Mil años de oración: No comprender otros universos

Es la relación entre padres e hijos lo que quiere ventilar el realizador Wayne Wang en Mil años de oración. Lo hace presentando una película intimista en la que se enfrentan oriente y occidente, idiomas, padres e hijos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. Es una película de constante confrontación aunque carente de cualquier tipo de violencia.
Narra como el Sr. Shi (un espléndido Henry O) viaja desde China para visitar a su hija Yilan (Faye Yu) que acaba de separarse. Vamos descubriendo que padre e hija son muy distintos, que lo que para uno es fantástico para el otro es una carga pesadísima. Pero, además del conflicto, vamos adivinando lo que cada personaje encierra. Nada es lo que parece para ellos y el espectador asiste a ese descubrimiento de la mano del Sr. Shi y su hija Yilan. No entienden porque no comprenden el mundo del otro, cómo se estructura y cómo se define su forma de pensar.
Wang mueve la cámara con cuidado. La deja inmóvil mostrando planos fijos de larga duración. Y se centra en el punto de vista del anciano que sostiene gran parte de la carga expresiva del relato. Las cosas pequeñas se tornan relevantes, cada detalle queda flotando hasta el final de la proyección y su suma crea un clima tranquilo, reflexivo.
La partitura firmada por Lesley Barber se ajusta como un guante a la acción. Si la imagen o el diálogo busca remarcar lo íntimo, el sufrimiento personal desde la soledad o las raíces culturales que anclan a los personajes; la música, nota a nota, entiende el objetivo y acompaña, sin grandes intromisiones, coloreando la escena y poco más. Es una banda sonora exquisita.
Henry O defiende su papel de maravilla. Todo el elenco está a una altura notable, pero este actor se mueve con una facilidad y una credibilidad pasmosa.
Si hubiera que elegir una escena que resumiera el trabajo de Wang, sin duda, habría que quedarse con la que muestra al anciano sentado en la cama de su habitación explicándose a sí mismo la verdad de lo ocurrido, mientras la hija escucha desde el salón descubriendo una verdad terca aunque desconocida. Cercano al efecto de la polivisión, esta escena nos enseña dos ambientes distintos en el mismo espacio, dos reacciones distintas e independientes porque no se tocan, una gran equivocación. Resume esa relación entre padre e hija sobre la que planea la propuesta de Wang.
El guión es sencillo aunque está lleno de ironía, de diálogos hondos que indagan en la personalidad de cada personaje para que aparezcan en su plenitud. La conversación del anciano con el vendedor de objetos antiguos es una muestra de esa ironía. La que mantiene el anciano con su hija mientras cenan y le explica el porqué de su nombre una lección de construcción del personaje desde la palabra. Es un guión que deja claro lo que Wang ve en los cosmos de padres e hijos, de las distancias entre ellos, de lo necesario de la comunicación para poder entrar en ellos.
Excelente película. Tanto como el relato de Yiyun Li del que nace. El libro de cuentos de esa autora (en el que se incluye este) es fantástico. Merecen la pena ambas cosas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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