Baarìa: Desastre a la italiana

La ventaja del formato televisivo para el que hace películas es que una serie puede dilatarse en el tiempo formando las famosas temporadas. Es una ventaja porque los personajes pueden evolucionar con solvencia ya que la medida del metraje es mucho más amplia que la de una película de cine convencional. En formatos distintos al cine las reglas del juego son otras y otras son las técnicas narrativas y cinematográficas. Con esto quiero decir que si un director desea contar en dos horas una historia monumental, o es un genio de la economía narrativa, o el fracaso ronda el trabajo desde el principio. Y la introducción de elementos fantásticos o mágicos en una trama que no es de género no soluciona el asunto. No vale decir que las cosas son como no son.
Baarìa es una película de altísimo presupuesto y de muy bajo rendimiento. Mucho ruido y pocas nueces. Y lamento decir esto porque Giuseppe Tornatore me parece un buen director. Se salva la banda sonora de Ennio Morricone porque es estupenda. El resto es un intento de contar lo imposible; un gran error que trata de salvar las carencias del guión con unas elipsis delirantes e incomprensibles; una muestra más de que los muebles se salvan sólo si es posible y que la emoción facilona para maquillar no es capaz, por sí sola, de rescatar nada. Un desastre monumental muy a la italiana, es decir, entre el caos más absoluto. Decepcionante de principio a fin.
Tornatore quiere repasar la historia reciente de Italia (de 1930 a 1980) manejando tres generaciones de una familia de Palermo. Ese no es el problema. Muchos ya lo han hecho con buenos resultados. Es que además inserta subtramas que inundan la acción y que, encima, no termina de rematar. Ni deja resuelta la principal ni las secundarias. Anunciaron la película como inteligente y divertida. En realidad, es simplona y un tostón.
Actores y actrices se esfuerzan en estar a la altura que corresponde. Sólo Ángela Molina lo logra. El resto queda, efectivamente, a la misma altura de la película. En tierra de nadie, en el limbo de la mediocridad. Sobreactúan, gesticulan inútilmente y vivien dentro del tópico italiano. El cine italiano está muy lejos del tópico italiano.
Sí está logrado el vestuario y los escenarios son muy vistosos. Por supuesto, no es suficiente. El continente soporta al contenido, eso es verdad, pero si no hay nada que soportar, el problema se hace irresoluble.
Lo de los diálogos en esta película es para escribir un manual sobre lo que no debe hacerse nunca. Tal vez sea cosa del doblaje aunque me extraña. Se construyen buscando una sonrisa que no llega porque lo repetido y sabido de sobra suele funcionar mal. Es casi histérico el discurso de los personajes y no acompaña bien la evolución que se muestra en pantalla. Digo evolución por ser generoso. Frases ramplonas, muchas veces fuera de tono, simples y vacías.
Desde luego, la película no pasará a la historia del cine como algo maravilloso. Entre otras cosas porque jugar a la magia para excusar la falta de verisimilitud destroza cualquier propuesta. Ni siquiera la música de Morricone alivia este desastre a la italiana. Ni siquiera la campaña de marketing (inmensa, por cierto) puede hacer rentable lo que no es bueno. Y, por supuesto, la firma de un buen director, sin nada detrás, ya no engaña a nadie.
© Del Texto: Nirek Sabal


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