F FOR FAKE (Fraude): Los mecanismos de la fascinación

Reme, una intima amiga de mi madre, tiene una hermana, la Antoñita, que se fue a Ibiza en los 70 y allí se quedó.
Cuando Antoñita venía a Sevilla, mi madre siempre quedaba con ella y yo siempre quería acompañarla a verla.
Antoñita era lo más cool que te podías echar a la cara: vestía ad-lib, fumaba en boquilla y bebía gin-tonics en las terrazas de las cafeterías.
Sublime.
Me he acordado de ella porque esta tarde su imagen se me esfuma y aparece, en su lugar, la de Oja Kodar.
Decía Baudrillard que “el mundo entero ya no es real, sino que pertenece a la categoría de lo hiperreal y de la simulación. No se trata ya de interpretar falsamente la realidad sino de ocultar que la realidad ya no es necesaria.”
Así que tenemos que Baudrillard, el filósofo y crítico de la postmodernidad y el postestructuralismo, decía esto y lo hacía en 1978.
Más.
Decía Truffaut que siempre había preferido el reflejo de la vida a la vida misma.
Picasso decía que el también podía pintar falsos Picassos, como todo el mundo.
Decía Satie que él se llamaba Erik Satie, como todo el mundo.
Oscar Wilde decía que la mentira, es decir, el relato de las bellas cosas falsas, constituye el fin mismo del arte.
Esta mañana le he hecho una foto a mi madre con un broche que pone quiero ser Duchamp. Mi madre ha posado impertérrita y ha dicho que el broche era muy bonito.
Clifford Irving, aquel escritor que se inventó enterita la biografía de Howard Hugues, (pasando por ello una temporada a la sombra) y que escribió la biografía de Elmyr de Hory, el mayor falsificador de obras de arte de nuestro tiempo, señalaba que lo primero que se ha de distinguir cuando se habla de la calidad genuina de un cuadro, no es si éste es auténtico o una falsificación, sino si es una buena o mala falsificación.
Hace unos días impartía una mesa de trabajo en la Universidad de Sevilla sobre el fraude como actitud artística válida, incluso como disciplina.
Deambulando por la ciudad con el equipo de dicha mesa, nos encontramos con la boda de la Duquesa de Alba (en Sevilla, a poco que salgas, pasan estas cosas). Allí nos reímos mucho con unas amigas que, vestidas con un estilo goyesco-punk, vendían unos preciosos alfileres con la cara de dicha señora.
Un asunto apasionante –el fraude, y también apasionante la que estaban liando mis amigas en un acontecimiento fake pero de otro estilo- del que no se puede sino decir que pertenece a aquellos mecanismos de la fascinación con los que Resnais definía El verano pasado en Marienbad.
Más exactamente lo definía como un documental sobre estos mecanismos.
Orson Welles hizo de Fake una película que no es una película que es un documental, que a la vez es un falso documental haciendo varias películas documentales en una, con un material en su mayoría proveniente de otro (Reichenbach, que lo había filmado años antes, en el 68) sobre tres falsificadores (Elmyr de Hory, Clifford Irving y Orson Welles) y una sobrina falsa de Picasso que en realidad fue su mujer (Oja Kodar) que para mí se encarna ahora en la hermana de la amiga de mi madre.
A poco que se le de la vuelta, la historia del arte se transforma en la historia de un fraude. Una apología del simulacro de la que tenemos que dar gracias ya que si no todo esto sería un estúpido aburrimiento
¿Sería concebible imaginar un original y no recordar su copia, sea física, metafísica o perteneciente al terreno de los sueños? Absolutamente no. Todas las obras son una deliberada manipulación de lo visto y recordado.
La copia es la materia natural de la creación.
La copia. La simulación. Lo falso. El simulacro o la vida como una maravillosa y necesaria mentira. La vida como un falso documental de la vida.
Cuando era pequeño vivía en una casa construida en 1876. Debajo de la casa estaban las Bodegas Sandeman, un establecimiento igualmente de finales del XIX, con un reservado en el que Lola Flores formaba la marimorena cuando venía de algún sarao en el contiguo palacio de los Duques de Medinaceli. A las Bodegas Sandeman nadie las conocía como tales sino como las de el tío de la capa, pues su logo era el de un señor con capa española y sombrero. Igualito a Orson Welles.
Dentro del indispensable funcionamiento del Cuerpo del Misterio, sin el que la vida no tendría más sentido que las de los personajes autistas de Fahrenheit 451 (¿verdad, Linda?) los mecanismos de la fascinación son el engranaje de la magia. Welles, al comienzo de F for Fake, hace aparecer y desaparecer una llave (la que abre siempre el Misterio) a un niño.
No hay posibilidad de arte sin la aparición y desaparición de llaves.
Do you believe in magic?
Pues eso. Si hay algo más ruego me lo digan porque yo, con esto, vivo feliz desde 1876. Un siglo antes que Elmyr de Hory, el mayor falsificador de obras de arte de su tiempo, se suicidara en Ibiza, en 1976.
A question mark. F for Fake (Fraude), Orson Welles, 1975
© Del Texto: Ruben Barroso


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