Amor y otras drogas: La mente en blanco

Hay cinco o seis temas sobre los que se estructuran todas las narraciones que existen. Se han repetido sin cesar desde que el hombre se dedica a ordenar la realidad a través del relato. Es decir, todas las películas hablan de los mismos asuntos. Con mayor o menos fortuna, profundizando o no en el tema elegido, utilizando un género u otro, pero con el asunto que se quiere ventilar elegido entre media docena.
Y hay tópicos que sirven de vehículo para poder contar. De estos hay muchos más. Por eso vemos, cada año, películas que se parecen tanto a las anteriores; películas que nos sabemos de memoria porque transitan los mismos territorios que las anteriores.
Amor y otras drogas es una comedia romántica que no indaga en lo que es el amor; tan sólo se limita a vivir a su costa. Amor y otras drogas es una película previsible y contada mil y pico de veces. Es una película que se construye desde los tópicos que se dan en el amor, desde los tópicos que hacen (o intentar hacer) de una historia algo divertido y casi disparatado, desde los tópicos del final feliz que merece cualquier ser humano enamorado. No le falta ni uno solo. Tópicos, digo. Enamorados hay dos nada más. Es una película que trata de encontrar en la lágrima fácil una posible salida aunque no la termina de ver (ni el espectador ni el que hizo la película) puesto que la emoción es sensiblera y baratucha.
Amor y otras drogas se deja ver. Si el objetivo es olvidar los problemas y tragarse lo que sea, se deja ver. Uno sonríe tres o cuatro veces y poco más, pero no hay mejor manera de perder el tiempo que escuchando o viendo una historia.
Jake Gyllenhaal hace de él y Anne Hathaway de ella. En este tipo de película se puede decir poco más de actores y personajes. Él tiene algunos ratos divertidos. Ella hace un papel bastante sosito y cuando quiere entrar en el terreno más trágico queda poco creíble la cosa.
Y se puede decir poco más. Que la tesis manejada es que el amor es la droga más potente que se conoce. Que el amor lo puede todo, que es capaz de soportar lo insoportable, la mayor de las tragedias. Y que nos pongamos como nos pongamos no podemos escapar de ese amor mientras sea puro y verdadero. Ya ven que es lo mismo que defendía Homero hace unos añitos.
La película se vacía de sentido por los cuatro costados en el momento en que el espectador decide pensar sobre lo que le están contando. Su superficialidad es alarmante. Pero se deja ver si dejamos la mente en blanco y estamos dispuestos a tragarnos lo que nos echen.
Cuando no tenga nada que hacer, incluyendo eso de pensar, siéntese y mire la pantalla. Pero si quiere cambiar eso por un buen libro o cocinar, no se lo piense.
© Del Texto: Nirek Sabal


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