Foutaises: Tonterías

Me gusta mucho, por ejemplo, imaginar quienes serían esas personas, intrusas y anónimas, que aparecen al fondo de todas mis fotografías, desde pequeña. La mujer pelirroja que paseaba misteriosamente detrás de mí de la mano de un hombre mucho más joven justo cuando mi padre disparaba la cámara diciendo: Sonríe. Los que sostenían millones de palomas sobre sus hombros llenos de alpiste; los niños de mi edad con neumáticos por flotadores. Fijarme en las prendas de ropa que colgaban de las cuerdas vecinas. Me gusta imaginar que, a lo mejor una vez, años más tarde, esas personas y yo coincidimos en alguna otra foto, de boda, funeral, manifestación…
Me gustan esas etapas de limpieza general, cuando una por fin se decide a echar a la basura toda una amalgama de recuerdos y, días más tarde, paseando a un perro con memoria de elefante, una se encuentra en mitad de la calzada las intimidades más personales y bochornosas sin contenedor para reciclar.
Me gusta mirarme. En foto, video, espejos… Sin embargo, no me gusta escucharme. Me gusta escuchar a los demás y luego largarme a casa para despotricar libremente sobre ellos. Mucho.
Me gusta cruzar la ciudad a pie. Me gusta el ritmo acelerado, sin pausa. Me gusta escuchar a máximo volumen Us and them de Pink Floyd mientras traspaso colegios y terrazas a hora punta.
No me gusta trabajar, ni siquiera en lo que me gusta.
Me gusta la hoja en blanco, los preámbulos y los primeros actos. Me gusta escribir, casarme, divorciarme, los sábados de arte y ensayo y, hasta, los domingos de caballos, y representar todos los papeles sin tener ni idea. Me gusta ser un fraude, pero no me gusta saber que siempre me descubren.
Me gusta desayunar a medianoche y beber cerveza o gazpacho en el desayuno. Me gustan los almuerzos muy largos y pausados y fumar a media comida. Me gusta decidir a las 2 de la madrugada que a la mañana siguiente no iré a trabajar. Despertar al coordinador, inventar una gastroenteritis aguda e irme a bailar a un antro inmundo llamado Jackson.
No me gustan las meriendas, pero sí mi aperitivo de las 8.
Me gusta ser una antigua. Encerrarme con doble llave, colocarme los cascos de piel y escuchar en secreto la banda sonora de Anillos de oro o Segunda enseñanza. Me gusta Ana Diosdado y Jeanette y Antón García Abril. Me gusta Marsillach y Cecilia y Rosa León y los camisones campestres. Me gusta acordarme de la tarde de invierno que encontré en una librería de historia aquél best-seller dedicado misteriosamente a mí. Leerlo compulsivamente hasta el fin, descifrar el jeroglífico y guardarlo en casa junto a su ticket de El corte inglés para no descambiarlo nunca. Me gustan los inviernos y las desapariciones brillantes; el mutismo y el enigma; el amor y el odio, incluso; las medallas ganadas a pulso, pero a pulso; las intrigas de unos, las urgencias de otros. Me gusta saber que vivo enamorada de dos hombres muertos y casados: Truffaut y Duchamp.
Me gusta mi manía de usar tantas comas.
Me gustan y disgustan muchas cosas, pero sobre todas ellas, me gusta el cine.
Aquí dejo a Jean Pierre Jeunet, que también me gusta.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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