La soledad: La huida del cine

El cine de Jaime Rosales puede gustar más o menos. Comprendería que a muchos no les gustase nada. Pero es un cine honesto, un cine que busca un camino claro y transita lugares muy difíciles para convertir una película en algo tan cercano como la realidad misma.
Próximo en su concepto de realización a Michael Haneke, Rosales parece obsesionado con algunas cosas que, tal vez, el gran público reciba como aburrido y cansino. Planos fijos eternos, una simetría con vocación de infinita rota por líneas que impiden su perfección, diálogos casi vacíos que dejan un hueco enorme a los gestos, los silencios o los ruidos de fondo que toman una relevancia enorme y trasladan las imágenes a otra dimensión expresiva. Imágenes presentadas sin movimiento de cámara alguno. Cada secuencia está planificada con cuidado, casi con exactitud. Todo parece calibrado, revisado, probado y realizado desde una mecánica expresiva parsimoniosa y delicada.
Y esto es lo que puede resultar aburrido, repetitivo. Si no se mira con cuidado la película, es posible que la sensación de lentitud se convierta en desesperante. El ritmo es tan igual durante el metraje (gracias a un montaje medido al milímetro) que la sensación puede resultar la de estar viendo siempre lo mismo, el no pasar nada, que el tiempo está parado. Aunque esto es injusto. Al menos en el caso de La Soledad. Una excelente película llena de sonidos, de gestos y de matices que elevan la construcción del personaje a la máxima expresión. Al principio de la película, esos personajes, son muy distintos que al terminar. Parece que no pasa nada y ninguno de ellos es el mismo después de concluir el relato. Nada ni nadie es igual.
Introduce Jaime Rosales un elemento técnico en la narración que ayuda a que la acción sea demoledora para quien quiere ver. Desde la expresividad. Ese elemento es la polivisión. La pantalla se divide en dos partes iguales. Podemos ver el mismo escenario desde ángulos distintos, ver lo que sucede de forma simultánea, una conversación en las que las miradas se distancian y dibujan una distancia tan brutal que asusta (los planos y contraplanos, en cada lado de la pantalla, de los personajes sentados, uno frente a otro, dialogando son impresionantes). Además, repite secuencias en las que modifica la simetría llevando al lado contrario lo que había mostrado anteriormente. Eso provoca un cambio radical en el universo que dibuja el director. Las cosas han cambiado. El mismo lugar, los mismos personajes, pero nada es igual. Un gran acierto introducir ese elemento.
La Soledad cuenta la historia de Adela y Antonia. Adela deja el pueblo para vivir en Madrid. En la ciudad algo cambiará su vida y dejará a la mujer indefensa y sola.Antonia procura ser el eje familiar para que sus hijos progresen, pero se hace imposible. Queda aislada del mismo modo que Adela. Por supuesto, el tema de la película es esa soledad que destroza a cualquiera. Lo único que escuchamos es el ruido de la ciudad, las conversaciones de los personajes o el vuelo de una abeja. Nada de música. La fotografía no es especialmente brillante aunque la sensación es que se trata de algo premeditado. Relatar el mundo sin adornos es el objetivo. Los actores y actrices (todos y todas) se ven contenidos, integrados y defendiendo sus papeles con uñas y dientes.
La Soledad es una espléndida muestra de un cine que está obligado a llegar para experimentar una huída de sí mismo. Una exquisita muestra de lo que puede representar, en cualquier forma de narración, huir (también) de lo explícito, de lo fácil y de concesiones a la galería que convierten las obras en productos de consumo masivo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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