Taxi Driver: Película de culto

El sentido de cualquier narración llega desde la explicación de una realidad. Por mucha ficción que contenga, transitando uno u otro género, siempre llega del mismo lugar, de la ordenación de un cosmos sea cual sea. Contar una historia por contarla, sin la debida búsqueda de un sentido, se queda en la anécdota, en una superficialidad que puede llegar a entretener aunque poco más. Por cierto, a mí, siendo niño, me reñían si me entretenía. No parecía más que una pérdida de tiempo. No sé por qué razón, hoy en día, es algo bien visto.
Taxi Driver, pelicula firmada por Matin Scorsese, está llena de sentido. Estados Unidos, en el momento de rodar la película, era un país desquiciado, histérico. La guerra de Vietnam, el caso Watergate; un movimiento hippie que se había venido abajo y en claro declive; y una traducción de las libertades que iban del puritanismo recalcitrante al desmadre más demencial, dibujaban el panorama de una sociedad que andaba renqueando, dividida y sin saber lamerse las heridas propias. Y es de eso de lo que habla la película. El retrato de Nueva York que presenta Scorsese se parece mucho a eso. Los rasgos que perfilan al protagonista son la acumulación de todo ello. Las calles llenas de chulos, putas, drogas y policías corruptos. De políticos mentirosos, de salas de cine X y de fracasados. Aunque el director se centra en la figura de Travis Bickle (el taxista que protagoniza la trama), excombatiente de Vietnam, insomne perpetuo, consumidor compulsivo de pornografía, bastante inculto e incapaz de aprender. Pero, sobre todo, un individuo incapaz de entender el entorno, de integrarse en él. Travis mira el mundo desde el balcón de la culpa, quiere redimirse, intenta la forma de quedar en paz en plena fase de autodestrucción. El papel de Travis lo interpreta un enorme y fantástico Robert De Niro.
En fin, un mundo terrible para un personaje redondo que puede vivirlo y explicarlo. Este cosmos se presenta desde el guión de Paul Schrader que, todo hay que decirlo, escribió después de divorciarse y quedarse con lo puesto. No es de extrañar que Travis tenga mucho del guionista. Es el arquetipo de antihéroe americano. Es el arquetipo del hombre de su época. Es el arquetipo de un hombre desolado y sin salida. El hombre que se alimenta de mierda y escupe lo mismo al mundo. Además, sin solución posible. Porque, cuando Travis se acerca a esa realidad, todo se convierte en un dramático vacío. En una de las escenas (mi preferida por su significado y expresividad), Travis habla por teléfono con Betsy (colaboradora en la campaña presidencial de un senador y encarnada por Cybill Shepherd). El cree estar enamorado de ella. Ella le está rechazando en esa conversación. Porque unos días antes, Travis, la invitó al cine y acabó con ella en una sala X. Pues bien. Scorsese mueve la cámara desde el personaje a la derecha. Allí se ve un corredor vacío que sabemos que llega a un lugar oscuro que es la calle. No hay nada. Como dentro del personaje. Un vacío absoluto. La nada existencial.
La película está llena de personajes desoladores. Una prostituta de doce años que escapó de su familia y se siente satisfecha al creer que se ha independizado. Jodie Foster en la actriz que interpreta el papel de Iris. Un chulo que confunde su machismo protector con el amor liando, a su vez, a la niña convertida en puta. Harvey Keitel es el que encarna al chulo Sport. Un sinfín de perdedores abocados al fracaso eterno o a la condena de su propia ruindad (el senador, sus ayudantes, los taxistas compañeros de Travis). Por eso, cuando nuestro protagonista se toma la justicia por su mano, se convierte en una especie de héroe. La violencia se combate con violencia. Eso es lo que parece pedir una sociedad desbordada y paranoica. Aunque eso mismo impide que el hombre consiga el perdón que busca con desesperación.
Taxi Driver es una película de culto. Y no es de extrañar. Cercana al cine negro, la encadenación escénica pegada a un expresionismo demoledor y ligada por un magistral guión, nos traslada a la zona más oscura del ser humano. A un lugar del que no se regresa entero. Nunca.
© Del Texto: Nirek Sabal


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