La mujer infiel: lo obligatorio de tener un amante

Claude Chabrol, el mayor especialista en dramas psicológicos dentro de la burguesía francesa, deja otra vez al descubierto la corrupción y la mentira que rigen en dicha clase social, la suya, contándonos la historia de una infidelidad dentro de un matrimonio aparentemente ejemplar que se ocupa de cargarse la protagonista, interpretada magistralmente, por la mayor especialista en burguesas inmorales y fraudulentas de Francia: Stéphane Audran, mi preferida entre las libertinas acomodadas.
El simulacro de matrimonio que forman los protagonistas es representado desde un principio por el juguete de su hijo: un rompecabezas de cartón al que le falta una pieza y que sólo aparece al final de la película, cuando ya es demasiado tarde para correcciones.
El retrato que aquí se hace de un matrimonio burgués no es más que el de una mujer acomodada y ociosa, aburrida de un marido gris y encaprichada de cualquier amante novedoso, posiblemente igual de gris que el marido, con el solo atractivo que produce el anonimato y la aventura de lo desconocido. Y es que los tres personajes, esposa, marido y amante, resultan iguales de soporíferos y glaciales, dando la impresión de que los amantes fuesen un elemento indispensable en la vida conyugal, más por ser un hábito obligado dentro de su estrato social que por placeres sexuales o sentimentales. En definitiva, una atmósfera de retraimiento e incomunicación, sigilo y secretismo que provocan un clima de tensión e intriga psicológica perfecto.
Es evidente que la infidelidad no es el tema principal de la película, sino la herramienta de que se sirve Chabrol para retratarnos de nuevo su premisa preferida: la artificiosidad, la vanidad y los convencionalismos característicos de una burguesía caduca y mentirosa, de igual modo que se sirvió de la codicia y el abuso de poder en Las ciervas, que sirve de guiño en esta película dónde, de forma azarosa, aparece anunciada en la puerta de un cine mientras se pasea en coche el protagonista con un cadáver en el maletero.
Stéphane Audran vuelve a ser perfecta. Sus tocados y recogidos, joyas y complementos, poses y exhalaciones de humo.
Claro que, si tanta es la necesidad de aventura y frenesí, si tan insufrible y doloroso el aburrimiento y la contención, sería más perfecto todavía dejarse de intrigas y embrollos, inhalar y exhalar profundamente, viajar a un país lejano, beberse unos cuantos de litros de Bloody Mary y luego divorciarse, que tampoco es tan caro, y vivir como a uno le de la gana, que tampoco está tan mal visto, antes de que a sus rompecabezas de cartón no haya manera de encajarles la última pieza. Suele pasar.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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