Brokeback Mountain: La soledad demoledora

Narrar es arriesgar. Sin esa apuesta por parte del autor cualquier forma de contar se queda a medio camino. Y no se trata de arriesgar dinero, ni la capacidad para utilizar alardes técnicos espectaculares, ni se trata de elegir temas o historias polémicos. No, eso es montar escándalos o intentarlo. Arriesgar tiene que ver con el autor. Poner en juego la visión propia de la realidad, lo que sabe, lo que desconoce, lo que dice o lo que calla, su zona más íntima con el fin de construir un mundo de ficción que se pueda sumar a la realidad para formar parte de ella. Sin esta premisa no hay nada que hacer puesto que lo contado se vacía por los cuatro costados.
Esto es lo que hace Ang Lee. Arriesgar. Y, de paso, lo hace utilizando un vehículo cargado de polémica, de zonas claras y oscuras. En Brokeback Mountain logra presentar una propuesta perfecta. La soledad como tema principal. La homosexualidad como vehículo. Dos actores que llenan la pantalla de forma clamorosa. Secundarios que hacen su trabajo con solvencia. Unas localizaciones exteriores que iluminan a los personajes desde el principio hasta el final. Un montaje que hace correr el tiempo con precisión (el tiempo histórico es una vida entera; el tiempo narrativo se ajusta como un guante al histórico para que la trama se resuelva en dos horas; el resultado es un instante que esboza a los personajes). Todo hace de la película una extraordinaria muestra de lo que es el buen cine. Acompaña la excelente partitura de Gustavo Santaolalla con discreción aunque resulta inolvidable.
La propuesta de Ang Lee es arriesgada aunque lo es menos rodeándose de un guión magnífico (Larry McMurtry y Diana Ossana fueron los encargados de adaptar el relato original de Annie Proulx) en el que conviven Ennis del Mar (un enorme Heath Ledger) y Jack Twist (un entregado y trabajador Jake Gyllenhaal). La forma de defender de ambos es una delicia. Sobresale Ledger, pero para ser justos hay que decir que el personaje que encarna es mucho más importante que el de su compañero de reparto. Ennis del Mar ancla la película a su último sentido que no es otro que el de explicar la soledad desde el fracaso. Magníficos ambos actores.
La trama comienza en Wyoming durante el año 1963. Alguien podría pensar que la historia que cuenta la película es el resumen de una historia de amor entre dos hombres. Y es justo todo lo contrario. Es la historia de un amor que no lo fue y que destroza la vida de los protagonistas. Porque en Brokeback Mountain (y esto sirve para la película y para los escenarios elegidos) no hay sitio para eso. Nada puede sobrevivir al mundo, nada que no sea lo que está dentro de la rueda absurda y arrasadora de la vida estándar tiene el más mínimo futuro. Cuenta cómo se conocen, la primera pasión, la separación eterna que sólo se anula (de vez en cuando) regresando a las montañas en las que ellos pueden dejar de fingir. Matrimonios, hijos, vidas aparentemente construidas con lo que la sociedad hipócrita y puritana reclama como decente. Una historia atroz. Y todo rodeado de una estética de vaqueros duros cercana al western que hace más lejana aún cualquier tipo de esperanza. ¿Dos homosexuales haciendo rodeos y cuidando del ganado a 10º bajo cero? Eso no encaja. Lee lo sabe y mide cada detalle.
Brokeback Mountain es algo predecible. Pero lo que es nefasto en otras obras en esta se convierte en una ventaja. Porque hace coherente el planteamiento. Nada puede acabar bien. Lee consigue en su montaje que sepamos que algo va a pasar, pero no cómo ni cuándo. La magia de usar bien los tiempos y los tempos.
Es una película difícil de digerir. No por esa relación homosexual tan explícita y tan apasionada en pantalla. Es el dolor que rebosa lo que la convierte en una prueba para el espectador que se sienta pensando en sus reparos con respecto a la homosexualidad y se encuentra con su propia soledad. Con la de todos.
Desde luego, la película es una obra de arte. Merece la pena echar un vistazo y disfrutar de ella.
© Del Texto: Nirek Sabal


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