Doctor en Alaska: La vida deseada

Hablar de cine no es hablar, sólo, de películas. Hablar de cine es contarnos nuestra propia vida. Recordar lo que vimos es recordar lo que sentimos. Unas carcajadas, un nudo en el estómago, terror, un soponcio de aquí te espero. Eso es hablar de cine.
Si tuviera que elegir entre todas las películas que he visto no sabría por dónde empezar. Son muchas y de ellas quedan pequeños retazos, ideas difusas. Sin embargo, no tendría ni la más mínima duda si quisiera contarme una vida que no he tenido. Curiosamente, no se trata de una película. Es una serie de televisión.
Yo era muy joven. Los viernes por la noche salía a divertirme con mis amigos. Pero siempre llegaba tarde. Vosotros me esperáis que llego un poco después. Eso solía decir. No es que tuviera otros compromisos con gente distinta. No. Lo que pasaba esos viernes a media noche es que en la televisión podía ver un nuevo capítulo de Doctor en Alaska. Quería vivir en Cicely, ser un personaje más, vivir el mundo desde un surrealismo demoledor. Soñaba (por aquel entonces no conocía a la que es ahora mi esposa) con tener un romance como el que disfrutaban Joel Fleischman y Maggie O’Connell. Hubiera dado mi brazo derecho por sobrevivir en una emisora de radio, la de Chris Stevens, que iba de una música extraordinaria a la filosofía más aguda. Soñaba con tener una amiga como Marilyn Whirlwind. Aprendí que los tipos despotas esconden un yo que puede ser antagónico. Maurice Minnifield representaba eso. Aquella escena en la que Holling Vincoeur se despedía del oso al que tanto había perseguido y tanto admiraba me hizo pensar en el sentido de la vida durante semanas mientras otros se dedicaban a pensar en como alargar la juerga diez minutos más. En fin, Cicely se convirtió en un paraíso que nunca pisé. Pero es un lugar que existe porque lo construí y me lo quedé en propiedad. El lugar y sus habitantes.
Esa es la magia del cine. Hasta lo más imposible se hace real, se transforma en parte del mundo porque lo interiorizas y tu forma de entender las cosas se ve condicionada para siempre.
Es posible que puestos a analizar la serie pudiéramos sacar faltas. Es posible. Pero mi Cicely es perfecta. Esa nadie la puede tocar. Desde esos años, en los que me divertía cada fin de semana con mis amigos, no se ha movido un ladrillo, los personajes son idénticos a los que conocí y yo cambié para siempre. Soy capaz de relatar esa vida imposible en un pueblo remoto de Alaska sin dejar escapar detalle alguno. Una vida imposible que forma parte de mi propia vida.
© Del Texto: Nirek Sabal


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