Taxi driver: Los pormenores de todo el mundo

Subo a un taxi después de deambular, perdida, horas y horas y en ropa de baño, entre las avenidas de una ciudad en la costa. Es algo más tarde de medianoche. Mi casa está a unos 200 kilómetros de esa ciudad y el taxista accede a llevarme. Doy un portazo y rompo a llorar de una forma enloquecida, patológica. Alarmado, el taxista intenta calmarme y me invita a contarle lo sucedido durante los 200 kilómetros de trayecto. Avergonzada de mi catástrofe y trastornada por la sobredosis de sol y combinados de todo el día, le hago una breve síntesis del desastre con frases inconexas y expresiones incoherentes que lo alarma todavía más. Entonces insiste en parar a invitarme a un café. Pero yo no tomo café, así que me invita a una cerveza en una gasolinera a medio camino. Como necesito un cigarrillo, dejo al taxista en la barra del bar y me llevo mi cerveza al baño, dónde bebo y fumo tranquilamente sentada en el retrete. Cuando salgo, él ya está en el taxi, esperándome. El viaje prosigue mejor, más reposado a medida que voy reconociendo las señalizaciones de mi ciudad. Saco una libreta de mi bolso de playa y anoto a toda prisa y en letra incomprensible el episodio acontecido, más una larga lista de propósitos a cumplir desde el mismo momento de llegar a casa.
Cuando bajo del taxi y subo a casa a por los 170 euros que marca el taxímetro, me siento al borde de la cama y contemplo mi caja fuerte vacía, los bolsillos de toda mi colección de faldas y bolsos vacíos. Vacía la nevera, las ranuras entre los libros, el bajo del colchón y las baldosas del baño.
Bajo a la calle y, con las manos vacías, le pido al taxista que me lleve a un cajero. Lo intento con la tarjeta de crédito. Vamos a otro cajero, y a otro, y a otro. El taxímetro sube, y ya no son 170 euros. De nuevo, vamos en el taxi hasta mi casa. Le ofrezco mi dni, le prometo ir a su ciudad el próximo domingo, abonarle su factura. Entonces, la amabilidad original del desconocido, desgraciado, según creo, se dispersa y desvanece, y la privacidad más íntima surge, con todos sus detalles, en un ataque de cólera salvaje. Mientras él grita con todas sus fuerzas, yo lloro de miedo pensando que unos metros más arriba me espera la calma del bibelot de dónde nunca debí salir. Mientras lloro, pienso que, tal vez, la catástrofe la puedo usar para algo dentro de un tiempo. Quizá para una historia de personajes insociables y retraídos. Miro al taxímetro con sus casi 200 euros en rojo y me pregunto quién lo es más, si el taxista o yo. Seguramente sea yo, aunque creo que todos los taxistas tienen algo de eso. Como lo tendrá el conductor del trailer, o el médico de guardia de un ambulatorio remoto, o cualquiera que, como yo, coexistiendo con cientos y cientos de personas en una ciudad, de día y de noche, llora a solas en un taxi por un dinero miserable con una infinita agenda telefónica de familiares, amigos, compañeros, separados, misteriosamente, por un eterno combate en Vietnam.
Esta noche, este taxista, como el ex combatiente Travis, me mete en el saco de la escoria nocturna más despreciable y sueña, como Travis, en raparse la cabeza, colorearse una cresta bien alta y apuntarme con una magnum 44.
Cuando subí a casa, yo ya sabía todos los pormenores de su vida, que eran los mismos que los de todo el mundo. El taxi se alejaba y aún se escuchaban truenos y detonaciones.
Hace unos meses, haciendo limpieza de escritorio, encontré la libreta con todos mis apuntes del viaje. Imposible traducirlos. Estaban firmados con fecha julio 2.009.   Aunque de los propósitos a cumplir al llegar a casa, pude entender cerrar con doble llave, usar la catástrofe con alguna excusa y no salir hasta después de navidad. Y eso fue lo que hice.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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