puede
Todo está perdido frente al mal, frente a la oscuridad y yo, aquí sigo, clavada en la butaca, muerta de miedo y cruzando los dedos para que esta noche de tormenta no se vaya la luz.
© Del Texto: Anita Noire


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oct 27 2011

Bambi: Terror en el cuerpo

Terror (Del lat. terror, -ōris), según el diccionario de la Real Academia Española significa, entre otras cosas, miedo muy intenso.
Si hablamos de Bambi, la película de Walt Disney, podemos afirmar que lo hacemos sobre uno de los grandes clásicos del cine de terror. Disney ha sido, casi con seguridad, uno de los seres humanos que más ha aterrorizado a los niños del planeta tierra con sus trabajos. Brujas horribles, incendios destructores, madres y padres muertos en circunstancias atroces. Todo lo que uno puede llegar a imaginar en esa zona oscura del ser humano. Es verdad que alternaba el puto horror con alguna cosita más agradable y que los finales eran felices, pero el rato que hacía pasar a los niños este psicópata son inolvidables para todo el que tiene un mínimo de memoria y de sensibilidad. Hagan memoria. ¿Cuándo lloró usted en el cine siendo niño? Hay que joderse; ir al cine siendo una criatura y que te destrocen la tarde o, a los más sensibles, la infancia.
Bambi es un clásico del cine de terror. Asistimos a la muerte de su mamá, al ataque de una jauría en pleno incendio del bosque en el que vive Bambi que casi se lleva por delante a todo bicho viviente (jauría e incendio), a la soledad de un cervatillo con voz de pito que se tiene que buscar una vida de futuro incierto. Viendo esto no se libran de un soponcio ni padres ni hijos. Además, la película se llena de detalles tremendos. ¿Recuerdan a Tambor? Hay millones de muñecos de peluche con la forma de Tambor en los hogares de este mundo. Una ricura de conejo ¿verdad? Tambor era un mamón. Cuando nace nuestro protagonista le recibe llamándole torpe y riéndose de él cuando se cae intentando aprender a desplazarse por sí mismo. Por si era poco, lleva al cervatillo hasta un lago helado (Tambor es un patinador de primera categoría) en el que se mete castañas por doquier (el cervatillo) y termina hecho un ocho. Pero no queda ahí la cosa. No, Disney era mucho más retorcido que todo eso. Tambor conoce a una coneja y se va sin decir adiós. Maravillosa enseñanza para los niños. Tus amigos son unos mierdas o pasa de tus amigos que es más importante tu propio destino. Por cierto, volvemos a ver a Tambor rodeado de varios conejitos. Sus conejitos.
Además del miedo atroz que provoca esta película, hay un aspecto indignante. El papel de cervatillas, mofetillas y conejillas. Observen su coquetería, su atrevimiento, casi la agresividad que muestran para llevarse al huerto a cervatillos, mofetillos (¿?) y conejillos. Y lo desahogadas que son todas ante un mundo horrible. ¿Han pensado que hay muchas más brujas o hermanastras que villanos? A este tío le pasaba algo con las mujeres. Se lo digo yo.
Una de las escenas más terroríficas de la historia del cine es la que nos muestra el bosque ardiendo (eso parece el fin del mundo) y los animales corriendo, intentando salvarse. Espeluznante. Pero, en general, la película es eso, el puto horror hecho realidad. Y la letra de las canciones es, no sé cómo decirlo, tengo dudas, no tengo palabras… ¿extravagantemente horteras? En fin, entre unas cosas y otras, mejor no pensar en esto antes de dormir.
Si su hijo ve Bambi y llora siéntase culpable. ¿A quién se le ocurre, joder?
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 27 2011

Las mil y una noches: Millones de sueños

Los sueños pueden llevar a engaño. La verdad completa no está en un sueño, sino en muchos.
Este mar de moralejas exaltadoras del sexo libre de una belleza casi infantil sin escondite para homosexuales ni prejuicios, censuradoras de hipocresías burguesas y criterios sociales y la fascinación por la muerte que obsesionaban a Pasolini predomina en esta película que, más que erótica yo definiría como onírica y que, mediante la historia principal del joven que busca desesperadamente a su esclava, se entretejen otras, sentenciadoras siempre, dónde la máxima radica en un inevitable destino cayendo siempre sobre los personajes y unas lecciones rotundas y directas hacia el corazón humano.
Lo profundo de lo subterráneo, sea en la orilla del mar bajo el peñón de una isla, en la calma del oasis bajo el polvo del desierto, en palacios dorados bajo piedrecitas brillantes, tiendas y azoteas orientales bajo toldos chill-out o moradas pueblerinas bajo estrellas fugaces, sale a la luz sin posibilidad alguna de salvación ni indulto cumpliendo con su función de alianza con el destino sin más cómplice que el encanto, la belleza y el misterio que Pasolini hace de jóvenes asesinando a otros peor predestinados, ladrones del mismo plato de arroz crucificados en idénticas cruces, monjas violadoras soñando con secuestrar en cestas volantes a impúberes aprendices, desesperados y asqueados de su suerte cruzando a solas un desierto que se arrodillan delante de leones gigantes y les piden un fin, la muerte, el que sea. Leones gigantes selectos en almuerzo que sortean devorarse a unos y cumplir los deseos más vitales de otros.
Los cuentos viejos que escuché de mi padre, también viejo, en su cama gigante y vieja de casi dos metros, y que sigo escuchando ahora en mi cama de 1,35, los sueños viejos que padecí en mi infancia y que sigo padeciendo ahora, toda la fábula vieja que quedó archivada en mi memoria y que yo sigo alimentando como una herencia exquisita e imperdible, significa esta película para mí.
Las mil y una noches, cuando la verdad completa está en muchos sueños.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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