El Arco: la alegoría lejana

El Arco es una película muy simple en su estructura narrativa. La fotografía, aunque cuidada y bella, es simple en su composición. Los diálogos apenas tienen presencia y son, también, de una simpleza aplastante. Pero la propuesta de su director Kim Ki-duk no es precisamente simple. Es ambiciosa, profunda y sólida. Esto, que parece suficiente para mirar la película con atención, se convierte en un arma de doble filo puesto que, es tan abrumador el peso alegórico de cada escena, que resulta terminar en territorio peligroso y lejano.
El Arco habla de la posesión y de la falta de ella. De lo que representa convertir lo ajeno en algo propio, de lo que representa la falta de libertad que genera saber que te falta algo importante en la vida porque te lo han escatimado. Pero también habla de la inevitable suma que se produce una vez que se establecen lazos entre las personas sean deseados o no en principio, estén llenos de bondad o ignorancia.
Un viejo pescador (un Jeon Sung-hwan espléndido) cuida de una muchacha a la que encontró hace años (Han Yeo-Reum defiende su papel con dulzura conmovedora). El hombre piensa desposarla el día que ella cumpla los diecisiete años. Viven en un viejo barco anclado en alta mar. Allí sólo van turistas que quieren pescar y a los que traslada el viejo en una barcaza. Nunca hablan entre ellos. Él tacha los días del calendario pensando en su boda. Ella parece ajena a todo, superprotegida por el anciano que no duda en tensar la cuerda de su arco para lanzar una flecha a todo el que se acerque a ella (sea cual sea su intención). En uno de esos desembarcos de turistas aparece un estudiante (un discreto Seo Ji-Seok que no tiene un papel demasiado importante desde el punto de vista interpretativo) por el que la muchacha se verá atraída desde el momento en que le ve. Este encuentro desencadena los acontecimientos de modo que el calendario corre más aprisa por el temor del anciano a perder sus opciones, por la evolución del personaje (el de la muchacha) que comienza a comprender que el mundo es algo muy distinto.
El Arco es un arma, un instrumento o el objeto que puede hacer que el viejo pronostique el futuro de otros. Es la violencia, la belleza o lo inaccesible. Esos son los ingredientes fundamentales que Kim Ki-duk maneja para contar su historia. Todo lo que ocurre se ve rodeado por ello para terminar planteando el problema de fondo. ¿Qué significa poseer? ¿Es posible tener por siempre? Unas preguntas que quedan sin respuesta.
Todo ocurre en un único escenario en el que destacan los colores del barco sobre el fondo más gris que azul del mar. Todo ocurre sobre el silencio del anciano y de la chica, sobre las pocas palabras del estudiante que ejerce con ellas la presión necesaria para que todo se mueva (consciencias ajenas, los barcos e, incluso, la propia acción de la película). Todo se rodea de una poética que termina siendo confusa por el enorme peso de las imágenes y su acumulación exagerada. Del mismo modo que el comienzo de la película arrastra al espectador (sin violencia aunque de forma inevitable) hasta el interior de la propia historia, el final se carga de imágenes que pueden sacarle por ser inexplicables para él. Creo yo que la poesía es cosa que no debe utilizarse para generar ambigüedad . Es justo al contrario; la poesía es esa forma de decir exactamente algo, la forma con la que sólo puede decirse. La excusa que se maneja por parte de algunos (incluido el directo de esta película) y que consiste en decir que se plantean preguntas para que otros busquen respuestas, puede servir si la imagen dice lo que tiene que decir. Desde luego, el final de esta película no sería un ejemplo. Está sobre la línea que divide lo extraordinario y lo ridículo. Y eso es muy peligroso cuando el observador no termina de entender lo que pasa por una falta de información absurda o una acumulación histérica de imágenes.
A pesar de todo, El Arco es una buena película en la que los personajes progresan en su sicología de forma constante, en la que se plantea un asunto interesante de una forma inteligente, en la que los actores y la actriz hacen un trabajo estupendo. Si Kim Ki-duk apostara por no convertir en acertijos algunas zonas expositivas de sus guiones sería perfecto. No basta con que las sensaciones del espectador se despierten. Es necesario narrar con claridad.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


Comentarios cerrados.