El exorcista: El miedo tras el adiós a la fe

Mi propensión a hablar en sueños, a las pesadillas y a los terrores nocturnos viene de mi infancia, cuando padecía de cierto sonambulismo que no afectaba en nada a mi vida normal, pero que me avergonzaba mucho cada vez que despertaba en mitad de la habitación de mis padres haciendo preguntas idiotas, encendiendo luces y demás desvaríos.
Ya de adulta la cosa empezó a preocuparme. Todas las personas que, alguna vez, durmieron conmigo en todos estos años coincidieron en que mis discursos nocturnos resultaban completamente incomprensibles, siempre en un idioma extranjero sin identificar y, a veces, acompañados de unos cánticos esotéricos y demoníacos.
Pero cuando me asusté de verdad fue hace poco al volver a ver El exorcista, cuando el padre Karras, psiquiatra y director espiritual de un seminario en Georgetown, explicaba a la desesperada madre de Reagan los síntomas de una verdadera posesión demoníaca, aquellos que exige la iglesia para la práctica de un exorcismo y los mismos que yo sufría. Claro que, el caso de Reagan resultaba bastante evidente por las manifestaciones físicas y vomitivas, que, en mi opinión, se podrían haber ahorrado. Como dijo el crítico de cine Roger Ebert, de puro espanto, cuando confesó haber perdido la fe en la humanidad: ¿Se ha vuelto la gente tan insensible que necesita películas de tal intensidad para poder llegar a sentir algo?
Yo creo que el horror que nos produce la falta de fe, en la humanidad, la religión, o lo que sea en lo que tengamos fe, nos asusta más que los extraterrestres de antenas verdes o los psicópatas provistos de katanas tras las cortinas. El miedo a perder el mundo seguro en el que vivimos está ahí, en nuestro más inmediato entorno, escondido durante mucho tiempo dónde menos lo esperamos.
El miedo del padre Merrin en las excavaciones arqueológicas de Irak, cuando encuentra las cabezas cortadas de unas estatuas siniestras, mientras una jauría de perros rabiosos se atacan como en una lucha entre el bien y el mal, el vaivén y la crisis de fe del padre Karras debido a la culpabilidad por la muerte de su madre, que lo mantienen paralizado hasta el momento en que vence al diablo, no a través de Reagan sino a través de sus demonios internos segundos antes de salir disparado por la ventana, o el terror de la madre de Reagan ante la arrogancia de los médicos y la irrupción de esa fuerza irresistible que pudo con todo lo inamovible.
Días más tarde de revisar la película indagué en internet sobre mis misteriosos discursos nocturnos con la ilusión de encontrar alguna respuesta excitante, secreta, algo totalmente paranormal y científicamente inexplicable. Sin embargo, mi chasco fue absoluto cuando leí que sólo era un simple trastorno del sueño llamado somniloquio, que ni siquiera es considerado una enfermedad, y que es provocado por cosas tan vulgares como las sustancias psicoactivas, la fiebre, la sobreexcitación o el estrés emocional, y que, encima, se trata de un trastorno infantil que solo se da en el 5% de los adultos. Me contenté pensando en que hace mucho tiempo que perdí la fe en Internet y luego empecé a escribir una serie de dibujos animados titulada Angelita y Angelito. Me reí mucho.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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